ARTÍCULO

Partículas elementales

Páginas de Espuma, Madrid
172 pp. 13 euros
 

Volviendo a lo que fueron sus inicios como narrador (El origen del mono y otros relatos, 1975), Juan Pedro Aparicio recuperó hace poco más de un año varios cuentos de distintas épocas para agruparlos con otros recién escritos –algunos de mínimo formato– en La vida en blanco. Según él mismo reconoce, quizá no supo apreciar alguno muy breve de entonces («El presentimiento») y ahora retorna a esta modalidad de ficción breve aún más convencido de la que considera ley superior sobre el cuento: una narración que empieza pronto y termina enseguida.
En el prólogo a La mitad del diablo declara su ambición unitaria al escribir este libro, tal como hizo Raymond Queneau –lo menciona expresamente– con sus Ejercicios de estilo para el OuLiPo, y apunta un título paralelo (Ejercicios de escritura cuántica) que es también algo más que una declaración de propósitos. Se trata de dejar muy claro desde el principio que, lejos de cualquier inspiración momentánea, no hay aquí textos de ocasión, sino de intención, voluntariamente pensados en número y forma para constituir una obra.Y, además, avanza un sello que identifique de inmediato su propuesta entre la maraña terminológica que atrapa hoy a las formas más breves. Una ojeada a las últimas etiquetas para este tipo de ficción (pigmea, bonsái, minúscula, súbita, miniatura, escuálida, de taza de café, de tarjeta postal, en la palma de la mano, rompenormas, microscópica, textículos, cue, poe, etc.) muestra la preocupación de algunos autores y críticos por encontrar la palabra clave que coloque en un punto fijo unos textos escurridizos, en constante transformación por lo heterogéneo de su tradición, las variables híbridas en su creación, la creciente transformación de sus soportes y la amplitud de su recepción.
El título elegido, en principio relacionado numéricamente con la decisión de escribir 333 cuentos –recuérdese el 666 del Maligno–, queda algo lejos de su propósito inicial tras dejar en 136 los definitivamente publicados por otra razón más práctica: proteger al lector del esfuerzo reiterado que requiere la entrada en el mundo estanco y autónomo de cada cuento. La mitad en cifras –ya veremos si en significado– le parece excesiva y acaba limitándose, por lo que respecta al Maligno, a un quinto. Sin embargo, esa reducción de la cuantía general no es una mera facilidad para quien lee, porque hay otro aspecto que la contrarresta y obliga: a lo largo del libro, cada cuento va reduciéndose a su vez, desde las treinta y nueve líneas del primero hasta la única palabra del último, en busca de una expresión concentrada y precisa donde invención y elipsis se potencien, una resta de palabras que no impida el movimiento dentro de cada texto, ni el avance del libro entero, que poco a poco va adquiriendo forma de flecha, una especie de zoom invertido desde el cielo hacia el suelo y más abajo, con trayectoria de caída, hacia el núcleo de lo decible. Es a partir de esta construcción explícita como puede hablarse de ejercicios de escritura, en línea con la propuesta hecha en 1947 por Queneau: lo que el francés trataba de experimentar mediante noventa y nueve variaciones expresivas con distintos moldes retóricos en los que encajaba una anécdota mínima –un tipo con un sombrero en un tranvía, encontrado más tarde en un parque hablando sobre los botones de su abrigo– para jugar e investigar con la posibilidad de los límites, es en estos relatos de Juan Pedro Aparicio un trabajo en apariencia más contenido pero no menos atrevido, pues de manejar unos límites se trata, pero no los impuestos por una determinada restricción retórica, sino por algo más delicado: la concisión extrema tras la que acecha el propio silencio. Aquí se opera en un sentido inverso al de Queneau, ya que no se trata de adaptar una anécdota a múltiples formas, sino de buscar con distintas anécdotas –aunque compartan cierto sustrato temático y formal– su formulación más precisa, más intensa.
La referencia a la física cuántica no es aquí sólo etiqueta para clasificar con cierta originalidad ficciones diminutas, sino una de las posibles claves que aglutinan elementos y dan unidad al libro: si en el mundo de los átomos existe siempre una incertidumbre insuperable, formulada según ese principio básico acerca de la imposibilidad de medir de manera exacta y simultánea propiedades básicas como su posición y su velocidad, y es la mecánica cuántica un intento de explicar ese comportamiento a partir de las partículas más elementales, analizando sus fuerzas e interacciones, en La mitad del diablo se rodea, revuelve, desmenuza, examina, se bombardea, en definitiva, ese algo tan elemental y dotado de la máxima incertidumbre que es lo irrevocable, el instante en que toda una historia y una memoria previas se proyectan sobre un momento único. Y nada tan poderoso para mostrarlo como la muerte. Este libro trata principalmente de eso. En pocos textos falta, de forma directa o agazapada, pero decisiva, no como un misterio formulado en líneas más o menos amplias, sino centrada en el momento en que se muere, en el instante del tránsito, cuando alguien adquiere conciencia de que está muerto (o deja de tenerse la de estar vivo). Dicho así suena raro, pero acaso un libro como éste es también una forma de buscar cómo puede hablarse con sutileza de algo tan terrible, único y difícil, cuya angustia quizá sólo pueda neutralizarse con una mezcla de ironía y fantasía, sin que valga la pena ni el mayor de los milagros, como expresa ese Lázaro de «Nunca segundas partes fueron buenas» al final del libro, cuando Jesús le pregunta por el motivo de su tristeza: «Ya lo tenía resuelto, Señor, y ahora tengo que pasar de nuevo por el duro trance».
Ése es el núcleo de las partículas con las que pudiera equipararse cada texto decreciente, casi todos alrededor de alguien recién muerto, a punto de morir, articulados en múltiples variantes de situaciones con dos elementos opuestos, entre lo más excluyente de lo complementario y lo más inclusivo de lo recíproco, en una de cuyas mitades siempre acecha algo maligno: inquisidores y condenados, verdugos y ejecutados, escritores y personajes, asesinos y víctimas, ricos y pobres, tiranos y sometidos, amantes y engañados, animales y matarifes, ganadores y perdedores en el juego, siamesas tristes y alegres, inocentes e impuras, etc.
El repertorio de Juan Pedro Aparicio combina metaliteratura, intriga y fantasía para crear perplejidades, ofrecer paradojas y cambios de perspectivas, llegar a finales ambivalentes, buscar otros sorprendentes aunque a veces sea difícil eludir la aparición del chiste, ensayar realidades distintas con distorsiones del tiempo y alteraciones del espacio, jugar con los sentidos varios del lenguaje, emplear personajes y situaciones históricas, o recurrir a formatos tradicionales cercanos a la leyenda y al cuento folclórico, con un tratamiento frecuente y delicado del mundo animal –hay perros, caballos, vacas, monos, tigres, gansos, serpientes, hormigas o gusanos–, para llegar al final con textos casi despojados de los elementos narrativos básicos, reducidos a posibles esquemas de acción, hasta conseguir la máxima elipsis: el título y una sola palabra para que la intuición y la complicidad del lector lo completen. Un empeño en el que resuena el afán de ese otro oulipista que fue Italo Calvino cuando, al hablar de la rapidez en sus Seis propuestas para el próximo milenio, escribía: «Sueño con inmensas cosmogonías, sagas y epopeyas encerradas en las dimensiones de un epigrama. En los tiempos cada vez más congestionados que nos aguardan la necesidad de la literatura deberá apuntar a la máxima concentración de la poesía y del pensamiento».

01/09/2006

 
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