ARTÍCULO

El poso de la memoria

Anagrama, Barcelona, 386 págs.
Premio Herralde de Novela 1999
 

El premio Herralde de novela ha recaído en la que es la primera incursión novelística de Marcos Giralt: París. Con anterioridad, un solo libro de relatos –Entiéndame, Anagrama, 1995– venía a revelar lo que se anuncia como una nueva e interesante voz narrativa.

La obra aborda la etapa formativa de un individuo –básicamente su infancia y adolescencia– desde la memoria de un narrador que enhebra los acontecimientos del pasado acentuando su vigilancia sobre un enfoque que le prohíbe olvidar la existencia de dos conciencias superpuestas en la aprehensión de los hechos: la del muchacho que en su día los vivió y la del adulto que actualmente los rememora, selecciona e interpreta. Desde esta perspectiva, el protagonista relata en primera persona una historia singular que contiene episodios de intensa potencialidad dramática, pese a lo cual el narrador no se aparta de un tono sereno y ponderado, ni siquiera cuando reconstruye los instantes más intensos o desconcertantes de su vida. Se diría que predomina en la voluntad narrativa la intención de contar fielmente el poso que la experiencia deposita en la memoria individual, pero sin rebasar los límites de la conciencia contemporánea de los hechos, deslindando cuidadosamente los acontecimientos del pasado y el impacto que causaron al producirse del modo en que gravitan sobre el presente y las posibles adherencias que la desmemoria y la imaginación hayan podido depositar sobre ellos. «Como en mi ánimo no está convertir las sospechas en certezas –escribe en una de las páginas iniciales–, sino en todo caso hacer comprensible lo que vino a consecuencia de que la duda surgiera, no habrá contradicción en mi proceder siempre y cuando todo lo que cuente lo cuente desde mi punto de vista de entonces».

El narrador aparece dotado a lo largo de la obra de una especial capacidad de observación que se ejerce, fundamentalmente, sobre las personas y sus hábitos, desvelando una actitud alerta por parte del hablante no sólo hacia los hechos sino hacia las señales que tras ellos se ocultan. Cada situación, cada gesto, se contemplan no sólo en sí mismos sino como potenciales portadores de una revelación importante para el personaje que pasa de aceptar con naturalidad cuanto le acontece a espiar los signos de aquello que se oculta a su conocimiento.

Tan decisivo como el papel que la ocultación tiene en la formación infantil del personaje, es el impacto que su progresivo y parcial desvelamiento causa sobre él en la etapa adolescente. La novela se fundamenta, justamente, en la singularidad del núcleo familiar del narrador, cuya estabilidad queda representada, frente a su imprevisible progenitor, en la figura materna. Los cónyuges son, en cualquier caso, modelos antitéticos y extremos de conducta, pues no resulta menos excesivo el autocontrol de la madre que el caos vital del padre. La situación de desarraigo y soledad planea sobre ese retrato de grupo aun antes de que una súbita confidencia revele al adolescente el misterio de su origen, dando con ello consistencia lógica a un entramado vital contrario a las convenciones.

Lo más notable frente a los hechos es, en cualquier caso, el modo comúnmente distanciado con que el personaje asimila las informaciones más graves y que es, a su vez, el reflejo de la serenidad que su madre imprime a las situaciones susceptibles de crear conflicto. De tal modo gravita la estabilidad emocional del personaje alrededor de la figura materna, que ésta sólo se quiebra, no ante la asimilación de los hechos, sino ante su verbalización por parte de una tercera persona o ante el descubrimiento de los secretos que ella oculta y que muestran una fisura antes no apreciada en la relación de ambos. Su portentosa capacidad de asimilación sólo parece agotarse cuando comienza a tambalearse la fe ciega en lo que ha sido el más sólido pilar de su vida y, aun en este caso, su reacción inmediata no pasa de una rebeldía transitoria. Es, en cambio, la necesidad de relatarlo, el empecinamiento, al cabo de los años, en ordenar y narrar los sucesos más significativos del pasado, lo que descubre una deuda impagada con el pasado. La historia, pese a la gravedad de algunas circunstancias, se narra desde un punto de vista cotidiano, recalcando narrativamente la distancia que hay entre la realidad de los personajes y la situación que socialmente se consideraría de «normalidad», pero sin poner en ello excesivo énfasis, más bien señalando que la realización del proyecto existencial de cada uno no depende de que éste se amolde o no a los usos convencionales.

La novela establece sin tapujos un ejercicio narrativo que parte de la memoria y el conocimiento individual afirmándose, simultáneamente, en sus vacíos y lagunas. Es significativo, a este respecto, que tome su título de un episodio supuestamente crucial en la vida del sujeto que narra la historia, pero que es, en sí mismo, la mayor incógnita de su existencia, un lapso de tiempo que intuye como determinante en el curso posterior de los acontecimientos, pero acerca del cual sólo puede establecer conjeturas. También es revelador el hecho de que la aventura narrativa tenga lugar cuando la madre no puede ya físicamente salir de su hermetismo; se cierra así el flujo de una memoria colindante con la del narrador y única fuente posible de información para él. En opuesta simetría al hermetismo materno y su desmemoria –voluntaria antes, forzosa ahora– hay que interpretar la necesidad narrativa del personaje: «Es la nostalgia. Es el miedo. Son los sueños. Es la soledad que amenaza desde lo oscuro. Es no saber y querer, aun así, que lo sentido y lo imaginado coincidan. Es la duda». Son, en suma, los fantasmas que corroen la mente y le impulsan a indagar, a establecer puentes entre el pasado y el presente, en una tentativa que se sabe, de antemano, frustrada.

El punto de vista aparece así vinculado a una percepción parcial y no siempre fiable de los hechos, cosa que queda establecida en el texto de forma relevante. Por ello, la voz narrativa reduce a conjetura lo que es sólo conjetura y limita su propia perspectiva a los datos suministrados por la memoria, si bien otorgando a éstos una validez relativa, consciente de sus trampas. De hecho, los matices que atienden a los posibles espejismos del recuerdo, así como al proceso de elaboración emotiva e intelectual del mismo a través del tiempo, delimitan frecuentemente su enfoque. Paralelamente, el relato escueto de los hechos se acompaña de oportunos excursos que descubren su posible repercusión psicológica en el narrador, sin ocultar, en ciertos episodios, la intensidad con que se vivieron. En estos detalles reside tanto el interés de la novela como en su propia trama, revelando a un escritor minucioso, cuya prosa depurada se convierte en un vehículo eficaz para equilibrar el tono de la obra con su material narrativo.

01/02/2000

 
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