ARTÍCULO

La parábola del forastero

Tusquets, Barcelona
230 pp. 15 €
 

Hay un territorio de la ficción en el que la realidad, sin perder sus contornos reconocibles, se vuelve imprecisa y brumosa, desasida de los referentes que suministra la toponimia y la historia universal. En esa especie de la ficción, los personajes se identifican con una escueta inicial o con el nombre de un oficio, y en sus peripecias se percibe con facilidad su condición de parábola, aunque eso no signifique necesariamente que su interpretación sea ni sencilla ni unívoca.Paradoja del interventor se inscribe a la perfección en esta veta narrativa cuyos rasgos más importantes proceden, por supuesto, de las grandes fábulas kafkianas. De ellas surgen las características mencionadas, así como otras no menos emblemáticas. Por ejemplo, la elección de un espacio cerrado, asfixiante, que determina fatalmente los pasos del protagonista, no tanto por sus límites físicos como por los que impone la férrea aplicación de sus leyes, incomprensibles para el foráneo.
En la novela que nos ocupa, ese recinto acotado es la ciudad en la que queda confinado un viajero tras perder el tren del que se apea con la absurda excusa de llenar de agua su botella en la cantina de la estación. Desprovisto de dinero y, sobre todo, de certezas sobre el oscuro funcionamiento del ferrocarril, el viajero adquiere pronto la condición de forastero entre los habitantes de la ciudad, para asumir finalmente el paradójico apelativo de «interventor». El interventor, un personaje que, al igual que otros como el barquillero, el afilador o el guarda, participa de la doble condición de marginado social y de observador privilegiado de un mundo en el que la decadencia material tiene exacta réplica en la miseria moral de sus habitantes. Todos estos ámbitos se presentan afectados por una corrosión y un anquilosamiento crónicos, y sus integrantes parecen afectados por la misma lepra del espíritu que los habitantes de los territorios literarios marcados por la esterilidad, como la Comala de Rulfo o la Celama de Luis Mateo Díez.
El interventor no es, por tanto, un miembro más de la cofradía de los desheredados. En realidad, le espera el destino de los arquetipos, no tanto porque su situación revista una gravedad superior a la de otros compañeros de miseria, sino porque la capacidad de generar las más variadas historias, leyendas e hipótesis entre los ciudadanos lo provee de esa capacidad de los símbolos para generar historias a su alrededor. Sin embargo, la reducción de un individuo a un conjunto de relatos, cada vez más deformados o maliciosos, lo conduce al extremo opuesto al de la dignidad y el respeto, como si transformar en palabras la carne y la identidad civil del hombre fuera el trámite en el que se inicia su cosificación. Por eso su presencia en la ciudad va convirtiéndose en una partida de caza en la que el interventor padece un creciente deterioro físico y moral, y que sólo puede concluir con un misterioso acto de desaparición final.
Paradoja del interventor no es la primera novela de Gonzalo Hidalgo Bayal (1950), escritor oculto al gran público y, yo diría, también a las minorías.Tampoco es, desde luego, una novela primeriza o pergeñada bajo el influjo de las prisas o las modas. Su prosa, que es uno de sus activos más recomendables, parece el resultado de una actitud laboriosa y exigente con el lenguaje. Sus referentes literarios más reconocibles (Kafka, Faulkner, Beckett) no se caracterizan precisamente por ser artífices de fabulaciones de fácil deglución.Y en cuanto a sus personajes y al mundo en que se desenvuelven, presentan el suficiente grado de turbiedad y pesimismo como para espantar a ese lector medio para el que la literatura sólo puede provocar un desasosiego controlado. Con todo esto quiero subrayar que Hidalgo Bayal se «hace visible» en la primera fila de nuestro panorama narrativo con una valentía que hay que aplaudirle tanto a él como a su editorial.
No oscurecen esa actitud, sino más bien todo lo contrario, los reparos que puedan ponerse a la novela. Hay dos, en concreto, que tienen una incidencia de mayor calado. El primero tiene que ver con la elección del punto de vista y del discurso del narrador, demasiado inclinado a explicar y juzgar diversos aspectos de los personajes y del decurso de la acción. Sorprende este comportamiento (que acarrea, además, cierta tendencia a una dicción retórica en ciertos pasajes) en un relato que, pese a su transparente filiación kafkiana, parece ignorar que gran parte de la eficacia de su modelo reside en la actitud notarial con que se enfrenta el narrador a una realidad inextricable. La segunda objeción se refiere a la excesiva frecuencia y explicitud con que se hace visible la condición de parábola del relato. Unas veces es a través de la aparición de transparentes referentes mitológicos (el barquillero y su «rueda» de la fortuna, por ejemplo) o religiosos, como ese desenlace en el que el recuerdo del interventor entre los ciudadanos adquiere contornos mesiánicos.Otras veces es la digresión directa lo que transforma el hecho en categoría y al personaje en arquetipo universal. Sorprende esta concesión ­quién sabe si a las propias dudas del artista consciente de que su propuesta es, esencialmente, hermética­, sorprende, digo, porque implica cierto grado de ingenuidad que se aviene mal con la madurez que demuestra el autor como norma. En todo caso, no se trata de lunares tan importantes como para contradecir la impresión general de que estamos ante un narrador del que pueden esperarse novelas serias y consistentes.

01/09/2006

 
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