ARTÍCULO

Arléa, París Mundialización y malestar civilizatorio

 

Reflexionar sobre la mundialización y, en general, sobre los nuevos problemas sociales y políticos, se ha convertido en los últimos años en uno de los grandes desafíos de las ciencias sociales. La mayoría de las veces se hace, sin embargo, desde las tribunas de la prensa, o bien en libros más o menos pensados para atraer una atención coyuntural sobre algunas de sus manifestaciones. En estos últimos casos, el objetivo suele ser casi siempre la búsqueda de una perspectiva propia y original, que sitúe al autor en una posición privilegiada en el mercado de las ideas. Ya sea por su capacidad para «dar que hablar» y generar una gran cantidad de comentarios –con independencia de que sean positivos o negativos– y conseguir el correspondiente éxito de ventas. O porque, como consecuencia de lo anterior, consigan proyectar, apuntalar o potenciar una carrera académica. Dos buenos ejemplos de este tipo de ensayos nos los encontramos en el «clásico» de Fukuyama o en el Huntington del Choque de civilizaciones, por no hablar de los A. Minc, G. Lipovesky o J. Gray de turno. Su contraste con las rigurosas y cuidadas reflexiones de, por ejemplo, M. Castells en sus tres volúmenes sobre La era de la información o U. Beck en su ¿Qué es la globalización? reseñados en este mismo número, es evidente. El libro que aquí nos interesa ocuparía un lugar intermedio entre esos dos casos extremos: adopta explícitamente la forma de ensayo polémico dirigido al gran público, pero está construido con un gran rigor teórico. No hay nada en él tampoco que los autores no hayan manifestado en escritos anteriores más marcadamente «académicos». Y lo único que realmente se le puede achacar, tanto en la forma como en el contenido, es una cierta reiteración de las ideas básicas, que se van espolvoreando continuamente en los diferentes capítulos. Sorprende también esa prosa fácil y seductora que a veces nos regalan los autores franceses a quienes estamos bastante más habituados que a la fría literatura anglo-germánica. Conviene advertir, en primer lugar, que no es un libro escrito conjuntamente por dos autores distintos, sino un libro que incorpora diferentes capítulos, que están firmados por un autor u otro, y que no siempre coinciden en sus evaluaciones de la realidad ni en sus propuestas específicas. A este respecto, ni una ni otra posición son excesivamente novedosas ni originales, aunque la postura de E. Morin resulta más atractiva y elaborada. Quizá porque S. Naïr no hace sino reincidir en la ya bastante divulgada crítica a la mundialización bajo el paradigma del liberalismo económico, al «pensamiento único» y, en fin, a todos los demonios familiares de una izquierda inquieta no comprometida con el pragmatismo coyuntural de los partidos. El diagnóstico de E. Morin tiene sumo cuidado en no caer en el simplismo metodológico ni en la explicación fácil. No cree en explicaciones unilaterales, apoyadas sobre un único hilo conductor, como la dinámica del capitalismo, en ese predominio de la economía que imputa a Naïr. Su planteamiento parte de un enfoque que atiende a la multiplicidad compleja de la realidad histórico-social con su entrelazamiento de problemas de naturaleza económica, ecológica, demográfica, cultural, etc. Problemas que se entreveran sin posibilidad de «control local» por parte de un Estado-nación en crisis. Y si bien no puede decirse que haya un «problema número uno», sino todo un conjunto de problemas vitales, al final todos ellos revertirían sobre la «crisis general del planeta», que describe con tintes auténticamente apocalípticos. Fuera de esta quizá excesiva dramatización, que al menos no se reduce a la dimensión ecológica, uno no puede menos que sintonizar con uno de sus postulados centrales: la presencia de un mundo excesivamente cargado de problemas y a la vez demasiado vacío de pensamiento. ¿Cómo «pensar» nuestra supuesta crisis actual desde el «vacío del pensamiento» y la creciente incertidumbre? Todas las fuentes de certidumbre típicas de la modernidad –la idea de progreso, la ciencia, la técnica, el socialismo– han devenido problemáticas en un mundo progresivamente mundializado; los avances del conocimiento científico van acompañados de la «regresión cognitiva de la especialización», incapaz de dar cuenta de lo contextual y lo global; el pensamiento político se ha convertido en mero «gestionarismo», ciego ante los auténticos desafíos y cómplice del aparato técnico-industrial-burocrático. Habría una «despolitización de la política», que se disuelve en la administración, el gobierno de los «expertos», la economía, el «pensamiento cuantificador» (sondeos, estadísticas). Pero también en no prestar la atención que merece a la «mirada shakespeariana»: la dimensión trágica de la política, los conflictos destructivos, el elemento «mítico». Una doble barbarie pendería sobre nuestras cabezas como una espada de Damocles: aquella nunca silenciada del todo derivada de la violencia, el fanatismo y fundamentalismo de cualquier signo, y la barbarie anónima que tiene su origen en los procesos técnico-burocráticos. ¿Hay alguna esperanza para salvar a la «patria Tierra» desde esta situación de complejidad e incertidumbre generalizada? ¿Estamos condenados a vivir al borde del desastre? La respuesta está en el título del libro. Sólo seremos capaces de superar esta situación si somos capaces de emprender una política de civilización, que debe ser construida a partir de un fuerte impulso ético, pero también desde una decidida reforma del pensamiento. He aquí unas cuantas propuestas: profundizar en la symbiosofía o el «arte de vivir juntos» mediante una creciente «pulsión confederativa» entre las diferentes unidades políticas, incluso entre diferentes culturas; la generación de un vigoroso «civismo planetario»; la correlativa constitución de instancias mundiales de acción planetaria; y, sobre todo, a través de la generalización de una nueva conciencia y la afirmación de profundos sentimientos de algo parecido a un «patriotismo de la Tierra». Aparentemente más prosaica, pero con un mejor encaje en los conflictos políticos cotidianos, es la propuesta de S. Naïr: la restauración de la ciudadanía republicana, el único revulsivo auténtico frente a la regresión democrática y la reificación del capitalismo mundial del liberalismo económico. Antes de haber podido conocer la experiencia de la última crisis asiática y rusa, la posición de Naïr apunta a la necesidad de elaborar una estrategia nacional e internacional de control de los mercados financieros mundializados, las orientaciones de la producción, la oposición a las élites financieras oligopolistas que operan en el mercado global –tan bien descritas por Ch. Lash–, la revigorización de lo social, etc. Para ello sería preciso, desde luego, un mayor protagonismo del Estado-nación y, sobre todo, la búsqueda de estrategias internacionales comunes que rompieran con la mercantilización generalizada y promovieran una redistribución de los recursos entre el primer mundo y los países en desarrollo. Todo menos la aceptación acrítica del proceso de mundialización y la supuesta irreversibilidad de los procesos en marcha, «el realismo pragmático de la aceptación sin ilusión». Sin embargo, el problema gira al final en torno a las posibilidades reales y efectivas de una acción social transformadora. ¿Quién ha de promoverlas, esos mismos partidos a los que se denuncia como meros «gestores» de una maquinaria tecno-burocrática errática?; ¿una ciudadanía alineada a la que se le hurta la posibilidad de acceder a los auténticos problemas y que aparece sujeta a las leyes de la «individualización» y atomizada en «consumidores cosmopolitas»? Tras la lectura del libro uno vuelve a recordar el axioma adorniano de la teoría como única forma de praxis. O puede que ello se deba, precisamente, a que ha hecho mella en nosotros, sin apenas percibirlo, la aceptación de la irreversibilidad de lo existente. Con todo, y aunque sólo fuera parcialmente cierto el diagnóstico que nos ofrecen estos autores, pronto habremos de tener que reflexionar en serio sobre una nueva praxis política.

01/03/1999

 
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