ARTÍCULO

Para decir no

Ediciones La Palma, Madrid, 1998
45 págs.
 

El género aforístico ha estado siempre presente en la densa y riquísima obra de Ángel Crespo en libros como: Con el tiempo, contra el tiempo (1978), La invisible luz (1981) o Aforismos (Huerga y Fierro, 1997). La puerta entornada abarca dos partes. La primera, que lleva el mismo título del volumen, reúne una colección de aforismos inéditos; mientras que la segunda, «Escrito en el aire», son textos revisados correspondientes al poemario El ave en su aire (1985).

Para un arte poética, sobre la verdad, poesía y verdad, pensamientos, sobre la muerte, sobre la ignorancia, contra la multitud, sobre el olvido, sobre los dioses, y reflexiones sobre el propio texto poético, son algunos de los motivos esenciales. En Para un arte poética, Crespo se refiere al poema como lo que no se sabe que se dice, «no es la ignorancia, sino el misterio». El poema es siempre una pregunta, como lo que no se es capaz de decir, como algo distinto a su intención de escribirlo es, fundamentalmente, un instrumento del Verbo. Crespo descubre en los poemas la existencia de dos sílabas más en sus palabras: el silencio que las precede y el que las sigue. El primero ya ha sido pronunciado por los dioses, «como muy bien saben cuantos poetas tratan de pronunciar el segundo». De entre todas las posibles definiciones que da de la poesía me inclino por ésta: «Consiste en ser exacto con lo inexacto sin convertirlo en exacto». La poesía sirve, sobre todo, para embellecer nuestra ignorancia y consolar la ajena. Para Crespo, la relación entre poesía y filosofía proviene del remoto y común origen de ambas, sólo que para él, la poesía ama las contradicciones, mientras que la filosofía las aborrece. La verdad en poesía es todo lo que nombra el poeta, existente o no, y también la nada. Sobre la nada hay muchas referencias no sólo en La puerta entornada, sino también en los Poemas en prosa. La muerte no es la nada, sino la que sublima la luz y sin cesar inventa la vida. La muerte tiene nuestro rostro, somos nosotros mismos, es el rostro de la sabiduría. La nada, en el poema en prosa que lleva por título un verso de Virgilio, «Usque adeone mori miserum est?», se encuentra «tras el infierno, que nos lleva ni a esa nada», una nada sin luz, «llena de ruidos sordos y banderas negras por la que se atropellan incontables rebaños de inexistentes ovejas prietas nunca esquiladas que tropiezan con, sin reconocer sus semejantes». En otros dos poemas en prosa, «Sobre la nada» y «Elogio de la nada», la llega a definir como «ese inmenso cajón, alacena o lago del que Dios ha exiliado todas las cosas». La verdad está en cada uno, el poeta es quizás quien más pronto la descubre, pues es quien más riesgos corre. La verdad es el solo riesgo, una revelación, es ella misma; pero el poeta, subraya Crespo, solamente la verá cuando él mismo sea capaz de aparecerse a ella. La verdad es inexplicable, puede leerse en el error, el discurso poético es capaz de mostrar la naturaleza de las cosas, que es inefable, porque la poesía también lo es.

Poemas en prosa abarca la totalidad de los que publicó insertos en muchos de sus poemarios, así como algunos dispersos en revistas y otros inéditos. Estos textos están en la tradición imaginativa del Gaspar de la Nuit de Aloysius Bertrand y del visionarismo rimbaudiano, más que de la crónica y el costumbrismo del Spleen de París de Baudelaire. Y coinciden también con las experiencias de Juan Ramón, Reverdy (a quien homenajea), Ponge o Michaux. Crespo, como la mayor parte de los citados, trató de acercar el lenguaje de la poesía a su otro tan cercano como era el de la pintura. Un lenguaje plástico nada realista, sino bañado ya por las experiencias de la vanguardia, el informalismo, la abstracción, el cubismo, el expresionismo y el surrealismo. Así, sus primeros poemas en prosa son la visión cubista del paisaje de la infancia, para luego adentrarse en las grandes arquitecturas del pensamiento y de la historia, donde están Italia, Brasil, el Caribe o el mundo nórdico europeo. Todos espacios en los que residió. La importancia de la revelación del instante, por ejemplo, se ve provocada por el bosque de columnas de Bernini, en el Vaticano. Ese vuelo de palomas es el simbolismo espiritual que trata de captar en «El ave enorme». Los poemas en prosa no son un género errante, sino que han tenido teóricos como Suzanne Bernard que lo han codificado. Parte de visiones de paisajes físicos o interiores, son revelaciones que se le aparecen al poeta desde un sentimiento trágico o elegíaco, a veces también humorístico. Son la descripción del cruce de contrarios. Pero los poemas en prosa de Crespo, a esas características generales, añaden el ser también una resuelta biografía espiritual de su redactor, en donde se incluyen fragmentos de posibles diarios, lecturas, reflexiones filosóficas, creencias estéticas y, como siempre en toda su impresionante obra, la búsqueda a través de una palabra renovada de otra realidad más allá de lo que representa. Crespo trata de captar la expresión de todas las sensaciones. Así, el frío será un compañero ideal, «que me lleva siempre por la arista precisa y no permite mi extravío»; mientras que el calor del Trópico significará todo lo contrario, el extravío por las islas, en el mar, en la naturaleza desbordante. Los aromas son otra provocación estética, provocan otra manifestación del misterio. El sentido elegíaco del paisaje se manifiesta fundamentalmente en la descripción de las ruinas, pero en «Venus Anadiomena» (Solitario por Roma) encuentra el antídoto vital del erotismo: «Pues tu cuerpo desnudo y tú desnuda estáis junto a mí para entregarme la verdad que desmiente a las ruinas». Los paisajes del alma, las descripciones de los paisajes de afuera para mostrar el de adentro, están representados por esas reflexiones sobre la nada (de la cual ya hablamos), el futuro y el no. Nada más transparente que el futuro, ni más sutil, nadie lo ve aunque es el «fantasma a través del cual se contempla la nada». La palabra no es consustancial con el paisaje de la poesía, es una palabra «cerebral y romántica. Ata y desata los nudos del pensamiento, y sin ella no serían posibles la poesía ni el amor».

Ángel Crespo realiza un peregrinaje, un viaje a pie por estos caminos entre el aquí y el más allá de nuestra percepción. Pisa un camino diferente, como en toda su obra poética, majestuoso, que únicamente los pocos elegidos como él lo transitan con los grandes creadores de todos los tiempos, portando esta divisa: «Agua y tierra, y aire y fuego (y cuanto soy entre sus cuatro apariencias), no son otra cosa que el deseo de luz en la Palabra».

Como editor y creador de revistas poéticas. Crespo tuvo una presencia decisiva en Deucalión (Ciudad Real, 1951-1953) de la que fue su director; Pájaro de paja (Madrid, 1950-1956) dirigida por él mismo, Carriedo y Muelas; y en la recientemente reeditada en facsímil, Poesía de España (Madrid, 1960-1963), en donde también tuvo como compañero a Carriedo. Aparecieron nueve números y los problemas con la censura franquista lo fueron desde el principio al serles denegada la cabecera inicial, Frente de poesía. Esta publicación nacía dentro del ambiente social general de combate contra la dictadura, como el Pájaro de paja, pero también con una vocación vanguardista y de cambio de rumbo estético ya iniciado por Deucalión escorada no sólo a la salvación del hombre a través de las manifestaciones cívicas, sino también a través del arte educando el gusto, la sensibilidad y despertando la inteligencia. Poesía de España tiraba quinientos ejemplares e iba a expensas de los propios redactores. Su expresa composición artesanal iba ilustrada por artistas como Zarco, Nanda Papiri, Zamorano o Saura. En la revista están representadas tres generaciones: la del 27 (Dámaso, Alberti, Aleixandre, Prados, Guillén), la de la posguerra (Blas de Otero, Celaya, Leopoldo de Luis, Cremer o De Nora) y la del propio Crespo-Carriedo (J. A. Goytisolo, Biedma, Barral, Costafreda, Hierro...). La importante presencia del grupo Postista (Chicarro, Ory, Crespo, Carriedo) es muy importante y significativa en el nuevo aire que trataba de crear esta publicación. La presencia extranjera es igualmente sobresaliente. Pavese es traducido por Goytisolo, y una gran nómina de poetas en lengua portuguesa es llevada a cabo por Crespo (Pessoa, O'Neill, De Sena, Cabral de Melo, etc.). También aparecieron versiones de Brecht y Eluard. Las lenguas catalana y gallega tienen una presencia destacada con los homenajes a Espriu y Celso Emilio Ferreiro, queriendo destacar así la pluralidad de las lenguas y literaturas españolas o ibéricas. No sólo en los poetas elegidos y en los propios poemas publicados se muestra este afán de confrontación política, sino ese cambio de rumbo estético, subrayado en muchas notas críticas, redactadas anónimamente por los directores, esa necesidad de no complacerse con lo ya existente. El propio Crespo comentará, «se ha empobrecido el lenguaje y, así, se ha producido esa crisis de expresión que también padecemos».

Hay que recordar que estos libros se deben al cuidado ejemplar de Pilar Gómez Bedate.

01/04/1999

 
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