ARTÍCULO

Panópticos y clonaciones: desmontando la identidad

Icaria, Barcelona
70 pp. 9 euros
 

Casi todas las historias de la poesía vienen a demostrarnos que este modo peculiar de producción literaria se diferencia de los otros por la importancia que tiene aquí la voz (la subjetividad, el punto de vista) del poeta propiamente dicho. Sí, ya sabemos que el autor siempre está presente en sus obras y que eso ocurre en todos los géneros, pero es significativo que se camufle muchas veces con artificios convencionales como los llamados plurales de modestia, cuya aplicación es frecuentísima en los escritos científicos y en los ensayos. En el caso de la novela la situación es distinta, con esos personajes que hablan desde su mismidad ficticia. El punto de vista va cambiando cuando el escritor omnisciente simula ser alguna de esas entelequias de personalidad. La creación poética, en cambio, ha sido siempre el reino del egocentrismo indisimulado: el autor atribulado o alegre, escéptico o rendido a cualquier causa, es, en fin, el tema principal de casi toda la poesía de la cultura occidental. Pero, ¿podemos, a estas alturas del siglo XXI , seguir hablando desde nuestro yo? ¿Y qué sentido puede tener plantear la relación dialéctica entre una sustancia individual y una supuesta realidad exterior cuando ambas cosas pueden ser ecos o réplicas de otras entidades? ¿Cómo, en suma, puede escribirse poesía en la era de la copia, la reproducción infinita, la vida artificial y la clonación? ¿En qué estadio de ese proceso de evocaciones y tostados (legales o clandestinos) pueden encontrarse una conciencia y un objeto de deseo o de mera reflexión? Estas y otras preguntas afloran ante la propuesta poética de Julia Piera, cuyo libro Conversaciones con Mary Shelley nos parece, por eso y por otras cosas, una contribución verdaderamente novedosa en el panorama literario de la España actual. La obra se estructura en tres partes muy bien definidas, como si se tratase de una tragedia antigua, pero debemos vencer la primera tentación de suponer que son tres libritos independientes unidos por azar en la misma edición. La coherencia argumental es, de hecho, muy considerable. En los doce primeros poemas, bajo el epígrafe «Igual que esos pájaros disecados», se funden los ecos de dos célebres películas de Alfred Hitchcock: la de Los pájaros es muy obvia, pero parece claro también el subtexto de Psicosis, puesto al descubierto por la autora, al comienzo, con una cita muy significativa de esta cinta que alude a la pulsión panóptica, tan decisiva en las sociedades contemporáneas: «Seguro que me están vigilando, mejor, mejor, así dirán: pero si no fue capaz ni de matar a una mosca». Porque la cualidad principal de los pájaros poetizados aquí la proporcionan sus ojos, ubicuos escrutadores del adentro y del afuera: «Se paran. Me dejan pasar / y todos miran fuera. / Alquilar sus ojos, / ver qué observan» (p. 22) O bien: «Pero un pájaro se ha extraviado / y la cerradura crepita [...] / Ya copiaron tu llave» (p. 24). Se diría que la conciencia predominante en estos poemas parece un híbrido indiscernible entre la protagonista de la película y la autora, acechadas y amenazadas, escapando a duras penas en el último poema de esta primera parte: «Cerrar los ojos / y verla diosa, / la que pisa alfombras de aves» (p. 28). El referente cinematográfico sigue siendo omnipresente en la zona central que da título a todo el libro. Pero, ¿qué «conversaciones con Mary Shelley» son éstas? Se alude a Frankenstein, obviamente, pero no tanto al original literario como a sus versiones cinematográficas o, más aún, a una evocación sutil de una de ellas como es la de El espíritu de la colmena, de Víctor Erice. El tema general del libro pasa así desde la visualización generalizada (el panóptico de los infinitos ojos de pájaro) a la multiplicación de los seres y a la creación artificial de la vida. La informática y la nueva biología planean sobre estos versos: «Ya no hay megas para nadie, ni para ti, que elaboras / la transformación / física / por órganos, / por prótesis, / no hay gigantismo» (p. 34). Las colmenas de cristal (como la que aparecía en la película de Erice) permiten ver lo que sucede en el interior, y nosotros, autora y lectores, somos entonces como el ojo de Dios. De ahí estas palabras tan lúcidas como desconcertantes: «Yo soy tu identidad. / Alguien a quien yo / enseñaba últimamente / mi colmena de cristal / alguien que veía a las claras» (p. 37). La existencia aparentemente no individualizada de las abejas suscita las evocaciones más siniestras de nuestro tiempo, como esa alusión que se hace al copyright, situado, claro está, a la derecha de los «cuerpos antiguos y caducados» (p. 38). La autora se compromete sutilmente en los grandes debates de nuestro tiempo, y así es como se escancian con ironía y con cáustica precisión los versos escalonados que nos hacen descender a las criptas de los terrores que más tememos: «Oculto el maquis, / pisadas las setas, / la tierra vomita / correo basura» (p. 43) Las palabras del penúltimo poema de esta segunda parte del libro revelan cuál es su conflicto esencial y nos preparan para el desenlace: «Cierras los ojos y le llamas / Soy... / Soy...» (p. 47). ¿Qué soy yo, qué eres tú, qué es lo que parece que es? La autora no responde, pero lo sugiere con lucidez una vez más: «Ocupemos las primeras filas. Hágase la oscuridad» (p. 48).Y el espectáculo sigue con la última vuelta de tuerca, en la tercera parte, construida en torno a la versión cinematográfica de la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? El vértigo que inspira la corporación del triángulo, de la que depende la fabricación de los androides de Blade Runner, parece un reflejo del que inspira la mente despiadada de Dios (¿no es acaso el triángulo trinitario, y el que encierra el ojo que todo lo ve, uno de sus símbolos tradicionales?). «Cientos / de seres / cientos / que nacen, se duplican y mueren / antes que otros / puedan, siquiera, pensar» (p. 55). Julia Piera intenta así lo más difícil (o lo más alejado de lo habitual) en el ámbito creativo: prestar una voz poética a los entes replicados, a las copias, a los simulacros, y hacernos entrar en el vértigo de una revelación pavorosa o liberadora, según la óptica desde la que decidamos considerarlo. Me refiero a nuestra ausencia real de identidad, a la gran falacia del yo: «Salir / réplicas del dios, / de la corporación del triángulo, / [...] si sólo vieras / lo que yo he visto / con tus ojos». Es difícil imaginar un final más nítido que éste para un libro muy coherente, tenso, escrito sin tregua alguna para las fáciles complacencias. Julia Piera demuestra que puede hacerse poesía culta sin pedantería. Pero lo que más me gusta es que se sitúa en las antípodas de esa peste de cursilería y banal subjetivismo que infesta un porcentaje elevadísimo de la (mal) llamada poesía contemporánea.

 

01/11/2006

 
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