ARTÍCULO

Pánicos morales

 

Desde comienzos de los años noventa, los «pánicos morales» (moral panics) se han convertido en un concepto clave de la moderna teoría sociológica. Los primeros en acuñarlo fueron, casi veinte años antes, los sociólogos británicos, que lo elaboraron a partir de investigaciones de sus colegas norteamericanos en torno a la conducta colectiva y la desviación social. No es de fácil definición. Un pánico moral puede ser descrito, quizás algo sumariamente, como un episodio, condición, persona o grupo que emerge repentinamente mostrándose como una amenaza para determinados intereses o valores sociales. Algo o alguien, no importa que ya existiera con anterioridad, que en un momento dado condensa tan precisamente temores o ansiedades colectivas, que se convierte en un nuevo liberador de las tensiones ocultas en nuestras llamadas sociedades «de riesgo». El pánico moral es siempre volátil e inestable: puede extinguirse tras un debate social y reaparecer más tarde o no hacerlo nunca, o puede resolverse, una vez convenientemente agitado por los medios e incorporado por las diferentes agendas políticas, en importantes transformaciones (regresivas o no) en la regulación de las normas sociales. Y vuelta a empezar.

Los pánicos morales han existido siempre (piensen, por ejemplo, en el episodio de las brujas de Salem), aunque para que surjan es imprescindible un substrato de angustia frente a cambios estructurales, políticos y sociales que se perciben –aunque no sea de forma consciente–, como amenaza a un modo de vida colectivo o que se representa como tal: se llaman morales precisamente porque remiten y afectan a creencias o representaciones del imaginario de una colectividad, a la ideología profunda en la que parecen cimentarse las relaciones entre los que la componen. El cine se ha ocupado en muchas ocasiones de la formación de un pánico moral: piensen, sin ir más lejos, en Pánico en las calles (Elia Kazan, 1950) o en la inolvidable M, el vampiro de Düsseldorf (Fritz Lang, 1931).

Lo que ha variado sustancialmente respecto a los «pánicos morales» avant la lettre es su frecuencia y amplificación. Un reciente libro del profesor Kenneth Thompson explica el hecho de que sea precisamente en el Reino Unido donde el estudio de los pánicos morales haya alcanzado mayor intensidad. Desde mediados de los años setenta y, más particularmente, desde principios de los noventa, la sociedad británica se ha convertido en escenario de periódicos y frecuentes sobresaltos que, amplificados por los medios y manipulados posteriormente por diversos grupos de intereses, han dado carta de naturaleza a la irrupción de pánicos morales en el transcurrir de la vida colectiva. Por citar dos de los más espectaculares, recuerden los suscitados por la espeluznante muerte del niño Bulger, torturado y asesinado por dos muchachos de once años, o por la terrible matanza de Dunblane, en la que un individuo irrumpió en una escuela escocesa causando una auténtica masacre.

Aunque los pánicos morales no son en absoluto exclusivos de la sociedad británica –constituirían más bien una característica cada vez más frecuente de la «posmodernidad»– lo cierto es que es en ella donde se aparecen con particular incidencia dos de los factores fundamentales para su surgimiento. En primer lugar, se trata de una sociedad en la que los cambios estructurales, económicos y culturales experimentados en las últimas tres décadas han generado un grado de desarticulación social mayor que en otros países desarrollados. Buena parte del cine y la literatura británica (de Ken Loach a Ian McEwan o Graham Swift) viene reflejando de modo cabal el grado de desconcierto y angustia de una sociedad en la que la pérdida de autoridad de élites e instituciones (empezando por la propia Monarquía) ha ido pareja a una crisis de identidad nacional palpable en todos sus estamentos. Y, para descender a niveles más cercanos a la vida cotidiana, en muchas zonas urbanas de Gran Bretaña, la familia patriarcal –la familia extensa– es pura prehistoria, e incluso la familia nuclear parece destinada a convertirse en tan sólo una posibilidad entre otras.

Sobre este paisaje colectivo, en el que amplios sectores de la población no encuentra respuestas ni puntos de referencia morales, se despliega a sus anchas, como segundo factor, el discurso dramático y simplificador de gran parte de los medios de comunicación, mucho más concentrados que en otros países postindustriales y sometidos a la implacable presión del mercado. El proceso de «tabloidización» de la prensa británica se ha acelerado en los últimos años, alentado por los pingües beneficios obtenidos con exclusivas escandalosas y por la manipulación de las ansiedades colectivas. Para que se entienda mejor el poder de estos medios bastan algunas cifras de la prensa nacional referidas a febrero de este mismo año: los periódicos llamados «qualities» –los «serios»– tienen una circulación diaria de algo menos de tres millones de ejemplares; los considerados tabloides y «mid market» alcanzan en conjunto casi once (la diferencia es aún mayor los domingos). En la base de todos los pánicos morales –y en sus ulteriores consecuencias– que se han sucedido en la última década se encuentran el amarillismo y la manipulación de los sentimientos de amplias capas de la población en pos de mayor cuota de mercado.

La reciente aparición del libro de Gitta Sereny Cries Unheard («Llantos no escuchados») ha vuelto a poner en marcha muchos de los mecanismos descritos. El libro relata la tremenda vida de Mary Bell, condenada hace treinta años, cuando tan sólo contaba once, por el asesinato de dos niños mucho menores. Bell cumplió condena durante doce años en diversas instituciones, rehízo su vida y vivía apartada junto con su hija, protegidas legalmente por una orden judicial dictada para resguardar los derechos de la niña. Durante los dieciocho años que ha vivido con una nueva identidad, la señora Bell ha sufrido el acoso de tabloides en busca de carnaza que le ofrecían sumas importantes a cambio de una exclusiva que nunca concedió. Por una u otra razón, la periodista Gitta Sereny ganó su confianza y Mary Bell colaboró en el libro de marras. La noticia de que había recibido dinero por esa colaboración es lo que ha suscitado una terrible irritación en amplios sectores de la sociedad británica. Los medios –los mismos tabloides que la habían acosado– han emprendido una agresiva campaña en la que, día tras día, echaban leña al fuego de la indignación social y de los sentimientos de las familias de los niños asesinados: el espectáculo de los medios –tabloides y algunos qualities– esforzándose por encontrar los titulares más abyectos ha constituido una repugnante muestra de la hipocresía y el cinismo con el que la prensa de una sociedad en la que todo parece en venta condena a quien también quiere traficar con su propia miserable mercancía. Pero quizás lo más grave de todo ha sido comprobar cómo el gobierno del señor Blair, que desde el principio ha dado muestras de inclinaciones populistas en nada diferentes a la de sus predecesores thatcherianos, ha cortejado a los tabloides para no perder cuota de votantes, incorporándose con entusiasmo al carro de quienes agitan como estandarte el regreso a los idealizados «valores» de una edad de oro victoriana que nunca tuvo lugar. Basta con leer a Dickens para constatarlo.

REFERENCIAS

KENNETH THOMPSON: Moral Panics, Routledge, Londres, 1998.

GITTA SERENY: Cries Unheard, McMillan, Londres, 1998.

01/06/1998

 
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