ARTÍCULO

Las fuentes de la escritura

Trad. de Javier Albiñana Seix Barral, Barcelona
Trad. de Manuel Serrat Crespo Península, Barcelona
160 págs. 11,54
111 págs. 9,61
 

A penas se abre el primer ensayo, el autor confiesa una iluminación: «La idea de los "paisajes originarios" se me ocurrió de repente. En una novela (Meroé), había escrito una frase en la que hacía referencia a los paisajes de la infancia que nunca nos abandonan ya del todo a lo largo de la vida –o algo similar...». La idea, en principio, no parece muy original, incluso se expone con deliberada imprecisión; más bien tiene el aire de uno de esos tópicos que se deslizan irremediablemente en las páginas de cualquier relato. Con todo, asoma en esa idea una verdad repetida (que la infancia es el paraíso, la fuente, la patria, el infierno del artista...), de la que Olivier Rolin extrae esta variante que aplica a la literatura: los paisajes de la infancia permanecen siempre latentes, dejan su seña, una «firma de origen» en la obra del escritor.

Y así es, en Paisajes originarios se siguen sobre el terreno las huellas que los rincones de la infancia han dejado en las páginas de cinco escritores de primer orden, todos ellos nacidos en 1899: Hemingway, Nabokov, Borges, Michaux y Kawabata. La empresa de Olivier Rolin se fundamenta tanto en la lectura como en el trabajo de campo: el viajero carga con los correspondientes volúmenes de La Pléiade y se desplaza a Oak Park, a San Petersburgo, luego a Buenos Aires, se acerca a Namur, termina en Osaka.

Que Olivier Rolin (1947) pertenece a la raza de los viajeros había quedado ya patente en otros libros suyos, como Port Sudan (Seix Barral) o el ya citado Meroé (Anagrama), dos narraciones exóticas cuyos desencantados protagonistas (como un «Rimbaud cruzado de Conrad», se ve a sí mismo, no sin ironía, uno de ellos) efectúan su particular ajuste de cuentas con la realidad de donde proceden –la Francia de hoy, un banal y desarraigado París– para convertirse así por voluntad propia en peregrinos sin retorno, es decir, ciudadanos errantes, apátridas; una opción vital que entraña, sin duda, una denuncia, una carga política.

Pero, en cuanto al género, es en Siete ciudades donde se encuentra el antecedente más inmediato de Paisajes originarios. En verdad, estas dos obras son muy semejantes: ambas están compuestas por una colección de ensayos breves, artículos publicados en periódicos o revistas con anterioridad; y ya entre las siete ciudades (Buenos Aires, Trieste, Lisboa, Alejandría, Leningrado, Praga, Valparaíso) se hallan algunos de los paisajes a los que se ha de volver. Porque ya en esa primera tentativa Olivier Rolin elige sus destinos con mirada literaria, recorre escenarios asociados a la vida de algún escritor (Praga y Kafka, la Lisboa de Fernando Pessoa), si bien, a falta de conmemoración centenaria, el turista dispersa más sus intereses, y así Buenos Aires no se limita entonces al Palermo de Borges, sino que abarca los barrios de Roberto Arlt y Ellanzallamas, los cafés de Gombrowicz, la villa de Victoria Ocampo, la sombra de Caillois y la NRF, los cielos de Sábato, la memoria de Leopoldo Lugones... Del mismo modo, en la cosmopolita Alejandría concurren los mitos indiscutibles de su esplendor y decadencia: el Cuarteto de Durrell, los versos de Cavafis, las travesías de Forster, la biblioteca de Ungaretti... Idéntica operación en Trieste, con todo el reparto esperable (de Svevo a Magris); o en San Petersburgo, por esas fechas Leningrado, donde desfilan por la Perspectiva Nevski tanto los clásicos del siglo XIX como los hijos –rojos o blancos– de la revolución soviética.

Fechados en la década de los ochenta, algunos artículos de Siete ciudades son deudores de una situación histórica ya superada: la época del muro ideológico. Así, Trieste aparece, más que como cruce, como una frontera; Praga resulta una fortaleza verdaderamente absurda, en la que se intenta ocultar cualquier recuerdo de Franz Kakfa, al punto de que sus obras han desaparecido de librerías y bibliotecas; y en el hotel para extranjeros de Leningrado se confunden el lujo fastuoso y una miseria enquistada, los efluvios del repollo y los del desinfectante.

Ahora bien, ya sea porque no se ha dado con el tono justo para evocar estos lugares o, más probablemente, porque Olivier Rolin ha crecido desde entonces como escritor, el hecho cierto es que Siete ciudades se lee hoy como un apunte de Paisajes originarios, pues este último resulta un libro con otras hechuras, más contundente, y, a su vez, por contraste, muestra algún amaneramiento del primero como, por ejemplo, esa capa de lirismo sobre la que se quiere vertebrar los reportajes. Sin embargo, en Paisajes originarios el discurso dispone de su apoyo estilístico más sólido en el análisis de los textos de esos cinco autores seleccionados; a través de estos comentarios el libro alcanza un estatuto superior, gana entidad, se constituye en un penetrante ensayo crítico.

Olivier Rolin acierta aquí con la medida exacta: viaje y lectura se complementan, y de esa conjunción apasionada nace la escritura. Olivier Rolin se acerca a hechos individuales, a seres vinculados a un particular paisaje inaugural, hijos asimismo de esa infancia (la casa, la escuela, las hormigas, el abuelo ciego, el sol en la escalera, la sintaxis de los rascacielos...). Entre estos signos de la edad inocente y su posterior réplica textual, Olivier Rolin va anudando en cada caso, mediante un hábil ejercicio comparativo, la apretada red de significaciones. No obstante, la operación no desvela misterio alguno, no arma ni desautoriza biografías, no designa una última verdad; el análisis configura, crea un sentido coherente que se superpone y extiende sobre las formas literarias ya dadas.

En varias ocasiones, Rolin se vale de citas de Nabokov y Borges, grandes ingenios en el arte de la boutade y enemigos declarados de la escuela de Viena, para quitar hierro teórico y manifestar una necesaria distancia con el método aplicado. Y, en la última página, el autor francés se encuentra obligado a deshacer en parte la simplificación creada: los paisajes inaugurales, en efecto, nos vinculan a un mundo, son «istmos de la memoria», pero la escritura, dice entonces, aspira también a una rara libertad: a no verse encerrada por el terruño, a romper los límites de nuestro ser: «Escribir es ese gesto que nos mueve a reconocer lo que somos alejándonos de lo que nos hace ser uniformemente, es decir, falsamente, nosotros mismos».

01/10/2002

 
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