ARTÍCULO

Otro don Juan

Anagrama, Barcelona
328 págs. 16 €
 

El mito de don Juan ha dado desde hace cuatro siglos mucho juego a la cultura occidental. Y lo ha dado porque la primigenia figura del seductor sevillano, tal y como nació en el teatro clásico español, presenta una imagen poliédrica que ha suscitado multitud de interpretaciones desde perspectivas tan distintas como la literaria, la histórica, la social, la sociológica o la psicoanalítica, y un tratamiento artístico amplio que se ha orientado hacia direcciones dispares, según se contemple el personaje desde su vertiente filosófica y teológica, desde su proyección antropológica o desde su configuración estética o paródica.

En El vampiro de la calle Méjico ofrece Molina Foix una nueva recreación del mito a través de un don Juan apuesto, actual y urbano, que subyuga a los demás con su embrujo incontinente y que basa su sentido vital en la conquista y sumisión de sus presas y en la consumación de sus explícitos deseos y arrebatos sexuales. La recreación, sin embargo, se caracteriza por dos rasgos pertinentes que no contribuyen a la perdurabilidad de la novela más allá del momento y la novedad de su publicación. En primer lugar, la evocación se queda en la parte más superficial de la memoria, en el simple registro de los sucesos y las relaciones físicas, en sus aspectos externos y triviales, sin penetrar ni profundizar en ningún caso en las actitudes del protagonista o en el significado existencial, ético o psicológico de su comportamiento. En segundo lugar, consecuencia de lo anterior, y en una línea acorde con las pautas del mercado, Molina Foix refunde algunos de los atributos tópicos del don Juan para aplicárselos a un tipo literario de gran proyección actual, el del homosexual fascinante que triunfa sin dificultad en las batallas y conquistas amorosas.

Por eso no cuadra ni se entiende bien el desafortunado y ambiguo título. En la novela y su madrileña calle Méjico, conviene advertirlo, no sólo no existe un vampiro en el sentido literario o cinematográfico del término –y si el autor pretende que lo haya, o está muy oculto o está muy traído por los pelos–, sino ni tan siquiera en un sentido figurado o metafórico, pues a la postre no se sabe por qué el protagonista ha de ser vampiro o quién es más chupador de la sangre ajena, si él, la mayor parte de las veces indolente o carente de iniciativa, o sus amantes, muchísimo más activos y fogosos. Tampoco espere encontrar el lector un don Juan con la fuerza dramática de Tirso o Molière, la gracia verbal de Zorrilla, la fatalidad apasionada del Félix de Montemar esproncediano o el ingenio paródico del Juanito Ventolera valleinclanesco. A diferencia de ellos, el personaje de Molina Foix es enormemente plano y esquemático, un pelele oscilante entre los hilos de las circunstancias y las querencias de los demás que, de manera caprichosa, exhibe unas veces una aparente seguridad y otras puede representar la deriva de todos los naufragios. Su creación literaria se sustenta, como ya se ha dicho, en el recuento sucesivo de los lances eróticos y en los detalles explícitos de las anécdotas morbosas.

En resumidas cuentas, salvo su argumento provocador, poco más da de sí Elvampiro de la calle Méjico. Tal vez resulte ocioso a estas alturas recordar que una novela no es sólo una historia, sino bastantes otras cosas más; pero la insistencia de muchos novelistas actuales en el argumento en detrimento de la configuración estética de la trama, de la creación de personajes o de la escritura, por ejemplo, coincide con un modelo de lectura única –también de pensamiento único– que sólo aspira a conocer lo que va a suceder en las páginas siguientes. De esta manera, el autor adopta un discurso fácil y transparente, recurre a la ocurrencia para fingir un ingenio inexistente –el personaje se mira en el espejo y no ve a nadie, en el parque de atracciones siente la embestida de un coche de choque por detrás «como una sodomía eléctrica» o glosa eróticamente a Heráclito diciendo que «todo fluye y todos nos bañamos dos veces en el mismo hombre»– y malogra incluso el argumento resolviendo la novela con un desenlace de culebrón melodramático en el que narrador y confidente, por avatares fortuitos y tópicos, acaban siendo hermanos de padre.

01/12/2002

 
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