ARTÍCULO

Islas interiores

RBA, Barcelona
304 pp. 22 €
 

En su inclasificable tratado de geografía titulado Topofilia, Yi-Fu Tuan apunta: «La isla ha demostrado tener una pertinaz capacidad para dar alas a la imaginación humana». Desde la isla de los Bienaventurados de la Antigua Grecia hasta las que aparecen en la literatura de Melville o de Robert Louis Stevenson, se ha acostumbrado a asociar esta «porción de tierra rodeada por agua» con toda una tradición de escapismo edénico. La isla es el lugar donde la fantasía es posible, donde la naturaleza es imponente y habitan nuevas formas de vida. No en vano, el encuentro de Darwin con un sistema natural único en islas como las Galápagos le proporcionaría las pruebas necesarias para confirmar una teoría que cambiaría definitivamente toda la visión del orden natural. Como lugar remoto, la isla es un lugar que mantiene a salvo, preserva.
Ahora, no sólo hay islas en los mares; «hay otras islas», sostiene el ingeniero Fortes, protagonista de la novela de Manuel de Lope. Hay otros lugares a los que se puede escapar, refugios en mitad de las estepas pedregosas, entre valles y montes olvidados, asolados por las fuerzas simples de la naturaleza. En estos lugares, que no siempre son remotos e inaccesibles, se conservan formas de vida y ritmos de antaño. Después de publicar Iberia, dos volúmenes de heterodoxos ensayos de viaje por el territorio peninsular en los que la anécdota personal se une a la reflexión histórica y a la descripción paisajística (en una aventura literaria que recuerda el recorrido de Magris por El Danubio), Manuel de Lope traslada la acción de esta novela a esos desamparados espacios de la geografía peninsular interior. De hecho, Otras islas puede leerse como una historia de exotismo autóctono que desentierra el secreto de lugares que hemos olvidado por su excesiva proximidad, espacios tan cercanos que nos cuesta percibirlos. Tal como Cela descubrió la Alcarria muchos siglos después de que nadie la hubiese visto verdaderamente, De Lope recupera esa tradición viajera en dos volúmenes y a continuación elabora una novela a partir de algunos datos recopilados.
Más precisamente, la novela está construida a partir del contraste entre el mundo rural y desolado de una localidad del interior de la provincia de Teruel, y el sofisticado ambiente de la urbe mediterránea, representado en este caso por Valencia; ciudad de regatas internacionales, restaurantes con aspecto de quirófano y hoteles de múltiples estrellas. La disparidad entre el rigor del páramo y la sofisticación urbana se le manifiesta en toda su crudeza al personaje central, el taciturno ingeniero Fortes, hombre que aún lucha con el alcoholismo y los fracasos de su vida sentimental. Encargado de supervisar las grandes obras de canalización en la localidad de Gumuncio, Fortes recibe de pronto una llamada de su antiguo colega Meneses, hombre de éxito que trabaja en los cuadros superiores de la misma empresa constructora, es decir, un personaje en las antípodas, un ganador. Obligado a viajar desde el interior agreste hacia la sofisticada urbe valenciana, Fortes comprueba que todo puede cambiar de un solo pelotazo. Súbitamente, la tentación del dinero, la posibilidad de un maletín con un millón de euros y la tranquilidad de poder decir adiós a sus incertidumbres, se le presentan a ese hombre que ya había comenzado a tomarle el gusto a la austera soledad. Con una cuidadosa observación de los detalles, Manuel de Lope pone al lector ante la disyuntiva del protagonista y recrea con habilidad las tentaciones que entran en juego al verse en mitad de una trama de corrupción.
Pero Otras islas no se limita a explotar las variaciones entre paisajes contrastantes, sino que nos descubre toda una geografía humana a comienzos del siglo XXI. A sólo pocos kilómetros de distancia conviven seres pertenecientes a épocas distintas, con una serie de hábitos y rituales separados por siglos de historia. Por una parte, asociados al mundo de la isla esteparia, se encuentran el pastor, el tullido del pueblo o la vieja que vive con sus recuerdos esperando la muerte: son personas con rutinas mínimas e inamovibles que cohabitan en la certidumbre de la vida marcada por los elementos rurales y por la memoria, dentro de un mundo en el que el tiempo se arrastra sin buscar la novedad. Y por el otro lado, en clara discordancia con ese provincianismo fantasmal y oscuro, surgen una serie de personajes asociados al brillo y la pompa de los grandes negocios urbanos; hombres que viven a la velocidad del dinero, como el ingeniero Meneses o como el agente de seguridad Tabernas. También ellos habitan en sus islas artificiales localizadas entre las fastuosas alcobas de los hoteles y la lujuria de un mundo que jamás se detiene, que avanza rápido en busca de sensaciones nuevas y de poder. Y en mitad de estos dos espacios, Fortes con su vida anodina: él es el hombre que observa desde el puente, el encargado de la canalización. Su situación indecisa entre el mundo rural apegado al pasado y el insaciable vértigo urbano sirve como punto de referencia para ir descubriendo las posibles configuraciones que puede tomar el paisaje humano en relación con el espacio físico en el que se desarrolla.
A propósito de la publicación del primer volumen de Iberia, Manuel de Lope destacaba que «la geografía es la musculatura de la anatomía humana». Justamente es la geografía la que determina el resultado de las grandes batallas, el emplazamiento de los pueblos, la construcción de los caminos, el desarrollo de la civilización. Pero, en la misma medida que el entorno geográfico empuja al hombre a vivir de determinada manera, alienta también al desarrollo de un paisaje humano, en cuyo interior surgen los distintos tipos de organización social y cultural que entienden el paisaje que la rodea. «Todos nuestros paisajes –sostiene Simon Schama en Landscape and Memory–, desde el parque en la ciudad hasta el sendero en la montaña, llevan la impronta de nuestras tenaces e inevitables obsesiones». Finalmente, con esta novela, Manuel de Lope trata de observar cómo la inquietud humana construye sus paisajes y sus islas, inventa sus ritos y ambiciones, e impone una manera de vida que le permita dominar el medio y sobrevivir a la desolación, ya sea en la soledad de un apartamento de lujo con vistas al Mediterráneo o en las faldas de un monte barrido por los vientos.

01/05/2010

 
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