ARTÍCULO

Otra vez La Habana

Tusquets, Barcelona
343 págs. 17
 

Abilio Estévez es autor de una obra ya considerable, entre la que destacan las novelas Tuyo es elreino y, sobre todo, Los palacios distantes. En esta última ofrecía un retrato implacable de La Habana en ruinas, realzado por una escritura poética y bárbara a la vez. Lo que allí aparecía eran los desechos de un mundo esplendoroso, del que el autor nunca había salido, que había constituido su pan de cada día. Pero llegó el momento en que, seguramente, no pudo más y, como tantos otros, tuvo que irse, huir, abandonarlo todo, sin muchas esperanzas de retorno, por lo menos a corto plazo. Desde entonces reside en España, en Palma de Mallorca, con incursiones por Barcelona y algunas ciudades europeas, entre ellas Stuttgart. Eso le permite ver La Habana en la distancia y, sobre todo, en el pasado. Lo que pretende Abilio Estévez es recrear una ciudad que ya sólo existe en su memoria, un mito al que ha visto degenerar, derrumbarse, que él conoce palmo a palmo por haberla recorrido de punta a cabo, de palacio a solar, de la playa al bosque. Todos los rincones han sido testigos de historias extraordinarias y tristes, de desaparecidos en el mar, de suicidados. Darles nueva vida a esos hombres es recrear parcelas de existencia fuera de la epopeya creada por ese fenómeno extraño que se ha dado en llamar «revolución».
Porque todos esos personajes han sido seres sin importancia. No figuran en ningún libro de historia, en ningún recuento heroico. Las viejas piedras son los únicos testigos de sus tragedias más íntimas: de ahí su valor. Son piedras que se han acumulado a lo largo de medio siglo y que ahora desaparecen. Abilio Estévez las recrea sin ninguna jerarquía, sin otro orden que no sea el de su propia memoria y, a veces, la de los que han cantado esa Habana desaparecida: Virgilio Piñera, José Lezama Lima, los mayores dioses literarios en el panteón particular del autor.
Dos escritores inconformistas e inconformes con el régimen revolucionario, que resistieron con una admirable tozudez a las orientaciones que el castrismo quiso imponer a la literatura. Dos exponentes, cada uno a su manera, de una homosexualidad que significaba, en su caso, no querer plegarse a los dictámenes que pretendían hacer de cada cubano un «hombre nuevo», como lo había determinado el Che Guevara en su delirio mesiánico. Los hombres que Abilio Estévez admira son hombres del pasado, tal vez encerrados en su torre de marfil, pero capaces de plantarle cara al estalinismo reinante, prefiriendo caer en el ostracismo, dejar de publicar, en lugar de tener que cantarle loas a los líderes autoproclamados. Ellos, y con ellos su discípulo, también homosexual e inconforme, pero en una época en que esa actitud resulta menos peligrosa, quedan allí como resistentes solitarios y como testigos de un mundo que ya no existe.
La obra de Abilio Estévez equivale a una tarea de rescate apoyada en la nostalgia. Una nostalgia a contracorriente, que confiesa sin temor, rompiendo lanzas con la literatura del presente inmediato: «No se puede describir la finquita de Chepa sin despertar sospechas de melancolías, de artificiosos idilios. Cualquier descripción de Niña Pobre, aun la más objetiva, terminaría en el tópico más tópico, en el reino de la nostalgia (y la nostalgia no está de moda, no es de buen ver entre los cubanos de ahora), en el reino de lo que fueron (y ya no son: o no lo sé) las quintas cubanas de recreo. [...] Así era la finquita de Chepa. Y los enemigos de las evocaciones, los nuevos poetas, los agresivos que no creen en estas añoranzas, tal vez sean así porque nunca estuvieron allí (ni en ningún otro sitio parecido). Lo siento. La juventud también tiene sus pequeñas desventajas».
Abilio Estévez no rehúye, sin embargo, el presente más tétrico de la isla. Describe la cotidianidad de sus habitantes a través de un hecho que se ha vuelto rutinario: el apagón. «Hacia las nueve de la noche, minutos más, minutos menos, tiene lugar el apagón. Da lo mismo si lo han anunciado o no. Por muy anunciado que haya sido, siempre te sorprende. Interrumpe inevitablemente una acción que, si no es demasiado importante para el mundo, sí lo es para ti. Formado por varias fases, un apagón es, al principio, una sensación demasiado brusca que, aunque dura muy poco, es como si te hicieran caer a un largo vacío, como si te despojaran de toda materialidad; difusos e inexplicables segundos en que todo, incluso tú, se deshace en la más brutal impalpabilidad».
Hacia esos apagones recurrentes, así como hacia las desgracias más terribles de La Habana de hoy, tal la huida sin fin de los balseros, Estévez no manifiesta, por supuesto, ninguna clase de nostalgia. Al contrario. Es como si la sinrazón política hubiera irrumpido hace ya tiempos inmemoriales en una vida que fluía normalmente, con accidentes históricos, por supuesto, pero sin miedo. En Los palacios distantes, el autor dejaba ver sin máscara su desdén y su rabia por el discurso que todo lo encubre, hasta la más espantosa realidad. Le costó caro. Lo pagó con el exilio.
El autor lleva poco tiempo fuera de su isla. Alrededor de dos años. No es nada comparado con los que llevan décadas sin poder volver a pisar su tierra. Pero no concibe otro lugar que no sea esa Habana destruida: «No hay casas. [...] Que las casas no son casas. Tugurios. Cubiles tiznados, prietos, húmedos, sofocantes y malolientes. [...] Cuartuchos divididos en cuartuchos divididos a su vez en cuartuchos divididos que, en alguna ocasión, hace mucho, muchísimo tiempo, debieron de constituir un palacio. Pero eso es historia».
Sin embargo, se identifica a sus piedras y a su gente hasta tal punto que no concibe otra realidad. Todas las que ha visto y vivido le parecen sórdidas. En todas partes busca un pedazo de lo que se fue, de lo que desapareció, tal vez para siempre. En Stuttgart, se va tras las huellas del quejido de una trompeta, tocada por un músico negro, cubano, que ha preferido refugiarse en el silencio y en su propia música antes que volver a hablar con compatriotas suyos. ¿Tanto daño le habrán hecho? Los cubanos exiliados, que él se encuentra en todos los lugares a donde va, más o menos por casualidad, no son más que sucedáneos de una realidad irremediablemente perdida.
En Barcelona, tan cercana, sin embargo, al mundo perdido, es donde más se siente la soledad y el dolor. Abilio Estévez, sin pudor, cuenta sus ganas de suicidio, de tirarse por la ventana desde un piso de la calle Valencia. Su humanidad no se ha ensanchado con la salida de Cuba, al contrario. Ya no existe la plenitud del recuerdo ni la de los cuerpos que, a pesar de la represión y del miedo, él podía disfrutar en sus interminables cacerías homosexuales nocturnas por todo lo largo y lo ancho de la ciudad. El escritor sabe que no podrá recuperar nunca más lo que acaba de dejar, esa juventud nada alegre, más bien desesperada, pero que forma parte de él hasta las entrañas. Por ello, tal vez, construye a toda velocidad, mientras el hilo que lo ata a la vida y al pasado inmediato se lo permita, una obra obsesiva, desigual, fundamental cuando se trata de contar la realidad cotidiana más absurda, como en Los palacios distantes, menos acertada en este último libro donde cabe todo, desde el relato de un viaje interior exhaustivo hasta un tratado personal de arquitectura habanera para uso no de los turistas sino de los que, junto con él, han tenido que borrar de su memoria, para poder seguir viviendo, esos retazos de una Habana que ha dejado de existir: sus semejantes, los exiliados.

 

01/03/2005

 
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