ARTÍCULO

Después de la guerra: viaje al centro del infierno

Salto de Página, Madrid
376 pp. 22 €
 

Debajo del fango yace a veces el oro. Y también detrás de la mierda, la sangre, la guerra. De eso se trata en esta extraña y extraordinaria novela de Alejandro Hernández, que tiene como marco la segunda guerra de independencia de Cuba, que se desarrolló entre 1895 y 1898 contra la potencia colonial española y que concluyó con la intervención de las tropas estadounidenses. Pero, antes de llegar a la paz y a la independencia, la historia acuñó un nuevo vocablo, «reconcentración», que, con una ligera modificación, iba a marcar la totalidad del siglo XX, el de los campos.
La política llevada a cabo por el capitán general Valeriano Weyler a partir de 1896 tenía como objetivo aislar a los insurrectos cubanos, los mambises, de los campesinos, considerados como colectivamente culpables porque constituían una de sus bases de apoyo. Eso provocó una hambruna espantosa, al desmembrar las cosechas en la isla, y la muerte de centenares de miles de ciudadanos. Las fotos difundidas en la prensa de Estados Unidos produjeron un sentimiento de simpatía hacia la población cubana y, en fin de cuentas, resultaron ser una de las causas fundamentales, junto con la explosión que hundió al Maine en la bahía de La Habana en 1898, de la intervención de las tropas estadounidenses para acabar con la dominación española en Cuba.
El narrador de la novela, Alex Pashinantra, cocinero y soldado, casi por casualidad, del ejército mambí, fue un «reconcentrado». En el libro narra su experiencia. La descripción del campo en que estuvo preso es dantesca: «Sólo una mente enferma puede idear algo así. Lo sé por mí mismo, y por las caras de los soldados que nos custodiaban. Traídos a Cuba a matar insurgentes y enviados a vigilar una turba sin culpa de nada que pagaría por todo. Así estaba yo, en aquel foso lleno de desconocidos que miraban sin ver, con sus pieles pálidas, sucias, abiertas por erupciones de dudoso origen, atravesadas de sarpullidos y granos que estallaban en sangre. Niños desnudos mostrando sus costillas y el surco de la sarna trepándoles al mentón. No había visto yo imagen igual».
Tal es la descripción de uno de los campos de reconcentración de Weyler, con auras tiñosas y otros pájaros ensañándose con los muertos, el hambre perenne, «un agujero en el centro de mi cuerpo que crece y crece aunque ingenie mil formas de engañarlo», los cuerpos quemados («Toda la noche arden los muertos. Toda la noche el humo revolotea sobre nosotros»).
Alejandro Hernández no ha inventado nada. Su relato está basado en los testimonios de aquella época, incluyendo alguna fotografía tomada por reporteros estadounidenses. Podría reprochársele haber contado el horror en primera persona (individual o colectiva), haber transformado esa realidad en una ficción picaresca que por momentos recuerda a Primo Levi, no tanto al de Auschwitz como al de después de la liberación del campo de concentración, el de La tregua, el de los vagabundeos por toda Europa después del cautiverio.
Claro que el autor no vivió eso, pero vivió otra guerra: la de Angola, donde las tropas cubanas estuvieron implicadas durante cerca de quince años, entre 1975 y 1989. Y todas las guerras acaban por parecerse. En este libro se habla de nuestra contemporaneidad. Es el pasado el que se inmiscuye, sin avisar, en el presente. Oro ciego no es una novela histórica. Lo que pretenden sus protagonistas es, simplemente, escapar de la miseria de los momentos inmediatamente posteriores a la guerra de independencia. Unos están en un bando, otros están en otro, los demás no están en ninguno. Enemigos hasta ayer mortales se juntan para ir en busca de un semblante de prosperidad.
«En Cuba, no hay oro», afirma uno de los personajes del libro. Y, sin embargo, todos necesitan creer que sí lo hay, escondido en las profundidades del magnífico valle de Viñales, en la provincia de Pinar del Río, al oeste de la capital. El metal precioso podría lavar los desastres y las heridas de la contienda. Pero, para encontrarlo, hay que hundirse en las profundidades de los mogotes del valle, un lugar situado en aquel entonces «en el culo del mundo», y explorar las furnias y las galerías, llenas de cadáveres dejados allí por las tropas españolas, en una matanza más, y de perros ciegos rabiosos, que son los guardianes celosos de las profundidades de la tierra, custodiando el oro como su tesoro. La bajada a las entrañas de la tierra es como un viaje alucinado al centro de los infiernos.
Una vez hundidos en los túneles de esas cuevas, no hay forma de salir. Y, si el narrador logra escapar a los mastines y al derrumbe de la montaña, es sólo para volver a encontrarse con las secuelas de la guerra, que acabarán con él. Al fin y al cabo, la vida en la superficie de la tierra es peor que el intermedio en los infiernos. Allí, por lo menos, lejos de la civilización, lejos de los dos bandos, el cubano y el español, lejos también de la ocupación estadounidense posterior al conflicto, Alex Pashinantra (hijo de un inmigrante hindú a Cuba) y sus compañeros de esperanzas e infortunio intentan construirse un mundo aparte. Tampoco afuera hay salvación.
Oro ciego es una novela desesperada. De esa búsqueda frenética del metal precioso, nadie se salvará. Encontrarlo es un sueño, o una pesadilla, como ya había sido anteriormente el caso en California. Y no se sabrá en el relato si lo que los buscadores de oro llegan a vislumbrar en una de aquellas cuevas es una realidad o una visión inmediatamente anterior a la muerte, una de esas visiones que aparecen como un último resplandor, como el preludio a la oscuridad por venir.
La única luz es un instante intermedio, un amor inesperado de Alex Pashinantra en medio de un universo poblado de incestos, de crímenes pasionales primitivos. Se llama Gador y solamente ha conocido la guerra, los cadáveres putrefactos de los soldados, de un bando y de otro, que se entremezclan en la entrada de las galerías que albergan la ansiada riqueza. Frente al terror generalizado, surge el deseo de irse, de abandonar la isla, como el que atenaza, igual que el hambre, a los cubanos de nuestros tiempos: «Quiero marcharme con Gador. Lo hago por ella, y por mí. No me preocupa lo que ocurra en La Florida. Necesito cambiar [...] que la vida me lleve lejos, a la Norteamérica profunda, donde no se hable de Cuba ni de sus gentes, ni de sus guerras ni de futuro».
Antes de pensar en irse para Estados Unidos, a la vez esperanza y condena, los enamorados deberán conocer una Habana que despierta de nuevo a la vida, que se transforma, que se emancipa en sus relaciones humanas y que permite una explosión sexual inimaginable en el campo de donde vienen los dos jóvenes. Aquí es donde Oro ciego pierde un poco de su poder evocativo de destrucción de los cuerpos. Alejandro Hernández hace algunas concesiones a lo que se espera en nuestros días de una novela cubana: mucho sexo sin tabú. El intermedio sentimental y sexual se vuelve demasiado largo, hasta que, llamado por la fiebre del oro, Alex regresa, obligado, a su destino, en un viaje alucinado a los orígenes del dolor, de donde nadie sale vivo. La guerra no termina cuando acaban los combates. Se mantiene en el recuerdo, en cada paso que dan los que lograron sobrevivir a ella, no por mucho tiempo. La Cuba del pasado que aquí se narra es parecida a la del presente: un territorio salvaje, de donde sus habitantes prefieren huir antes de que se los traguen las profundidades de una tierra magnífica, sólo en superficie.

01/07/2009

 
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