ARTÍCULO

Por la recuperación de Menéndez Pelayo. Sobre Orígenes de la novela

 

Su ideología conservadora, en la que se entreveraban el nacionalismo españolista y el tradicionalismo católico, convirtió a Marcelino Menéndez Pelayo, el «insigne polígrafo» por antonomasia, en un arquetipo cultural glorioso e insoslayable de la España franquista y, para los adversarios del franquismo y del nacionalcatolicismo, en una figura culturalmente insignificante, cuando no despreciable y digna de burla. Tal mirada despectiva se ha mantenido vigente en lo que pudiéramos llamar cierto espectro «progresista» español durante muchos años. Recuerdo cuando Adolfo Bioy Casares, en la ceremonia de recepción del Premio Cervantes, evocó en su discurso a Menéndez Pelayo en relación con sus traducciones y versos sobre Horacio: un estremecimiento de estupor atravesó perceptiblemente el venerable salón, como si el escritor argentino hubiese pronunciado palabras indecorosas. Parecía inconcebible que Bioy citase con respeto a tal autor, y acaso la concurrencia se hubiera escandalizado todavía más si supiese que don Marcelino era también respetado por el extremadamente laico Borges. No hace muchos años que, al participar en un curso en la universidad de verano de Santander, leí en un periódico de la ciudad que un autor español contemporáneo que me había precedido en la estancia manifestaba sin tapujos que lo más desafortunado de tal universidad era precisamente llevar el nombre de Marcelino Menéndez Pelayo, y que debería ir pensándose en cambiarlo por otro más aceptable cultural, ideológica y políticamente. Y todavía hace poco tiempo que su escultura sedente, que preside el vestíbulo de la Biblioteca Nacional, estuvo a punto de ser expulsada de aquel recinto, sin duda desde los mismos prejuicios, desde esa intransigencia total frente a quien no piensa como nosotros que parece armonizar desde hace siglos a los españoles de unas y otras facciones en su proclividad a la confrontación intolerante.
En los años de la vida de Menéndez Pelayo, autores de ideología diferente e incluso contraria a la suya no sólo reconocieron su talento, sino que respetaron su obra. El liberal Leopoldo Alas, Clarín, decía de él en 1886 –don Marcelino tenía a la sazón treinta años– que «comprende y siente lo moderno con la misma perspicacia y grandeza que la Antigüedad y la Edad Media; su espíritu es digno hermano de los grandes críticos y de los grandes historiadores modernos». Esos «progresistas» contemporáneos que desprecian a Menéndez Pelayo seguramente se sentirían muy sorprendidos si supiesen que fue él, precisamente, quien contestó al discurso pronunciado por el también liberal Benito Pérez Galdós con motivo de su ingreso en la Real Academia Española. Claro que acaso los mismos que desprecian al erudito conservador por su «rancia» ideología menosprecian también a Pérez Galdós por su estética «decimonónica».
Pero para conocer a Pérez Galdós, como para conocer a Menéndez Pelayo, lo que hay que hacer es leerlos. Y por lo que toca al segundo, una obra especialmente adecuada para conocer su prosa, su erudición y su pensamiento es Orígenes de la novela que, comenzada a publicar en 1905, alcanzó a ofrecer tres tomos en vida del autor, muerto en 1912. El cuarto tomo de la obra, que quedó inconclusa –a falta por lo menos del estudio de la picaresca– fue publicado en 1914 al cuidado de Adolfo Bonilla y San Martín. El plan de Orígenes de la novela acompañaba a una antología de los relatos y novelas presentadas, elaborando un texto sobre los momentos iniciales de la literatura de ficción en España de colosales dimensiones, si consideramos el número de las obras literarias estudiadas y presentadas por el autor. Orígenes de la novela se compone de once capítulos que, con referencia a la historia de la literatura española, no sólo en lengua castellana, analizan desde los antecedentes de la novela en la Antigüedad clásica, griega y latina hasta La Celestina y sus secuelas e imitaciones, pasando por el apólogo y el cuento oriental, la influencia literaria oriental en la península Ibérica durante la Edad Media, los libros de caballerías, la novela sentimental, la novela histórica, la novela pastoril y los primeros cuentos y novelas cortas.
Lo que sorprende desde el primer momento no es la incontestable erudición ni lo iluminador de las citas y conceptos que el autor maneja, sino lo terso y grato de la escritura, y cómo tras ella se manifiesta un lector profundo y gozoso de literatura, más allá del erudito. La gran cultura de Menéndez Pelayo, buen conocedor de muy diferentes literaturas, le permite rastrear inesperadas filiaciones cuando analiza la transmisión del cuento oriental a los pueblos occidentales, y especialmente a España. Es verdaderamente ejemplar la naturalidad con que el autor va encontrando referencias de las viejas historias del Calila y Dimna, del Sendebar o del Barlaam y Josafat en La Fontaine y Don Juan Manuel, el Decamerón, Lope de Vega y Calderón, por lo menos, y descubriendo en la Disciplina clericalis no sólo sus fuentes sino sus curiosas derivaciones, o analizando en Las 1001 noches la red de implicaciones e influencias de diversas tradiciones que concurren en el libro. El juego comparatista es extraordinario, por ejemplo cuando presenta la obra de Raimundo Lulio o habla de la aventura fantástica en la «Historia de don Illán, mago de Toledo, y el deán de Santiago», o cuando analiza la Trotaconventos que imaginó el Arcipreste de Hita y otros aspectos de lo que él llama «la novela medieval».
En lo que toca a su estudio de los libros de caballerías, también incluido en el primer tomo, aunque él no lo considera «completo y formal», no cabe duda de que es muy amplio y sugerente en cuanto a los antecedentes y las concomitancias, distinguiendo entre los que denomina «exóticos» –por su relación con el ciclo carolingio o el de las cruzadas o los asuntos de la Antigüedad clásica y las novelas grecoorientales– de «los indígenas», desde El caballero Cifar, el Amadís y sus innumerables secuelas, los Palmerines y los libros de caballerías en catalán –Curial y Guelfa y Tirante el Blanco– hasta lo que él llama «la decadencia y ruina del género» a finales del siglo XVI. Su sagacidad a veces es traicionada por sus prejuicios ideológicos, como al señalar atinadamente la fuerte relación de san Ignacio de Loyola y de santa Teresa con la lectura de tales libros, descartando, sin embargo, que tuviese nada que ver con lo que él llama su «inspiración mística», cuando la perspectiva podría ser precisamente la contraria, sospechar en el influjo de tales lecturas el impulso casi pudiéramos llamar «caballeresco» de los dos místicos aventureros. Pero el párrafo final de estos capítulos muestra elocuentemente la finura del autor: «Fue [...] el Quijote el último de los libros de caballerías, el definitivo y perfecto, el que concentró en un foco luminoso la materia poética difusa, a la vez que elevando los casos de la vida familiar a la dignidad de la epopeya, dio el primero y no superado modelo de la novela realista moderna».
El tomo segundo reúne los estudios sobre la novela sentimental, la novela histórica y la novela pastoril. La «novela sentimental y bizantina», «en que se da mucha más importancia al amor que al esfuerzo», está también presentada con abundantes textos y versos ejemplares y detalles significativos y jugosos, estableciendo las afinidades y comparaciones con la habitual pericia que el autor maneja. Las piezas más relevantes del análisis pertenecen a Juan Rodríguez del Padrón, Diego de San Pedro, Juan de Flores, Juan de Segura y Jerónimo de Contreras, pero se tratan con amenidad y sabiduría muchos otros, así como las influencias de los clásicos Heliodoro y Aquiles Tacio. El capítulo sobre la novela histórica presenta similar amenidad y variedad de registros, y en él se contemplan desde la Crónica del rey don Rodrigo hasta ciertos libros de geografía quimérica, sin olvidar el Relox de príncipes –«El libro áureo del emperador Marco Aurelio»- de Antonio de Guevara, que fue al parecer «tan leído como el Amadís o La Celestina» y muy influyente en toda Europa, así como las novelas de asunto morisco o localizadas en las guerras civiles de Granada. En el apartado de la novela pastoril –en alguna ocasión Menéndez Pelayo dijo de ella que era «género falso y empalagoso, en que la insipidez del fondo sólo está compensada por las galas del buen decir y los destellos de la fantasía poética»– hace, no obstante, una interesante incursión en el género, destacando, tras la acostumbrada y atractiva explicación erudita de fuentes e influencias, las obras bucólicas de Feliciano de Silva, «a quien corresponde la dudosa gloria de haber introducido este nuevo elemento (el bucólico) en el arte narrativo, y donde «el elemento pastoril es grotesco por lo inoportuno», ponderando sin embargo mucho la Menina e Moça de Bernardim Ribeiro. Luego vendrán Los siete libros de la Diana de Jorge de Montemayor, que «para la naturaleza no tiene ojos», aunque introduce en la novela española temas nuevos, como el de la mujer disfrazada de varón. Con el estudio de otros textos, como El pastor de Fílida, alabado por el cura en el famoso escrutinio del Quijote, concluye la obra, sin perder nada de una erudición de muy grata lectura.
En el tercer tomo del conjunto, referente a los cuentos y novelas cortas de la época, tanto traducidas de otras lenguas como originales, la relación es prácticamente exhaustiva, sin que falte ninguno de los grandes –Mexía, Timoneda, Diego Hurtado de Mendoza, etc.–, e incluye otros muchos menos conocidos. Este tomo trata también de La Celestina, mientras que el cuarto y último se ocupa de sus secuelas, y ambos estudios son especialmente interesantes dentro del conjunto, pues en esta parte se desvela no sólo el conocimiento que tiene Menéndez Pelayo del asunto, sino la independencia de criterio del supuesto ultramontano con respecto a la postura de la Santa Inquisición, por ejemplo, y cómo incluso en las ocasiones en que su talante moral e ideológico no le permite aprobar una obra, su gusto estético la salva, siempre que el libro lo merezca.
Una señal de la necesidad de recuperar sin prejuicios la obra de Marcelino Menéndez Pelayo puede estar en ciertas reuniones de estudiosos que no tienen empacho en aproximarse científicamente a la obra de un autor tan olvidado desde la perspectiva de lo «políticamente correcto». Como inicio de una serie de ediciones conmemorativas, se han publicado un conjunto de estudios sobre Orígenes de la novela, fruto precisamente de un primer encuentro de especialistas. El libro se compone de doce ensayos de profesores de centros académicos y universidades españolas y extranjeras que abarcan los distintos aspectos de la monumental obra. Tales ensayos comienzan con un estudio de Borja Rodríguez Gutiérrez («Menéndez Pelayo hoy») en el que se analiza, precisamente, el acaparamiento de nuestro autor por parte de lo que denomina «la derecha reaccionaria española», mientras «ha sido denostado de forma acrítica por la mayor parte de la izquierda». En este sentido, muestra el interés del franquismo y las editoriales católicas –«falsos admiradores [...] enemigos disfrazados de discípulos»– en mantener como obra insignia de don Marcelino la Historia de los heterodoxos españoles, marginando u olvidando las demás, en una evidente instrumentación política e ideológica del sabio erudito que, por otra parte, en la segunda edición de tal obra reconocía en ella «muchos defectos nacidos de mi corto saber y de la ligereza juvenil con que me arrojé a un empeño muy superior a mis fuerzas». A continuación, Ana L. Baquero Escudero trata de «Menéndez Pelayo, historiador de la novela», destacando su visión amplia de la literatura española, que engloba, junto a la castellana, «la gallega, portuguesa, catalana, hispanolatina, hebrea y árabe», y su sentido de la identidad literaria nacional en el influjo del romanticismo historicista, antes de sintetizar con acierto los rasgos generales de las distintas partes del libro y hacer patente su condición de inexcusable obra de referencia, citando unas palabras de Mariano Baquero Goyanes: «Los estudios de Menéndez Pelayo –susceptibles de modificación en sus detalles– continúan siendo hoy un inagotable manantial de doctrina, de copiosa información y excelente gusto».
Corresponde a Carlos García Gual presentar «Estudios de Menéndez Pelayo sobre las novelas griegas y latinas, antes y en sus Orígenes de la novela», y su aproximación sigue inicialmente la biografía del autor desde el momento en que comenzó su estudios de tal carácter –con su tesis doctoral, escrita a los diecinueve años– y cómo fue completando y ampliando sus conocimientos y posturas frente a la materia de su estudio, su admiración creciente hacia Luciano o los matices en sus juicios hacia Apuleyo. El ensayo se completa con un «apéndice» en el que García Gual hace un exhaustivo repaso de lo que los relatos novelescos griegos y romanos aportaron «a la tradición literaria de nuestro Siglo de Oro». A continuación, María Jesús Lacarra analiza la obra de Menéndez Pelayo en el capítulo referente a la cuentística oriental, el cuento y la novela árabes y hebreos, Las 1001 noches y lo que llama «la literatura aljamiada», reconociendo, dentro de las limitaciones de Menéndez Pelayo para aproximarse a esas lenguas, que se trata del «primer intento sistemático por plantear el origen del cuento en España» y que «gran parte de sus afirmaciones siguen siendo hoy válidas».
El capítulo menendezpelayesco sobre «Los libros de caballerías» es estudiado con amplitud por Juan Manuel Cacho Blecua, que al referirse al trabajo de Menéndez Pelayo dice que «del mismo modo que sobresale por la grandeza de su conjunto, por su clasificación de los textos y por la acumulación de datos, también destaca por la maestría en el uso de la prosa». El libro de Menéndez Pelayo sigue siendo también muy valorado en los siguientes ensayos: el de Jesús Menéndez Peláez al hablar de «La novela sentimental: la impronta del amor cortés»; el de Miguel Ángel Teijeiro Fuentes al referirse a «Menéndez Pelayo en los orígenes de los estudios bizantinos»; el de María Soledad Carrasco al analizar «La maurofilia literaria del siglo XVI» («Una vez más, su portentoso ojo crítico, su erudición y sensibilidad nos llegan a través de páginas vibrantes»); el de Carmen Parrilla al estudiar «La novela pastoril» («El panorama ofrecido por Menéndez Pelayo no prescribe todavía [...] [sus planteamientos] no han sido desechados por la crítica actual»); el de Carmen Hernández Valcárcel al contemplar «el hombre tras el bibliófilo», «referente ineludible para generaciones y generaciones de investigadores y críticos literarios»; el de Guillermo Serés: «Don Marcelino Menéndez Pelayo situó en el lugar que le corresponde a La Celestina y de su estudio dependen la mayor y mejor parte de los demás»; y, por último, el de Consolación Baranda Leturio y Ana María Vian Herrero al destacar la primacía de Menéndez Pelayo al establecer un corpus y fijar unos criterios «generosos» para agrupar a un conjunto de imitadores y continuadores de lo que denominan «género celestinesco».
Hay que seguir recuperando a don Marcelino porque, por encima de su ideología, está lo interesante de su aportación al conocimiento de la literatura, como lo está en György Lukács o en Vladimir Propp. El olvido de Menéndez Pelayo corresponde al puro sectarismo.

 


Marcelino Menéndez Pelayo, Orígenes de la novela (tomos I y II) (Gredos) / Raquel Rodríguez Sebastián y Borja Rodríguez Gutiérrez (dirs.) «Orígenes de la novela». Estudios (Sociedad Menéndez Pelayo/Universidad de Cantabria)

01/04/2009

 
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