ARTÍCULO

El misterio de las primeras novelas

Ediciones B, Barcelona, 1997
Trad. de Silvia Borri
166 págs.
 

Reproduce Claudio Magris en El Danubio una bonita fábula sobre la alegría de la vida y el dolor de la muerte, escrita por una niña de Trieste, y a partir de esa fábula y de la sorprendente edad de su autora se decide a reflexionar sobre lo imprevisible de los talentos tempranos. Dice Magris: «No sé dónde está o qué hace esa desconocida escolar de primer curso, si está destinada a ser una gran escritora o si este destello de genio no pasa de ser una única e irrepetible revelación y es ahora una chica cualquiera».

Traigo a colación esta cita de Magris porque Olga, la novelita que en este momento me ocupa, fue escrita por su autora, Chiara Zocchi, cuando apenas tenía dieciocho años. ¿Se puede decir de este libro, como dice Magris de esa fábula, que la escritora ha manifestado, «sin darse cuenta, una gracia que no sabe que tiene y que tal vez nunca volverá a tener»? Esta es la pregunta que me hago una vez concluida la lectura de Olga, una narración llena de encanto. ¿Se tratará también de un encanto que Chiara Zocchi no sabía que tenía cuando escribió el libro y que tal vez nunca volverá a tener? Lo ignoro por completo.

Me viene a la cabeza la noticia de que en algún país (supongo que en Francia, no podría ser otro) han instituido un premio de segundas novelas, un concurso literario para escritores que tienen ya una novela publicada. Magnífica idea. Que un joven autor escriba una aceptable primera novela ocurre con relativa frecuencia. En cambio, que su segunda novela responda a las expectativas depositadas en él es algo casi insólito. ¿Por qué será? Acaso porque, de acuerdo con el tópico, ese primer libro suele estar lleno de elementos autobiográficos, de una «verdad» lo bastante vigorosa como para disculpar las posibles deficiencias técnicas, mientras que en el siguiente el filón de la propia experiencia suele estar ya agotado y eso hace que quede en evidencia la falta de «oficio» del todavía escritor en ciernes.

He dicho que Olga es una narración llena de encanto y he hablado de la tendencia a disculpar las deficiencias de las primeras novelas. Disculparlas, sin embargo, no quiere decir ignorarlas. Nos encontramos ante una novela de escasa, casi inexistente, materia narrativa. Una niña que vive con su madre en la periferia de una ciudad italiana asiste al encarcelamiento de su padre y a la muerte por sida de su hermano heroinómano: este es prácticamente todo el argumento de la novela. Olga, por supuesto, no es uno de esos libros en los que «pasan» cosas, y lo que la autora se plantea consiste más bien en ofrecer una interpretación de la realidad: el mundo visto por una niña de diez años.

Una pretendida naïveté, un léxico voluntariamente limitado, unas reflexiones que oscilan entre lo sugestivo y lo ramplón: con estos aderezos y la sencilla fórmula de someter cualquier cosa, por intrascendente que sea, a la recreación de la mente infantil de la narradora construye Chiara Zocchi una novela en la que ni la protagonista experimenta una evolución psicológica ni la historia avanza de acuerdo con una evolución dramática. Podrías cortar por cualquier sitio y nadie se daría cuenta. Podrías hasta cambiar de orden muchos capítulos y tampoco pasaría nada. Podrías... No, no creo que valga la pena insistir en las carencias del libro. Sobre todo porque, por encima de todas ellas, Chiara Zocchi ha conseguido crear una atmósfera de tristeza e intimidad que otorga un sentido profundo a ese mundo en principio inane y sin interés. Y digo atmósfera cuando podría, como antes, decir encanto. La cuestión es saber si ese encanto da para algo más que este breve libro, si detrás de él se esconden unas cualidades de narradora capaces de prolongarse en próximas obras. La respuesta, como en tantos casos similares, no la tendremos hasta que podamos leer el segundo libro.

01/12/1997

 
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