ARTÍCULO

Banderas de oración

Pre-Textos, Valencia, 92 págs.
 

«Donde todo se prueba mediante la felicidad –escribe Gottfried Benn– / y cambia la mirada y cambia los anillos / en olor a vino, en la embriaguez de las cosas: / sirves tú a la felicidad contraria: al espíritu» Gottfried Benn, Poemas estáticos. Traducción de Antonio Bueno. Libertarias/Prodhufi, Madrid, 1993, pág. 80. . Es la misma opción de Olas en la noche, el último libro de César Antonio Molina, que no sólo toma del poeta alemán su título, sino que evoca la propuesta de sus tardíos Poemas estáticos: la transparencia que atraviesa lo más concreto, el modo en que los elementos naturales se desprenden de circunstancias hasta hacerse esenciales, una mirada donde no es posible distinguir el sentir del pensar. La trayectoria de Molina alcanza aquí una tensa decantación, culminando un camino que había partido de un abigarrado montaje neobarroco y había ido lentamente encontrando –en libros como Derivas o Para no ira parte algunaLa obra poética anterior de César Antonio Molina está recogida en Las ruinas del mundo (Anthropos, Barcelona, 1991) y Para no ir a parte alguna (Pre-Textos, Valencia, 1994).– la peculiar sencillez clásica que preexistía en su fondo. Una línea de fuerza recorre todo este itinerario de lenguaje, la que el joven poeta de los primeros libros denominó arqueología: la inmersión en una historia remota, donde no importaban los acontecimientos, tomados como meras aberturas al mito; la construcción de un tiempo ritual, el de aquello que tal vez sin haber ocurrido nunca no cesa de celebrar su ceremonia. Olas en la noche no se limita a proseguir este mundo: lo lleva a un lugar radical.

Un doble poema, «A la salida de la luna», gemelo principio y cierre, delimita el ámbito nocturno y el retorno cíclico que corresponden a esta clase de espacio, y puede servir como guía para adentrarse en un mundo que se vincula a los procesos de iniciación –«así es todo el que nace del espíritu»–, a un nuevo nacimiento cuyo signo es el desprenderse.

En medio de ese claro de luna está ardiendo una zarza y su fuego no sólo es intemporalmente simbólico: además, reúne el deseo y la búsqueda de muchos hombres en uno –«otros labraron lo que cosecha el recién llegado»–, autoriza la presencia de objetos como «el hacha» o «la túnica» que portan una ruptura con lo cronológico, funde los paisajes griegos –un Mediterráneo de higueras, templos y serpientes– con la luz atlántica de abedules y runas. Un espacio mítico, ajeno a los calendarios, es –así ocurre en Benn y en otros clásicos modernos-el espacio del espíritu: «cuando el alma existe por sí»; la ensoñación del alma libre recoge el núcleo místico de los remotos relatos del origen que se ha ido diseminando, aquí y allá, en nuestra mirada sin llegar a disolverse. Lo sagrado alienta en el arte –piensa César Antonio Molina–, en él es posible perseguir todo lo que el afán utilitario y codificador de las religiones ha ido perdiendoCfr. César Antonio Molina, Vivir sin ser visto. Península, Barcelona, 2000.. «Colgué tiras de telas en los árboles que cercaban a un pozo sagrado», se lee, y este gesto, que tanto recuerda los paisajes budistas azotados por banderas de oración, se realiza en el poema; ahí el tiempo es abolido y se recompone el espacio, se aprieta un nudo de resistencia contra el embate cotidiano, como se comprueba en la parte final –«Y otros poemas»–, cruzada de modo intermitente tanto por la utilidad como por el ideal, por la anécdota como por la obcecación del ser.

Itinerario del alma libre, cuyo espacio es el poema, se pensaría que a esta búsqueda la distingue su inmaterialidad. Y así se dice en «A la salida de la luna»: «la blanca luz se oculta bajo la ola blanca», de un modo en que los datos sensibles parecerían neutralizados, requiriendo otra forma de percibir. El desasimiento de lo corpóreo sugiere incluso vivas imágenes de levitación: «Las estrellas en la noche del desierto / son como nudos marinos. / Te alzan con sus palmas / para que tu pie no tropiece en las piedras»; pero, de inmediato, otras imágenes del mismo poema, las de la pesca nocturna del atún, mezclan con la arena agua, depositan la palpitación de la muerte sobre el ánimo exaltado; sólo una cosa tienen en común los dos momentos: que la irradiación del deseo y del misterio los tiñen, los atraen desde un fondo que no se nombra. Así encajan en aquella inmaterialidad los nítidos impactos sensoriales: «huele a cera», «mi sueño se desliza lentamente como carne de membrillo», «los pájaros que me envías / caen como pétalos de frío». Ocurre como en el último Hölderlin, el loco que repetía el inventario de las estaciones y parecía buscar en los nombres más comunes la transparencia de las cosas y los seres, una resistencia última del mundo, que sería precisamente, paradójicamente, el espíritu.

Marcada por esta contradicción, la empresa tiene una doblez constitutiva, como sus palabras de nítidos perfiles y oscuros movimientos interiores, como las escisiones de su experiencia –«yo dormía, mi corazón velaba», «muy cerca de tus brasas estoy ausente / pero como ellas resplandezco»–; como, también, el latido temporal que se escucha en su falta de tiempo, la irrelevancia dañada de lo personal. Así, el personaje del poema «Monte Ida abajo», al término «trajo polvo de estrellas en sus ojos, / confusión en su alma»: todo proceso de vida y de conocimiento conduce a esta clase de conflicto: no uno que pueda llegar a resolverse, sino tan solo a reconocerse, a reformularse.

Escribe César Antonio Molina que «no hay noche que no tenga luz, / pero está oculta»: luz oculta, sombra manifiesta, esta zona oscura constituye la experiencia y el poema de por sí, no como algo destinado a desvelarse. Del mismo modo, los gestos de la naturaleza –los círculos en el maíz, el canto de los pájaros– tienen sentido a la vez que rehúsan una interpretación: el poeta no imita la naturaleza tratando de representarla, tampoco quiere descifrarla; lo que imita es su acción, el carácter de su acción, su lógica, el curso de su energía. Indaga en un misterio, ansía hallarle un sentido –«la inmortalidad es un silencio sin penetrar»–; pero a la vez sabe que el potencial poder que éste tenga depende de preservar su tensión, de mantener vivo su dinamismo, intocados sus límites. Estas son condiciones de posibilidad de lo sagrado: «y en ese silencio, en ese presentimiento, / no había más que trascendencia, / y era preciso mantenerla en toda su extrañeza». Así, las budistas tiras de tela: un continuo agitarse, imitar la vida del aire.

01/10/2001

 
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