ARTÍCULO

Oficio de editar

Del Taller de Mario Muchnik, Madrid
290 pp. 16 euros
 

Hay nombres de editoriales, también de revistas (Destino –que en su momento fue ambas cosas–, Triunfo), demostrativos de que en nuestro país hubo un tiempo de exaltación patriotera. Que luego el rumbo de tales instituciones culturales campase por otros respetos es harina de diferente costal: es el caso de Lumen (el nombre, como el algodón del anuncio, no engaña), en un principio dedicada a libros religiosos, al calor de nuestra posguerra, y que terminó siendo emblema progresista dirigido por Esther Tusquets, quien había accedido a tan meritoria empresa por cuestiones familiares. Y, como bien explica en su documentado –pero impresionista– libro confesional, más que de memorias o autobiográfico, Esther no tiene relación con la editorial que lleva su apellido, que lo toma de su hermano Óscar, casado a su vez en su momento con Beatriz de Moura.Tales lazos familiares demuestran que también en asuntos editoriales la burguesía catalana es de lo más endogámica, algo que ya sabíamos por Carlos Barral, él mismo analista de los avatares que lo llevaron a divorciarse de la parte Seix del emporio que unía ambos apellidos. Y a lo mejor no es casualidad que Carlos Barral ocupe por entero el capítulo 18 de Confesiones de una editora poco mentirosa, un libro peculiar porque en él se revelan múltiples entresijos editoriales en lo que sería el primer plano o intención del volumen, pero que está igualmente tocado por una intención literaria que podría convertirlo en una especie de novela: con mimbres semejantes Cansinos Assens confeccionó una trilogía, donde cada capítulo viene conformado por personajes «de verdad». Como el citado Carlos Barral, impecable en su personaje de príncipe de seductores, atrabiliario, poético, profesional siempre al borde de la ineficacia, tal como lo pinta una Esther Tusquets por lo demás entregada al mito. Sólo esboza muy levemente, sin embargo, porque no fue su amiga y apenas si quiere mentir, la figura de Gil de Biedma, fantasma que además pasa de puntillas por el libro. No así Camilo José Cela, una de cal y otra de arena, rotundo como los ojos azules de Vida, la galleguita (no lo era tanto) que recrea Esther Tusquets con la mirada en el tendido. Además, y por ceñirnos a escritores –digamos– consagrados, aparecen igualmente en la confesión tusquetiana Vargas Llosa y Pablo Neruda, éste en páginas bien hermosas que hablan de una escala brevísima del barco que llevaba al chileno en la Barcelona franquista, quien de esta manera rompe, pero menos, su promesa de no pisar la España dictatorial. Este capítulo tiene valor documental y alta esencia literaria con «la voz ronca y emocionada del poeta» (p. 97) como música de fondo.
Y, hablando de testimonios, resulta importante el que aporta Tusquets, que estuvo en él, del famoso encierro de Montserrat durante el proceso de Burgos. El capítulo que lo narra valdría para un relato breve o, debidamente alargado, para una nouvelle o noveleta. Incluyendo el malévolo paréntesis con Raimon, hasta entonces callado mientras sus compañeros cantantes entretenían al personal encerrado con canciones y rasgueos de guitarra, pero que luego rompe a cantar, dramática y épicamente, ya se entiende que cuando el encierro concluye y esperan «los agentes apostados junto a la puerta de salida» (p. 145).
Pero, semblanzas y recreaciones aparte, una de las esencias del libro es la evolución del mundo editorial del que Esther Tusquets fue motor y estímulo, y del que sería expulsada, como recuerda, por quien «no me parecía siquiera un mal tipo», sin que el evidente drama la dejase herida, tal y como queda plasmado con elegancia no exenta de estilo literario. «Cumplía sencillamente el papel que le correspondía, hacía lo que tocaba» (p. 195). Detrás quedaba un universo lleno de libros, algunos tan beneficiosos –para editora y lectores– como El nombre de la rosa (o toda la serie de Mafalda), desde aquella utopía llamada Lumen, que había iniciado su andadura con un best seller del jesuita padre Simón, A Dios por la ciencia. Lo que sin duda es otra historia.
Diferente lo es también la que nos viene contando, escalonadamente, Mario Muchnik en sus autobiografías y memorias, que en los últimos años han venido dando –bastante– que hablar, y aun que polemizar, pues Muchnik no es de los que escurren el bulto, ya se trate de hablar de autores o, sobre todo, de editores, al cabo auténticas bestias negras de este judío (y el dato sí resulta relevante) argentino, de trayectoria editorial errática malgré lui, lo que lo llevó en última instancia a crear su propio Del Taller de Mario Muchnik, asunto bastante atípico en un mundo en el que privan las grandes superficies y ni siquiera hay chinos para ir copando –como ocurre en Madrid con los viejos ultramarinos– los negocios pequeños.Así que después de Lo peor no son los autores y Banco de pruebas, Mario Muchnik vuelve al ataque con A propósito, subtitulado Del recuerdo a la memoria, 1931-2005, en el que ya no están los editores como solían, aunque alguno se deje ver, algo recurrente en las fobias de Muchnik, como Víctor Freixanes, su jefe superior en Anaya, de donde el bullidor argentino (tanto que jamás ha prescindido ni siquiera de las cartas a los directores de los periódicos) hubo de salir con precipitación y evidente amargura. No destila ésta, por cierto, A propósito, compendio y resumen de las andanzas de Mario Muchnik, quien –con Nietzsche y Walt Whitman como santos de cabecera– no deja de celebrar con el júbilo del lector partidario las exaltaciones personales, siempre que vayan acompañadas –como es el caso– de una buena pluma y un sentido adecuado del concepto y del progreso narrativo. Muchnik, sujeto ameno y variado, no desdeña tampoco introducir en su «cajón de sastre» un arsenal de fotos de «autor», que demuestran que, además de físico, impresor, editor y escritor, Muchnik es un óptimo fotógrafo.Y fenomenal y añorante viajero de cuando viajar era todavía un arte, en transatlántico o en unos aviones tan diferentes a los de ahora que de verdad apetece trasladarse en ellos. Luego están las andanzas italianas de Muchnik, que bien podrían cuajar en novela, sus divertidas reflexiones acerca de ciertos disparates de traductores, alguna curiosidad sobre los caracteres tipográficos, disquisiciones tertulianas (con maldades veniales sobre Gregorio Morán o Enrique Múgica) y, en general, una escritura imprevisible y divertida que hace leer a Muchnik con avidez. En su condición de liberal observador del conflicto israelí-palestino, manifiesta sus raíces judías –de ahí la relevancia del dato–, causa en todo caso de sus desavenencias con elementos más ortodoxos de su propia etnia. Sin embargo, nada ha enardecido más a Muchnik que cuando Enrique Múgica Herzog, visto que Mario no entendía el griterio entre aquellos tertulianos, provocó su marcha de una tertulia al decirle: «Es que tú de esto no puedes saber mucho. No eres español» (p. 218). Definitivo. No lo es este libro, tan abierto todavía.

01/08/2006

 
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