ARTÍCULO

Paz y su otro yo

Galaxia Gutemberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 830 págs.
Edición del autor
Galaxia Gutemberg, Barcelona, 46 págs.
Galaxia Gutemberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 430 págs.
 

Hace unos cuantos años, en 1988, me llegó la revelación poética a través de Octavio Paz. Fue en el transcurso de un homenaje que se le hizo al poeta (que aún no era premio Nobel) en la ciudad de Aix-en-Provence, en el sur de Francia. Estaban allí la mayoría de sus amigos franceses y europeos, poetas pero también políticos, o las dos cosas a la vez. Muchos de ellos han muerto ya: Severo Sarduy, Carlos Barral, Guillevic... En aquella ocasión, Paz, con su inconfundible acento mexicano, con su dicción lenta, lentísima, con una suavidad casi infantil y una tos que le hacía interrumpirse a menudo, leyó un largo poema (a él le gustaban sobre todo los poemas largos, esa forma narrativa en que el ritmo lo determina todo y que le permite pasar sin transición del pasado al presente y viceversa) titulado «Nocturno de San Ildefonso». En él, Paz revivía al niño, al adolescente Octavio, en una dualidad que será una de las características esenciales de toda su poesía:

En varias ocasiones me encontré con Octavio Paz pero nunca, o casi nunca, hablamos de poesía, sino de política, de conceptos más o menos filosóficos. No se produjo más ese instante mágico en que brotan las «palabras en forma de tolvanera». Paz era también y sobre todo un pensador, un hombre capaz de mirarse a sí mismo desde distintos ángulos y de contemplar al universo con un juicio implacable, forjado a través de las ilusiones y las desilusiones de su juventud, aquella juventud en que él creía que era capaz de transformar el mundo con sus actos y sus palabras y que le hicieron, entonces, abrazar una forma primitiva de «realismo socialista». Pero Paz supo romper con ella, gracias a los surrealistas, y volcarse hacia su interior, repudiando su propio yo, aquel que caminaba entre San Ildefonso y el Zócalo, repudiando de paso la historia, el Leviatán de tantos intelectuales que acabaron destruidos por ella, enfrentándose al mundo y al paso del tiempo con esas palabras desarmadas que ellos creían todopoderosas. «La poesía, ¿cuántas divisiones?», podía haberle contestado Stalin a todos los pobres diablos que fueron perseguidos, obligados a infamantes autocríticas, encarcelados, suicidados.

Muy pronto, Octavio Paz hizo del estalinismo mental su principal enemigo. Sabía que así se enfrentaba a un magma indefinible, a un estado mental que necesita seguridades ideológicas para poder vivir y actuar colectivamente. El individuo Paz iba a luchar contra divisiones muy poderosas. Lo iba a hacer a través de las revistas que él creó, Plural y Vuelta, dando cabida a un pensamiento latinoamericano que no fuera una simple caricatura, acogiendo en sus páginas a toda clase de disidentes y de malpensantes, exiliados cubanos, heterodoxos latinoamericanos. Fue como una especie de ángel protector. Empezó a volcar su poesía en cierta forma de ética. Vivir poéticamente significaba pensar libremente, expresarse sin miedo al «¿qué dirán?», con el riesgo de ser rechazado por la tribu porque no empleaba sus palabras.

Pensamiento y poesía, a partir de entonces, van a marchar juntos. No puede haber literatura que se respete sin una mirada crítica del escritor sobre su propia obra. En otros términos, el poeta tiene que ser doble, un poco esquizofrénico, tiene que llevar encima su Doppelgänger, su heterónimo, su otro yo. No se trata de un simple invento estilístico, como en Fernando Pessoa (a quien Paz tradujo al español), por ejemplo, sino de una exigencia absoluta del siglo transcurrido, a la vez literaria y moral. El Je est un autre de Arthur Rimbaud se transforma en lema, de obligado cumplimiento.

El pensamiento se vuelca, en primer lugar, hacia la misma poesía. La escritura de Octavio Paz es todo menos espontánea. La mirada crítica se exacerba, sustituye unas palabras por otras, quita las que menos significan. A lo largo de toda su vida, Paz hará y deshará sus libros, en una búsqueda de perfección que nunca alcanzará, como en el caso de las múltiples ediciones de Libertad bajo palabra, lo que contribuye también a borrar las pistas para el estudio y para un acercamiento lineal y cronológico a su vida y a su obra. A la vez que compone su poesía, Paz elabora su sistema: El arco y la lira, Los signos en rotación, El mono gramático son ensayos que, a veces, se vuelven poesía, basándose en la paradoja y el oxímoron, convocando también las culturas más lejanas para intentar teorizar la poesía en español, desde Quevedo hasta Rubén Darío, y la suya propia. El arco y la lira, Los signos en rotación, Los hijos del limo y algunos textos complementarios componen el primer volumen de estas Obrascompletas (no son las primeras: una primera edición vio la luz en 1991, ni tampoco serán completas, como en la mayoría de los casos) que publica ahora el Círculo de Lectores. Antes de empezar por las composiciones poéticas, Octavio Paz ha preferido definir su sistema poético, en un intento conceptual que hace de la escritura el producto del pensamiento, y no a la inversa.

En realidad, ¿qué queda de Octavio Paz, a pocos años de su muerte? ¿El poeta de La estación violenta, el teórico de la identidad mexicana de El laberinto de la soledad y Posdata, el pensador cosmopolita de Tiempo nublado, el político heterodoxo de El ogro filantrópico? Cada uno se quedará con la faceta que prefiera o tal vez con ninguna. Porque Paz no forjó la unanimidad alrededor suyo. No creó escuela pero sí impuso su pensamiento y su personalidad en México y en buena parte de América Latina, reinando como emperador sobre su revista, Vuelta, que no le sobrevivió.

Todo el mundo recuerda, a raíz de su muerte, sobrevenida en abril de 1998, la polémica desatada alrededor de su herencia, no literaria, sino material. En aquel momento, su primera esposa, la escritora Elena Garro, dio a conocer otro aspecto de la personalidad del poeta, que éste siempre quiso borrar. De repente, la sordidez y la realidad saltaban a la palestra pública, para decirnos que, antes que nada, el premio Nobel de Literatura era un ser humano, con sus pequeñeces, iguales a las nuestras. Fue otro tipo de revelación, nada poética.

Su segunda esposa, Marie-Jo, quien velaba en los últimos años sobre el destino y las relaciones de Octavio Paz, da a conocer ahora en Figuras y figuraciones sus trabajos artísticos, en realidad una serie de collages inspirados de Marcel Duchamp, de Dada y de los surrealistas, con textos de su ilustre marido, textos de circunstancia, textos de complacencia, que no aportan nada a la poesía de Paz, fuera del testimonio de un amor sin cese renovado, una de las constantes de su escritura, siempre juvenil, siempre erótica, incluso a sus ochenta años pasados.

El primer volumen de las Obras completas va también acompañado de su explicación de texto, un ensayo de Manuel Ulacia titulado El árbol milenario.Un recorrido por la obra de Octavio Paz. Ulacia describe, de manera didáctica (demasiado didáctica), el génesis y la evolución de la poesía y de las teorías literarias de Paz, cazando influencias, a veces evidentes, en ocasiones más ocultas. Pero jamás se atreve a hacer lo que el poeta hubiera querido que hiciera: escribir desde otro yo poético, una personalidad forjada en el más allá, que enriqueciera la obra con una mirada irreverente, no apologética. En otros términos, el libro de Ulacia no es más que una introducción a la obra de Paz para estudiantes de literatura, una visión demasiado académica, que nunca profundiza ahí donde debía haberlo hecho, en los aspectos menos conocidos, los más polémicos. Para que el árbol creciera, hubiera hecho falta agregarle nuevas ramas, o por lo menos regarlo con aguas menos límpidas, menos cristalinas.

En definitiva, el conjunto de obras de y sobre Octavio Paz que acaban de salir a la luz, permiten volver atrás, agudizar la mirada, testimoniando la admiración por el mayor pensador latinoamericano del siglo XX , y empezar un trabajo de rechazo del padre, de asesinato póstumo, con todo el dolor y la liberación que tal operación puede suponer para todos los que, de una manera u otra, le hemos seguido las huellas, desde San Ildefonso hasta el Zócalo y desde La Habana hasta Madrid o París.

01/03/2000

 
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