ARTÍCULO

A la búsqueda del centro perdido

Fundación Albéniz/Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, Madrid
607 pp. 32 €
 

Antes de que sirviera de arma arrojadiza a lideresas y salteadores de caminos digitales, el liberalismo era pecado, y en 1880 dio constancia de ello en el libro homónimo el que fuera presbítero de la catedral de Zaragoza, Félix Sardá y Salvany. Pero el asunto no terminaba ahí, sino que aquí empezaba, porque en la segunda mitad del siglo xix empezó a producirse un acercamiento de integristas y nacionalistas ultraconservadores que iría sentando las bases del nacionalcatolicismo en el siglo xx. Para un nacionalismo católico de extrema derecha ostentar el título de liberal equivalía a formar en las filas de la anti-España. Aquel país era por definición católico, o debía serlo, y quienes no comulgaban con la síntesis de patria y religión merecían tan duro calificativo por no ser españoles, por rechazar obcecadamente el ser de España. Marcelino Menéndez Pelayo, menos integrista que Sardá e infinitamente más inteligente, se explayó por extenso en los comportamientos doctrinales de la anti-España en los tres tomos y casi dos mil quinientas páginas de su Historia de los heterodoxos españoles (1880-1882), en cuyo epílogo llegó a una conclusión: «España, evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…; esa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. […] Dos siglos de incesante y sistemática labor para producir artificialmente la revolución, aquí donde nunca podía ser orgánica, han conseguido no renovar el modo de ser nacional, sino viciarle, desconcertarle y pervertirle». Desde esta perspectiva, los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza figuraban entre los españoles que con mayor ahínco viciaban, desconcertaban y pervertían. Mucho antes de la muerte de Francisco Giner en 1915 y de la Guerra Civil y la larga posguerra, a partir prácticamente del momento fundacional, la Institución Libre era objeto de un fuego cruzado de fragancias mortales: el incienso de sus adláteres y el azufre de sus detractores. Para unos, Giner era un santo laico, y aquellos liberales eran muy dados a la sacralización de sus figuras señeras, mientras que para sus contrincantes era el diablo. Para quienes daban aliento a la labor de la Institución, esta sería la salvación de España, mas desde la perspectiva de un libro colectivo de destacados intelectuales franquistas editado en 1940, era, como reza el título de la obra, una poderosa fuerza secreta. Las dos Españas estaban servidas y en riguroso cumplimiento de lo vaticinado por el institucionista Antonio Machado: una de ellas le había helado a la otra el corazón.
¿Tertium non datur? Hasta cierto punto sí. En la ya lejana fecha de 1962, el libro de Vicente Cacho Viu, La Institución Libre de Enseñanza, vino a complicar el cuadro, y la complicación –el cómo, el porqué y el para qué– es el tema medular del presente comentario. El autor, de treinta y pocos años de edad, era profesor de Historia del Estudio General de Navarra y huelga decir que estaba adscrito al Opus Dei en un momento histórico –y en pleno Concilio Vaticano II– de espectacular expansión de la influencia de la Prelatura, lo mismo en el terreno de la más alta política que en el de los negocios y el mundo de las ideas. Tras la publicación del libro accedió a una serie de cátedras universitarias en Canarias, Valencia y Barcelona, y fue a recalar en el departamento de Historia Contemporánea de la vieja Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid, de la que al poco tiempo se desgajaron Geografía e Historia para formar una nueva facultad. Allí, en el departamento de Historia Contemporánea de la facultad de Geografía e Historia ejerció un magisterio de apenas dos décadas –murió en 1997, a los sesenta y ocho años de edad– en el que se distinguió por su apertura y su generosidad, cualidades que, junto a las estrictamente intelectuales, po--ne de manifiesto en un prólogo lleno de puntuales noticias Octavio Ruiz-Manjón, catedrático de dicho departamento, albacea testamentario del autor y coordinador de la presente reedición de La Institución Libre de Enseñanza.
En 1962, el libro de Vicente Cacho rompía con varias cosas a la vez. Era el libro de un católico indudablemente conservador que, sin embargo, rehuía el tono polémico con que en la España de aquel entonces solía plantearse el tema, porque lo corriente en lo escrito a la sazón sobre la Institución era anteponer el carro de las conclusiones al buey de la investigación. Quitar polémica al asunto producía un hueco que el autor se aprestó a llenar de copiosos datos traídos a colación para explicar e enjuiciar fenómenos históricos complejos. En la complejidad entran varios factores y, en este sentido, el título exacto del libro del año 62 (La Institución Libre de Enseñanza. I. Origenes y etapa universitaria (1860-1881) es un tanto engañoso, por lo que debemos recurrir al de la tesis doctoral leída en 1960 en que se basó la obra impresa: La Universidad española en la época de la Restauración. Orígenes y etapa universitaria de la Institución Libre de Enseñanza (1860-1885). Es este el tema real y verdadero de la obra, cuyo centro de gravedad es ciertamente la Institución Libre de Enseñanza, pero cuyo marco es muy sensiblemente más amplio. Porque el tema fundamental de aquel libro es el surgimiento en la España contemporánea de una intelligentsia moderna de tendencia predominantemente liberal y su protagonismo en la modernización de la vida española. En ese marco le interesan especialmente los múltiples puntos de encuentro y desencuento entre la vida pública y los espacios institucionales estatales (la universidad), paraestatales (el Ateneo) y resueltamente no estatales (la Institución) en los que se desenvolvía la vida intelectual y científica. El matiz es importante porque es este el terreno por el que iba a transitar la casi totalidad de la obra de Vicente Cacho desde el sexenio revolucionario de 1868-1874 hasta la Guerra Civil. Todo ello inscrito en la corriente, dicho en buen inglés, de la historia intelectual. Historia intelectual, sí, pero cuyo mundo referencial es una amplia historia de la cultura planteada en el marco detallado y complejo de la historia política. Estamos, por lo tanto, ante un trabajo que en 1962 se caracterizaba por su amplitud y su profundidad.
Si leemos con atención la bibliografía de La Institución Libre de Enseñanza, lo primero que salta a la vista es la parquedad de lo escrito en España sobre la historia de la Universidad Central –todavía se llamaba así la que yo conocí hace medio siglo– y, en general, sobre la evolución de la enseñanza superior en los más de veinte años que mediaron entre el desenlace de la Guerra Civil y la publicación del libro de Cacho. Fuera de España, en el exilio, estaban las obras de Alberto Jiménez, La ciudad del estudio (1944) y Ocaso y restauración. Ensayo sobre la Universidad Española Moderna (1948), editadas las dos por aquella empresa civilizadora que fue y es El Colegio de México. Y eran reconocidamente un importante punto de partida para un historiador que daba los primeros pasos hacia el desbroce del tema que era prioridad precisamente de los vencidos. Estaban, además, el benemérito libro de Pierre Jobit, Les éducateurs de l’Espagne contemporaine, de 1936, y el trabajo señero de Juan López-Morillas, El krausismo español, publicado en México por Fondo de Cultura Económica en 1956. Pero en esa España era escasa la historiografía sobre la universidad y la que había no era especialmente recomendable. Por lo tanto, a la hora de enjuiciar el libro de 1962 en su contexto, lo primero que es preciso señalar es que constituye un salto considerable hacia delante en el terreno de la historia de la universidad española.
Pero lo es asimismo en otro contexto que acabo de mencionar. Historiar la universidad y la rama desprendida de ella que, en el momento fundacional de 1877, era o quiso ser la Institución Libre de Enseñanza –nada menos que una Universidad Libre– es plantear el tema candente, entre la Septembrina y la guerra del 36, del surgimiento y la consolidación en España de una intelligentsia moderna, de sucesivas olas de intelectuales comprometidos lo mismo con la cultura intelectual y científica que con la vida pública del país. De intelectuales y de las instituciones en que se desenvolvía su actividad multivalente: la escuela y la enseñanza superior, el periódico, el o los ateneos, la conferencia y, en el caso que nos ocupa, las expresiones institucionales desprendidas de la obra de Giner y la Institución Libre de Enseñanza, esto es, la Junta para Ampliación de Estudios, la Residencia de Estudiantes y la de Señoritas, el Instituto Escuela. Y el engarce de todo ello con la política, con la vida pública de una sociedad civil trágicamente endeble. Es el de la intelligentsia y su evolución histórica en la España de aquellas décadas el conjunto de temas que acapararán la atención de Vicente Cacho durante el resto de su vida.
La Institución Libre de Enseñanza de 1962 ocupaba un terreno ideológico singularmente accidentado en el que su autor se disponía a buscar la tierra movediza de un centro, de una zona posible de reconciliación de las Españas. La primera expresión de aquel centrismo fue una conferencia pronunciada en aquel mismo año en la protouniversidad del Opus, el Estudio General de Navarra, y e impresa a continuación en la colección «O Crece o Muere» del Ateneo de Madrid. Se titulaba Las tres Españas de la España contemporánea, representadas las tres en el orden simbólico por tres Franciscos: Giner, Largo Caballero y Franco. De los tres, no duda Cacho en elegir al primero como guía y norte de una España deseada, la de un liberalismo proyectivo y transformador. Ya en el libro sobre la Institución Libre de Enseñanza, muy marcado por el culto a Menéndez Pelayo entonces imperante en la España nacionalcatólica, el autor salía en busca de una reconciliación más que difícil entre aquellos valores que para él encerraba verdades teologales e históricas y «la heterodoxia innovadora» de Giner y los fundadores de la Institución (página 517 de la presente reedición). Cacho se quedó en último término con los innovadores.
El libro de 1962 era un primer volumen que no tuvo secuela. O sí, según se mire. Porque aquel segundo tomo nonato debía abordar la crisis de fin de siglo y la cultura universitaria e intelectual de España en el marco político de las décadas prebélicas, y los temas a que dedicó Vicente Cacho una atención preferente durante el resto de su vida fueron la generación del 98 y la crisis finisecular, Ortega y la generación del 14 y, por último, la cultura del nacionalismo catalán. No hay, desde luego, espacio en este breve apunte para reseñar la obra posterior a 1962, pero sí cabe llamar la atención sobre trabajos señeros como «Francia 1870-España 1898», recogido en Repensar el 98 (Madrid, Biblioteca Nueva, 1997); «Las primeras campañas políticas de Ortega (1908-1917)», en Los intelectuales y la política. Perfil público de Ortega y Gasset (Madrid, Biblioteca Nueva, 2000); y prácticamente todo cuanto escribió sobre la cultura del nacionalismo catalán y las múltiples y encontradas relaciones entre Madrid y Barcelona. Quede esa tarea para otro momento. Ahora sí cabe señalar, como observa Octavio Ruiz-Manjón en el prólogo a la reedición de La Institución Libre de Enseñanza, citando a José-Carlos Mainer, que «el clima moral del liberalismo le había ganado», lo que no era poco. Y aquel clima se reflejó en todo cuanto escribió Cacho con posterioridad al libro sobre la Institución, que no fue mucho y sí muy bueno. Recomiendo encarecidamente al lector su pesquisa.

01/09/2011

 
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