ARTÍCULO

Fatalidades

Castalia, Madrid
172 pp. 12 €
 

«Al taller de París, por las palabras tachadas». Así reza la dedicatoria de Objetos encontrados, el primer libro publicado por Marcos Eymar (Madrid, 1979), y con ella tal vez viene a pedirnos lo mismo que solicitaba Cervantes a los lectores del Quijote, a saber, que no le diéramos las gracias por lo que había escrito, sino por lo que había borrado.
Si Eymar tiene la virtud de saber tachar, parece que también tiene la de que no se le note, porque lo cierto es que los trece cuentos que ha reunido en este pequeño volumen son un prodigio de naturalidad y de fluidez en la dicción, sin perder por ello nada de la exactitud y la economía del lenguaje que requiere el género. Por lo que se refiere a los temas que trata, si hubiera que entresacar uno, podría decirse que éste es el de la fatalidad, tanto en el sentido del hado como en el de la muerte.
La fatalidad en estos cuentos implica, al contrario que el azar, lo inevitable de un acontecimiento que viene de la mano de un hecho anterior que le da sentido o, dicho de otro modo, sanciona un destino completo con su planteamiento, nudo y desenlace. Aquí no se produce ese recurso al azar, que es arbitrario y no explica el pasado ni lo culmina de una manera razonable, tan frecuente en la narrativa contemporánea. Esto importa, y mucho, porque volver a la fatalidad es volver a la literatura, o a Edipo rey, por poner un ejemplo; el azar –ya lo decía Aristóteles– es un recurso más facilón, aunque hoy guste y esté de moda.
Pues bien, casi todos estos cuentos participan de la fatalidad en este sentido y en otro, como sinónimo preciso de muerte. Podría decirse que el denominador común de estos relatos se encuentra en la voluntad literaria de dar con el símbolo que, en cada caso, pueda ilustrar las distintas formas en que se presenta ese destino final que nos es común, aunque a veces también sucede al revés y es la muerte la que sirve para ilustrar lo que les está pasando a los protagonistas en un momento de sus vidas.
El primer cuento de la colección, «Las semillas extrañas», por ejemplo, narra el caso de un estudiante de doctorado que durante la investigación para su tesis choca con al menos tres descubrimientos, que son tres muertes. El primero es cómo falleció el escritor cuya obra analiza; el segundo es que la línea de investigación narratológica que quiere imponerle su director de tesis está ya muerta; el tercero no lo desvelaré, pero es el detalle significativo: otra muerte que simboliza y resume las otras dos.
Hay otros cuentos, como «El hombre del tiempo», «Una mujer se pasea bajo la lluvia», «El desterrador» o «Gale» que, bien porque no encuentran el correlato objetivo más adecuado, por usar el término de Eliot, bien porque no lo recuperan con la suficiente claridad, marran en esa búsqueda de la sorpresa final que ilumine la acción del cuento, pero éstos son los menos.

 

01/04/2008

 
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