ARTÍCULO

Objetivo no cumplido

Turner, Madrid
Trad. de Horacio Pons
374 pp. 26 €
 

Esta enésima incursión a la búsqueda de una explicación al degenerado comportamiento del emperador romano más popular corre a cargo de un «profesor de clásicas» de la Universidad de Princeton, Edward Champlin. Estamos, pues, ante un enfoque filológico, basado en un comentario exhaustivo de las fuentes, más que uno estrictamente histórico. Esta explicación, que va de­senvolviéndose según un criterio temático más que cronológico a lo largo de doscientas ochenta y cuatro páginas (las otras noventa están dedicadas a las notas y la bibliografía), tiene una clara voluntad reivindicativa. La revisión de la versión heredada de la historiografía romana acerca de los llamados «emperadores locos» no es nueva. Pero, sin duda, esta provocadora propuesta de Champlin se lleva la palma. El objetivo confesado del autor es «explicar qué pretendía Nerón con los hechos y las fechorías que cimentaron su fama, o su infamia, durante tanto tiempo», dando por supuesto, desde luego, que «sus actos eran racionales, esto es, que Nerón no estaba loco». El autor comienza cimentando su argumentación en una doble premisa. En primer lugar, la «vigencia» de la figura de Nerón como «héroe» popular, que arranca del momento mismo de su muerte y se acrecienta a lo largo de los siglos, superando al mismísimo Alejandro Magno. Champlin habla del «afecto», de la «fascinación» provocada por el personaje en la gente tras su muerte. De ahí arranca su planteamiento: ¿cómo puede explicarse esto si hubiera sido el «monstruo» que las fuentes antiguas nos reflejan y el cristianismo ha condenado para toda la eternidad? La segunda premisa es, lógicamente, la puesta en entredicho de esas fuentes. Fundamentalmente se trata de Tácito, Suetonio y Dión Casio, los cuales «erraron al representarlo tan mal, y crearon así la imagen de un monstruo desequilibrado y ególatra». Invita a leer a estos autores con escepticismo y se muestra especialmente sarcástico con Tácito: critica sus «floreos retóricos, sus comentarios editoriales y su difusión pormenorizada de rumores», cuando no el «desdén moralizante del historiador». De lo que el lector debe desconfiar, aconseja, no es tanto de la exposición de los hechos –que también– como de las reflexiones y condenas morales que prodigan. Lo que Champlin propone es que nos metamos en la piel del protagonista y adoptemos su visión de los acontecimientos, esto es, «que las ejecuciones, los suicidios forzados, el matricidio, eran necesarios para la seguridad del emperador y el bien del Estado». A ello se dedica denodamente y con un despliegue argumentativo y documental apabullante, reiterativo, en el bloque central de la obra (capítulos III a VIII). A lo largo de ellos, como si se tratara de una defensa forense, irá presentando las tradicionales «acusaciones» contra Nerón, intentando desmontarlas, paliarlas, haciendo hincapié en los lados positivos, acudiendo a las claves psicológicas, políticas, socioculturales, mitológicas, religiosas incluso, recargándolas con eruditas amplificaciones de «anticuario». Comienza con su pasión por la exhibición y la competición en las distintas modalidades de «Juegos» (carreras en el circo, participación en olimpiadas, actuación en el tea­tro, ya sea interpretando, cantando o tocando la cítara). De ahí pasa a crímenes de mayor calado (no sólo estético), como los asesinatos y los atropellos sexuales, el incendio de Roma y la matanza de cristianos posterior, para terminar hablando de su megalomanía (ejemplificada en las dimensiones y el lujo de la Domus Aurea) y de su gusto por los desfiles «triunfales». Champlin lleva demasiado lejos lo de ponerse en el lugar de su personaje y pasa imperceptiblemente de las supuestas autojustificaciones de Nerón a exculpaciones y manipulaciones de su propia cosecha que rayan en lo delictivo (desde el punto de vista de la moral historiográfica, que también existe). Para muestra, un botón: al hablar del asesinato a patadas de su esposa Popea, primero lo califica de «incidente trágicamente doméstico» (?), para unas páginas más adelante concluir: «Las historias del incesto con la madre y el asesinato a puntapiés de la esposa encinta resultan demasiado jugosas para ser ciertas». Al final del libro considera alcanzado su objetivo: «El Nerón surgido de estas páginas, cualesquiera que fueran sus faltas como emperador y ser humano, es un hombre de considerable talento, gran ingenio y energía sin límites [...]. Un esteta comprometido con la vida como obra de arte. Nerón fue un historiador con un penetrante sentido de la aguda realidad del pasado (real, legendario, mítico) en la vida cotidiana de Roma, y un relaciones públicas adelantado a su tiempo». Y se atreve a descalificar a Tácito. 

01/04/2007

 
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