ARTÍCULO

Ingredientes para una salsa cubana

 

Para hacer una buena salsa, hacen falta distintos ingredientes: una pincelada de exotismo, una pizca de erotismo y una cucharada de oportunismo. Agréguenle a eso cierta dosis de vulgaridad, una diatriba revolucionaria o contrarrevolucionaria (por los tiempos que corren, da lo mismo), y tendrán un cóctel más o menos explosivo de la literatura cubana actual. En resumen, para figurar, para vender, todos los medios son buenos, por lo menos a nivel de la maquinaria editorial. Porque seguro que existen joyas intimistas, sin compromiso, dispuestas a quedarse escondidas en los desbaratados cajones de la isla esperando a que vengan eras mejores, tal vez alguna de esas «eras imaginarias» que vaticinaba José Lezama Lima.

Mientras tanto, hay que hablar de lo que hay o, mejor dicho, de lo que nos dan a conocer. El resultado no es nada halagüeño. Tomemos, por ejemplo, la antología editada por Siruela y preparada por Michi Strausfeld, Nuevos narradores cubanos (podíamos haber cogido cualquier novela o novelita aupada por algún premio literario, preferentemente español). En definitiva, todo se vale, no para bien, precisamente. La temática: historias de travestis, de jineteras, de jóvenes ingenuas que, una vez perdida su virginidad, experimentan toda clase de peripecias sexuales, con cualquiera y en cualquier parte (si es en el Malecón, mejor, así los turistas podrán soñar con una aventura veraniega fácil con una mulata durante sus paseos a oscuras por La Habana). En resumen, una estética kitsch, posmoderna, como si la dictadura castrista se hubiera evaporado por arte de magia y ya fuera hora de pasar a otra cosa, mariposa.

La mayor parte del tiempo, los jóvenes autores aquí reunidos intentan describir la vida cotidiana en Cuba desde la instauración, a principios de los años noventa, del llamado «período especial en tiempos de paz». Hay que decir que la vida en Cuba es tan surreal que el lector desprevenido puede encontrarle, según sus deseos, materia a pesadilla kafkiana o un encanto trasnochado, nostálgico, de tiempos pasados que, como sabemos, siempre fueron mejores. La isla del docto rCastro (para retomar el título de un ensayo publicado recientemente por dos periodistas franceses, Denis Rousseau y Corinne Cumerlato, es, en efecto, un laboratorio permanente, donde todos sus habitantes viven hacinados, apiñados unos sobre otros, junto con animales domésticos (puercos y gallinas en apartamentos citadinos) que servirán para matar el hambre. Los «camellos» también sirven para transportar a la gente. Los «camellos» cubanos no son cuadrúpedos del desierto sino autobuses jorobados antiestéticos pero que tienen la ventaja de poder contener a un sinfín de pasajeros.

El mejor cuento de la antología tiene que ver, justamente, con el transporte. Se llama La guagua y está escrito por Alexis Díaz-Pimienta. Una «guagua», como todos saben gracias a Celia Cruz, es el nombre que reciben los autobuses en Cuba. Pues resulta que la «guagua» en cuestión está tan atiborrada que, en el transcurso de un recorrido normal por la capital, los pasajeros se asfixian y, al no poder salir, se quedan ahí atrapados, a pesar de la intervención de los bomberos y de los equipos de socorro. Se vuelven, con el tiempo, piezas de museo, testigos mudos de la sinrazón de un sistema absurdo. El cuento se inscribe en la herencia de ese artista del absurdo que era Virgilio Piñera, tan desconocido, tan olvidado, muerto de no haber querido comprometerse con las modas literarias ni con los poderes culturales y políticos.

Se pueden salvar otros cuentos de la hoguera (después de todo, uno no está para lanzar inquisiciones sino simplemente para dar opiniones): Greenpeace de Eduardo del Llano, en que unos muchachos, tal vez más ingenuos que las jóvenes vírgenes que intentan crear algo así como un movimiento ecologista, dándose cuenta rápidamente que en Cuba sólo está permitida una idea, y no precisamente ésa. Hay también una ensoñación de lo de afuera, de otro mundo que todavía queda por ver. Mylene Fernández Pintado logra esa evocación de lo desconocido con El día que no fui a Nueva York. Señalemos también algunas aventuras estrictamente literarias, como Las aguas del abismo de Félix Lizárraga, Historias de Olmo de Rolando Sánchez Mejías o Un arte de hacer ruinas (el título es todo un programa) de Antonio José Ponte.

Volvamos al principio. El relato que encabeza la antología es Retrato deuna infancia habanaviejera, de Zoé Valdés. En él convergen algunos de los ingredientes de la salsa (o del «ajiaco», típico plato cubano) malograda en esta antología: un lenguaje coloquial, casi chabacano, que pone el acento en los aspectos más folclóricos de esa sufrida isla, un apego casi enfermizo a la realidad más sórdida (con una especie de realismo socialista al revés), una guía para visitantes y para lectores apurados, ansiosos por captar la esencia de lo específicamente cubano a través de la superficialidad.

Pero lo peor no está allí sino en la introducción. Michi Strausfeld proclama a los cuatro vientos: «La literatura cubana es una». Sin duda, el compilador ha querido borrar de un plumazo las fronteras entre isla y exilio, cosa nada fácil para los que intentan escapar en balsas todos los días esperando vislumbrar nuevos horizontes más libres. Pues bien, espero que no. Espero, estoy seguro, de que la literatura cubana no es una sino múltiple. Existe una literatura de urgencia, a veces desesperada, a veces poética, que se encuentra a menudo en los escritos de los periodistas independientes de adentro, a veces en la poesía que oculta la realidad para combatirla mejor, en otras ocasiones en el desgarramiento de los testimonios o de las ficciones casi testimoniales producidas en parte del exilio, fuera de los circuitos comerciales. Es la literatura de los vencidos, la más bella, la menos conocida.

01/10/2000

 
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