ARTÍCULO

Nueve reinas, de  Fabián Nielinsky

está distribuida por Altafilms.
 

Todo el mundo que vio por la televisión el ominoso ataque a las Torres Gemelas el 11 de septiembre pasado –y literalmente lo vio casi todo el mundo– exclamó: «¡Si parece una película!». Pero le faltó un adjetivo, le faltó decir «americana». La parte ha acabado por comerse al todo y no parece sino que las películas o son americanas o no son. Y así estamos.

El cine nos ha hecho perder el centro de gravedad, desplazándolo a mucha distancia del naturalmente nuestro, de modo que nuestros sueños no están soñados por nosotros y nuestro imaginario es un imaginario de prestado en el que nuestra propia etnia recibe el tratamiento de exótica, incluso a nuestros propios ojos.

De seguir así, acabaremos por no saber reconocernos. Desde hace ya demasiado tiempo nuestros sueños de ficción son los que se manufacturan en Hollywood. Y cuánta violencia gratuita despliegan, cuántos muertos sin sentido que desvalorizan la vida y la muerte. El mal, claro, no es privativo nuestro, afecta a casi todos los países, desde luego a los de la vieja Europa, aparentemente primera potencia económica del globo.

De ahí la obligada matización con la que empezábamos estas líneas. Si los aviones secuestrados se hubieran estrellado contra nuestra Torre Picasso o contra la Casa Rosada de Buenos Aires nos hubiera parecido cualquier otra cosa, siempre inclinada más del lado de la realidad, por muy aberrante que fuera, que del de la ficción, y hablaríamos sólo de una catástrofe insidiosa o de un atentado monstruoso, sin que la plástica cinematográfica los sumiese. Lo de las Torres Gemelas parece, sin embargo, una pura invención de Hollywood. Significativo es que las autoridades americanas hayan apelado a la industria cinematográfica para pedir a sus guionistas que les planteen escenarios de otros posibles ataques terroristas.

Tan largo exordio viene a cuento porque al contento de poder ver una buena película de una nacionalidad infrecuente como es esta Nueve reinas argentina se une el lamento por la escasez de producciones que no sean de origen norteamericano. Sólo es de desear que ese cine de Hollywood se renueve de verdad; o, más y mejor, que sea capaz de coexistir con los demás; o, si no, que muera de éxito, lo único ya capaz de matarlo, el día en que los comedores de palomitas no puedan engullir una sola muerte violenta más, ni un estruendo metálico, ni un súbito fogonazo.

Pero, si romper el cerco americano y encontrar una sala de exhibición es ya un milagro, qué decir cuando el producto pertenece a la cinematografía de Argentina, un país marcado por la crisis económica. Una crisis tan seria y pertinaz que ha dado lugar a frases ocurrentes, ninguna tan oportuna en su simplicidad como aquella de «¡argentinos, a las cosas!», que pronunciara Ortega, pero también a esa de Cantinflas que definía a la Argentina como una nación poblada por varios millones de habitantes que se empeñan en hundirla sin lograrlo.

Hoy esas reflexiones pasan por el tamiz de los análisis sociológicos o se subliman en la forma de un cierto esencialismo, como aquel género ensayístico que con tanto énfasis nosotros cultivamos en su día para desvelar el ser de España. Y no estoy diciendo que el ser y el alma de Argentina estén presentes en Nueve reinas ni mucho menos, pero sí que está aquello que hace de aquel país un profundo misterio en su desesperanza: talento, madurez, finura, ironía y gracia.

Algo se apunta además en la película de modo directo sobre el actual desánimo argentino, no tanto por la elección de sus héroes, estos dos timadores, como por la naturalidad con la que el resto de los personajes, los de segundo rango, se desembarazan de sus roles de ciudadanos honrados para asumir su supuesta verdadera naturaleza golfa y embaucadora, en la que todas las fronteras éticas acaban diluyéndose.

Lo primero que sorprende de Nueve reinas es que sea una ópera prima de su director, Fabián Bielinsky, cuya producción fue costeada por un buen puñado de instituciones y de empresas, que así andan las cosas, tras haber ganado su director el galardón al mejor guión en el concurso Nuevos Talentos, organizado por Patagonik Film Group y Kodak Argentina, entre otras, un galardón que daba derecho a la realización de la película y a su distribución posterior. Aunque Fabián Bielinsky no fuera exactamente un novato. A los veinticuatro años se graduó en el Centro Experimental y de Realización Cinematográfica, dependiente del Instituto Nacional del Cine. Trabajó como ayudante de dirección junto a Eliseo Subiela en No te muevas sin decirme adónde vas, 1995; Marcos Levin, Sotto Voce, 1996, y Carlos Sorin, Eterna sonrisa en New Jersey, entre otros y también trabajó en publicidad rodando más de cuatrocientos spots. Su cortometraje La espera obtuvo el primer premio en el Festival Internacional de Cine de Huesca.

No es, pues, un caso Amenábar, el de alguien que deslumbra a las primeras de cambio, sino el de un joven veterano que firma su primer largometraje. Y como tal veterano conoce la importancia de apoyarse en un guión bien construido, y el suyo lo está.

La historia viene delimitada cronológicamente por las poco más de veinticuatro horas en las que se desarrolla la acción. Dos timadores de poca monta, Marcos y Juan, traban conocimiento en la ciudad de Buenos Aires y se ponen de acuerdo para trabajar juntos por lo que queda del día. Hay que advertir que la evocación monárquica del título, tan extraña en una producción de filiación argentina, se justifica por una serie filatélica de idéntico nombre que fuera emitida, según se dice en la película, por la mismísima República de Weimar. La serie se compone de nueve sellos o estampitas, como se los llama en la película, con la efigie de otras tantas reinas europeas, que por su rareza ha alcanzado un altísimo valor en el mercado de los coleccionistas. Un ejemplar falsificado del conjunto es lo que se traen entre manos nuestros dos protagonistas para perpetrar lo que parece va a ser el mayor timo de sus carreras ya que pueden llegar a embolsarse hasta 450.000 dólares que les pagaría un ávido coleccionista español, millonario de nuevo cuño muy representativo de esa España en la que, según su otrora celebrado ministro de Hacienda, era más fácil enriquecerse que en cualquier otro país del mundo.

Nueve reinas es una película sobre la gran ciudad, presente siempre como fondo y como realidad inmediata, mientras que en un permanente primer plano están Marcos y Juan, como dos supervivientes o dos parásitos que pululan por su hábitat. Y no hay tufo antañón o de picaresca rancia, uno de los peligros que la rondaban, en la conducta de los dos timadores. Su visión y sus vivencias son modernas, de hoy mismo, como subproductos muy característicos de la vida de cualquiera de nuestras megalópolis. A este respecto merece destacarse la revelación visual que el veterano realiza delante del neófito de los diferentes tipos de delincuentes que acechan al ciudadano en el azacaneado corazón de la gran urbe. La cámara se mueve al dictado de la mirada experta en malandanzas con singular pericia. De modo que al espectador se le ofrece, como a través de un microscopio que lo hiciera cercano y visible, todo un universo oculto de peligrosas bacterias a cual más nociva, todas al acecho, listas para caer sobre sus presas: el tironero, el atracador, el timador, el carterista, el asaltante.

Esa es la gran ciudad y ese es su mundo, en el que también están, claro, los dos personajes que nunca abandonan –uno u otro– la pantalla, que casi siempre la monopolizan los dos juntos, con lo que la relación entre ellos resulta decisiva para el buen funcionamiento de la historia. Aquí el guión no basta. Se requieren también una excelente dirección y una extraordinaria interpretación. Sin excesivos énfasis, la química entre los dos protagonistas funciona a la perfección, una química en la que la simpatía va a caballo de la desconfianza, la astucia de la mano del afecto. Sin focalizar la acción en ninguno, el espectador parece entender a los dos, seguir el curso de sus emociones apenas esbozadas pero siempre nítidas. Y, así, comprende pronto que el más joven se compadece en silencio de las víctimas y recrimina el comportamiento desaprensivo de su mentor.

El guión tiene truco, sin embargo. Porque la información no fluye sino a dosis muy filtradas por la voluntad narradora. Pero lo mismo hacía Alfred Hichtcock y hoy se le tiene de manera unánime por un maestro. Bielinsky retiene la información y la administra a su voluntad, una voluntad sin embargo obediente siempre –y esto hay que subrayarlo– a una ley rítmica que jamás conculca. De modo sutil la mano narradora lleva la atención del espectador por senderos determinados y no por otros. Y como la película es un juego de engaños, en la que hay víctimas y verdugos, estafados y estafadores, el espectador, que ha dado su simpatía a los dos pillos, teme que uno cualquiera de ellos salga malparado de la aventura –y casi siempre teme que sea el más joven el burlado, aunque nunca pueda estar seguro–, con lo que la tensión y el interés no se apagan nunca. Bielinsky apura las cosas hasta el límite.

Pero, a mi modo de ver, los trucos narrativos dejan de serlo cuando logran su legitimidad en la verosimilitud con la que se integran en la acción. Porque, sólo al final de la proyección, con la película acabada, el espectador que guste de reflexionar sobre lo que ha visto puede llegar a la conclusión de que la conjura que la película desvela no ha podido fraguarse con tan exquisita perfección como se nos ha contado. Y esa es precisamente su gracia. Porque si hubiera acabado sólo unos minutos antes, con el timador joven alejándose de espaldas para rumiar a solas su tremenda frustración, el final sería muy otro, sin que se perdieran sus muchos méritos. Pero, alargada, hasta revelar la existencia de una confabulación, una confabulación reparadora o de restablecimiento de la justicia en el mundo, no se hace otra cosa que dar una vuelta de tuerca más, inteligente y feliz, que contribuye a aumentar la alegría, aunque a algunos pueda pesarles que ese remate no sea del todo original, que nos traiga el recuerdo directo de El golpe de George Roy Hill, que con tanta fortuna protagonizaron a principios de los setenta Paul Newman y Robert Redford.

Hemos mencionado la interpretación. Convendría añadir algo. Si las calles de las ciudades argentinas se parecen más que las de ningún otra país a las nuestras, me refiero a los tipos humanos que se ven por ellas, ese parecido se adelgaza cuando se llega al mundo de los actores. No porque no sean físicamente muy cercanos, que tanto Ricardo Darín, que hace de Marcos, el timador veterano, como Gastón Pauls, el que hace de Juan, el timador más joven, podrían pasar perfectamente por españoles, por vecinos nuestros. La diferencia es de escuela o ambiental, o cualquiera sabe qué. El intérprete argentino es el que más se acerca dentro del mundo hispánico al anglosajón: comedido, en su sitio, sin alardes, transmitiendo con naturalidad las vivencias de su personaje.

Es cierto que las cosas han venido mejorando últimamente entre nosotros, con actores espléndidos en las nuevas promociones, pero todavía, y alguna película en cartelera es muestra flagrante de ello, la interpretación resulta, con más frecuencia de la deseada, altisonante y sobreactuada, o, por el contrario, exenta de matizaciones y, por ende, muy poco convincente, algo que se percibe sobre todo en las series televisivas. Y qué decir de la escasa o nula idoneidad de actor y personaje que también suele darse, como si los elencos, o los castings, según es moda decir ahora, fuesen seleccionados más por vivir en la misma casa del director o del productor que por su adecuación al personaje a interpretar.

Bien, pues nada de esto ocurre en Nueve reinas, un buen ejemplo de interpretación y dirección, tan recomendable de ver como digno de ser emulado.

01/12/2001

 
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