ARTÍCULO

Reencuentro con un perturbador

Biblioteca Nueva, Madrid
280 pp. 16 €
 

No hay duda posible: Ernesto Giménez Caballero (1899-1988) fue uno de los intelectuales españoles más significados del siglo XX y muy probablemente el más incómodo, tanto para afines como para sus muchos enemigos. Fue vanguardista, autodefinido como «Gecé», hasta el punto de que puede considerárselo, mediante su revista La Gaceta Literaria (1927-1932), como el centro vivo del movimiento (tal como indica Andrés Soria Olmedo en el catálogo a la exposición La Generación del 27 ¿Aquel momento ya es una leyenda?, que ha marcado la temporada de primavera en Madrid y Sevilla en 2010)Andrés Soria Olmedo, La Generación del 27 ¿Aquel momento ya es una leyenda?, Madrid/Sevilla, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales/Residencia de estudiantes/Junta de Andalucía, 2010.. Madrileño, Giménez fue catalanista sui generis en la estela de Cambó. Fue fascista, puede que el primer fascista español en el sentido plenamente italiano. Fue jonsista prematuro, previo a que existiera tal filiación, pues dejó La conquista del Estado antes de que Ledesma se casara políticamente con Onésimo Redondo. Quiso acercarse a Azaña, sin éxito. Fue falangista fundacional, pero abandonó el naciente «anti-partido». Quiso ser vocero de un Juan March exiliado por la República. Con la Guerra Civil, se hizo «Franco-falangista», detestado por los camisas viejas. Tuvo su momento institucional estelar con la unificación del Movimiento Nacional en abril de 1937, pero su relevancia fue cada vez menor, en la medida en que la dictadura del «Generalísimo» cuajó y se hizo sólida.
A pesar de tanta inquietud (o por su causa), Giménez fue hombre de pocos amigos en un país en el cual las redes de amistad lo son todo. En su fase más desierta, cuando redactaba solito La Gaceta entera, él mismo se definió como un «Robinson literario», un náufrago. Estuvo dotado de mucho talento y bendecido con una imaginación desbordante que le duró toda su vida, además de una considerable capacidad de trabajo, pues escribió mucho y hasta su final. No obstante su originalidad y sus muchas anticipaciones, todos lo rechazaron y siguen rechazándolo hoy. Disgusta a la izquierda cultural, ya que su misma presencia anula la pretensión de que, en los años treinta, el vanguardismo estético fue de la mano del social. Tampoco gusta a lo que queda de la tradición jonsista o falangista, por sus infidelidades en momentos decisivos. Y a la lista debe añadirse el mismísimo Caudillo, pues Franco, siempre gallego cazurro dotado con un cruel sentido del humor, en una ocasión le preguntó a él, en medio de una gran recepción diplomática, por qué sería que no había llegado a ser ministro. Se ve que Giménez, que nunca pasó de ser embajador en el remoto Paraguay en los años del dictador Stroessner, jamás pudo entender la broma de Su Excelencia el Jefe del Estado.
Cuando, en la fase más ecléctica de la Transición, gente joven e inquieta de Madrid, como Manuel Arroyo de la editorial Turner, lo buscó para «recuperarlo», también acabaron cansados del personaje y su mutabilidad proteica, hasta autodestructiva. Acabó, por tanto, bajo el ala protectora de José Manuel Lara (padre) y Rafael Borrás en los mejores tiempos de Planeta, donde publicó sus últimas obras y recuperó algunas de sus primeras, con el aval de Fernando Sánchez Dragó. Entre la lluvia de tópicos que inundaron la época de los setenta y ochenta, Giménez resultaba perverso, pero muy viejo. Ya era un anciano.
Pero como autor sigue siendo excepcional, inclasificable. Ahora saca su libro más ambicioso una editorial muy activa (que en otra vida empresarial ya lo había editado en su día). Arte y Estado, publicado originalmente en 1935, vuelve por primera vez en más de setenta años a ser accesible, presentado de modo muy cuidado por Enrique Selva, el máximo experto académico sobre Giménez Caballero. Este libro es un texto extraño dentro de la obra gimeneciana, y separa el extenso juego con el vanguardismo (que incluía tempranas provocaciones fascistas) de la producción netamente situada en un terreno digamos «azul», pero sin los «excesos» ni los giros de los primeros tiempos. Arte y Estado pretendía encontrar el enlace entre vanguardia literaria y el protagonismo estatal, la estadolatría, que era el contenido irreductible del mussolinismo, a la vez que se ofrecía como cierre al largo debate acerca de la deshumanización del arte que en 1925 provocó Ortega con su obra así titulada.
Guste o no, hay que empezar a revisar la compleja y contradictoria derecha española del siglo XX más allá de las huecas certidumbres del saber de izquierdas. Es éste un muy buen lugar para empezar a reflexionar.

01/10/2010

 
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