ARTÍCULO

Sobre Sánchez Ferlosio y el lenguaje

Destino, Barcelona
126 pp. 19,50 €
 

En «Guapo» y sus isótopos, Rafael Sánchez Ferlosio identifica un asunto que se le había escapado a la gramática, que yo sepa, en cualquiera de las encarnaciones teóricas de ésta. Tras acotarlo, lo dilucida con el instrumental y el grado de exigencia que la gramática tenía cuando se escribió. O sea, que es un trabajo de los que se aplauden con el marchamo de la profesionalidad. Conviene destacarlo, claro está, porque el autor no vive ni ha vivido nunca de estas cosas, porque las profesiones pueden tener tanto de zonas donde se han de cumplir exigencias como de cotos inmunes a su exterior y, finalmente, porque el notorio estilo discursivo del autor, previsiblemente, no se ha adaptado tampoco aquí a las convenciones expositivas que, por mor supuestamente de una mayor diafanidad, rigen hoy en la bibliografía lingüística comúnRecordemos la solapa de sus Ensayos y artículos (Barcelona, Destino, 1992, 2 vols.): el autor «no se tiene por profesional de nada»..
Si olvidamos por un momento que a estas alturas es absurdo identificar a Rafael Sánchez Ferlosio más con sus narraciones que con sus ensayos, podemos quizá admirarnos de una peculiaridad de la literatura española de entre, digamos, mil novecientos cincuenta y tantos y los primeros setenta. No sé que entonces hubiera ninguna literatura en Europa o América con más escritores relevantes interesados por lo lingüístico hasta el extremo de dedicarse a ello o intentarlo en serio. Ferlosio y Gabriel FerraterGabriel Ferrater, Sobre el llenguatge, edición de Joan Ferraté, Barcelona, Quaderns Crema, 1990, 2.ª edición (1.ª ed., 1981). son los casos más claros; podría añadirse al menos inesperado García Calvo, que es filólogo profesional (y, en cierto modo, un filólogo más idiosincrásico), y llegar hasta Aníbal Núñez, que se quedó en puertas. Por no hablar de Tomás Segovia, en el exilioTomás Segovia, Poética y profética, Ciudad de México, El Colegio de México/Fondo de Cultura Económica, 1985.. Es normal que la lengua llame la atención de un escritor, pero ni el propio Guimarães Rosa, que se entretenía aprendiendo una cantidad prodigiosa de idiomas, dio el paso de convertirse, siquiera temporalmente, a la lingüística teórica. Quizás esta singularidad ibérica tenga el mismo origen que la intrincada prosa expositiva, como extraída con sacacorchos, que tenían al principio Ferlosio o Sánchez de Zavala. Algunos, en la larga posguerra española, sentían como si tuvieran que adquirir el lenguaje mismo y, por tanto, lo examinaban con cuidado y lo usaban con enormes precauciones.
De donde, también, El Jarama, que el aborrecimiento de su autor no tiene por qué ocultarnos. Parte del repudio puede deberse a que, en su momento, unas fórmulas estéticas y políticas escamoteaban la naturaleza de la ascesis que daba forma a la narración, y que tal vez quisiera ser, si se me permiten los palabros, moral y cognoscitiva. Rafael Sánchez Ferlosio quiso estudiar filología semítica en Madrid, y se desanimó al ver que los mentores y quienes con ellos medraban tenían reflejos de camarilla. Ahí se ve un rasgo central de la persona: la absoluta intolerancia de cuanto el Holden Caulfield de Salinger (en 1951, el año de Alfanhuí) llamaba phoney. Phoney es el adjetivo que corresponde a las acciones y los productos del farsante. No sé si a Ferlosio le gusta Salinger, y más bien me pega que no. Pero sé que comparten algo de fondo, y que los escritores de esa edad aproximada tienen la distinción de no aguantar farsanterías en mucha mayor proporción que otros colectivos. Lo cual se manifestaba en distintos países, pero era sin duda más obsesionante y definitorio aquí bajo la dictadura, cuando todo lo público era engolado, pomposo y criminalmente hipócrita, mientras que las semiocultas recetas de la oposición, en materia cultural, rara vez pasaban de admoniciones catequísticasLo cual «pasiviza a los destinatarios, allanando su subjetividad al reducirlos a meros receptores, al par que en igual grado y correlativamente desvirtúa y petrifica la doctrina más significante y la convierte en ortodoxia y literalidad» (Las semanas del jardín. Semana primera: Liber scriptus proferetur, Madrid, Nostromo, 1974, p. 23). Sobre la «narración realista» un tiempo preconizada, véase el apartado 35 de este libro, pp. 124-125 (es «en virtud de sus propios supuestos, un acta de capitulación»), y «El caso Basarov», en apéndice, pp. 162-171. Véase el estupendo retrato de las circunstancias y actitudes de su generación que pinta Carmen Martín Gaite, Esperando el porvenir, Madrid, Siruela, 1995, y, para la melancolía de las relaciones entre alguno de sus miembros y las doctrinas del tiempo, Josep Maria Castellet, Els escenaris de la memòria, Barcelona, Edicions 62, 1988, y Seductors, il•lustrats i visionaris, Barcelona, Edicions 62, 2009, ambos traducidos al castellano en Anagrama. «El Jarama –dice Ferlosio– es, en verdad, una invención de Castellet» (en «La forja de un plumífero», Archipiélago, núm. 31, 1997, dedicado a Rafael Sánchez Ferlosio, el triunfo de la lengua, pp. 71-89; la cita en la página 81)..
No hace falta, en cualquier caso, dilucidar los orígenes de El Jarama para darse cuenta de que las averiguaciones sobre el lenguaje ocupan una parte importante de la obra publicada de Rafael Sánchez Ferlosio. Se dice que existe al menos un baúl de cuadernos escritos durante años de dedicación preferente a la gramática («nunca me lo he pasado mejor», declara«La forja de un plumífero», p. 76.). No sé yo, sin embargo, hasta qué punto se tiene en cuenta el peso que este tema y sus aledaños tienen en lo que ha dado a la imprenta. No me refiero a que antes de «Guapo» y sus isótopos hubiera un Glosas castellanas y otros ensayos (diversiones)Madrid, Fondo de Cultura Económica de España y Universidad de Alcalá, 2005., sino a lo que tiene de esencialmente lingüístico, en particular, Las semanas del jardínLas semanas del jardín (Semana primera: Liber scriptus proferetur, y Semana segunda: Splendet dum frangitur), Madrid, Nostromo, 1974; reedición, Madrid, Alianza, 1981. Cito por la primera edición. Una parte pequeña de estos dos libros se reproduce en los citados Ensayos y artículos, vol. II, pp. 97-241; le preceden allí tres artículos de análogo tenor lingüístico-literario-moral y de análogo interés: «Personas y animales en una fiesta de bautizo», «Sobre la transposición» y «Sobre el Pinocchio de Collodi». En cualquier caso, Las semanas es un libro inconcluso, que acaba anunciando de qué tratará «la próxima semana»; esta «ya debe de estar seca o podrida en algún cajón» («La forja...», p. 76). Importa recordar, por otra parte, que la teoría del lenguaje sigue presente en obras muy posteriores de Ferlosio, por ejemplo God and gun. Apuntes de polemología, Barcelona, Destino, 2008, pp. 32 y ss.. Este libro incluye algunas de las contribuciones más esclarecedoras que se hayan hecho en España a la teoría literaria, por lo que, de entrar en alguna clasificación bibliotecaria (que no entra) habría que buscarlo por ese apartado. Pero tanto el método de la pesquisa como las pulsiones e intuiciones que la guían proceden en gran parte del respeto ante la singularidad del fenómeno de la lengua, así como de los recursos, modestos pero característicos, que han ido allegándose para lidiar con esa singularidad.
Método y recursos, primero. En varias ocasiones llama Ferlosio «aplicar reactivos» a los tests o pruebas a que somete a un fenómeno, para ver si pertenece o no a determinada categoría. Es un término adecuado, porque la química clásica, como la gramática, trata de captar distinciones cualitativas. Examinando los ingredientes de la narración, se propone determinar a qué llamamos acontecimiento, y para eso procede a comparar los toros con el circo, que apenas se distinguen por otra cosa que por lo que de acontecimiento tienen los toros. Un ejemplo sencillo de «reacción lingüística»Semana segunda, pp. 53 y ss. así lo indica: la repetición de un pase taurino es dar «otro igual»; la de un ejercicio circense, hacer «otra vez lo mismo». En otra prueba más compleja se usa «el sensible reactivo del sistema verbal»Ibíd., p. 65., que obliga a quien refiere lo que ha visto en uno y otro espectáculo: del circo se habla en presente o en imperfecto («entonces se suelta el trapecista y...»), pero de los toros se hace narración, lo que requiere típicamente pretérito indefinido o presente histórico («le dio dos pases», «entonces va y le da dos pases»); «el trapecista se soltó» sólo viene a cuento en caso de accidente. La productividad de estas correlaciones, una vez nos han mostrado que en los toros hay acontecimiento y en el circo no (sino, también en un sentido ahora precisado, texto intemporal), nos lleva a atender a otras sugerencias del reactivo. ¿Por qué, por ejemplo, se relata en presente la trama de una novela que uno ha leído y en imperfecto un sueño? ¿Qué indica eso, no de los sueños o de los relatos, sino de cómo somos nosotros?
El prestar atención a lo que para muchos son, como lo anterior, nimiedades es distintivo de la actitud científica: dando por buena la leyenda, incontables manzanas habían caído al suelo antes de Newton. El establecimiento de relaciones e incompatibilidades como las mencionadas es uno de los pocos recursos específicos que tenemos para estudiar el funcionamiento del lenguaje. La variante más elemental y característica de estos recursos consiste en observar dónde se da la llamada «distribución complementaria»: la «b» de «tumba» y «un barco» se pronuncia cerrando los labios y la de «tuba» y «tu barco», no; se dice «muy» delante de un adjetivo o un adverbio, pero «mucho» en los demás casos. Lo que importa aquí es la correlación regular entre un contexto (una consonante nasal delante o un adjetivo detrás) y una cualidad. Se sigue que dos entidades distintas son, descontada esa cualidad, una sola, y también que la correlación sirve para el diagnóstico: «más» no es un adverbio, contra lo que podría pensarse («debes salir más»), porque decimos «mucho más», y no «muy más» como en la Edad MediaSobre la pervivencia de estos modos de análisis, puede consultarse Garrett Neske, «On Perceived Conceptual and Methodological Divergences in Linguistic Theory and Cognitive Science: Distributional Analyses, Universal Grammar, and Language Acquisition», Biolinguistics, vol. 4, núm. 1 (2010), pp. 108-115. Accesible en http://www.biolinguistics.eu/index.php/biolinguistics/article/viewFile/122/146.. Sistematizando el uso de pruebas más elaboradas que éstas, pero no cualitativamente distintas, a mediados del siglo XX los resultados conseguidos parecían lo bastante estimulantes como para justificar una etiqueta, y con la de «estructuralismo» pasaron a divulgarse. A divulgarse demasiado. Michel Foucault, de visita en Madrid por la época en que Ferlosio andaba metido en estos jardines, al oír la palabra «lingüística» exclamó: «¡La ciencia madre!». Esas cosas suelen ser mala señal y, efectivamente, la moda de aplicar aquel instrumental lingüístico a lo divino y lo humano no duró mucho más tiempo. Pero (olvidando ya excesos, oportunismos y alguna farsantería de sus contemporáneos) ahí se ve hasta qué punto la aparentemente excéntrica expedición de Ferlosio respondía a unas posibilidades que se habían revelado por aquellos años a los más despiertos. Si mi evaluación de Las semanas del jardín está justificada, quiere decirse que un medio menos disfuncional y arbitrario hubiera procurado a las propuestas del autor una acogida comparable a, por ejemplo, la que en Alemania vienen teniendo las de Käte HamburgerDie Logik der Dichtung, Stuttgart, Ernst Klett Verlag, 1957., y le hubiera animado a presentarlas en forma más completa.
El interés de Ferlosio por el lenguaje tiene, con todo, una singularidad de origen, pero que nada tiene que ver con Ferlosio mismo. Se remonta a la lectura de la Teoría del lenguaje de Karl Bühler, un libro aparecido en 1934 y publicado en 1950 por Revista de Occidente, en heroica traducción de Julián Marías. Marías pensaba que era «el libro más rico, original y preciso que se ha escrito sobre el tema», si bien sus «modismos, giros peculiares e ingeniosidades [...] ponen a prueba el ánimo del traductor», de suerte que por entonces no se había traducido a ninguna otra lengua, ni se tradujo al inglés hasta 1990. Bühler (director de la tesis de Karl Popper) fue un auténtico hombre-orquesta de la psicología, cuyo eslogan «No hay nada más útil que una buena teoría» retrata a alguien que se paraba a considerar ex novo los fundamentos de cuanto le llamaba la atención. Estuvo vinculado a lo más activo de la lingüística estructural europea, publicando en los Travaux du Cercle Linguistique de Prague un estudio sobre un tema tan definitorio del estructuralismo como el deslinde entre fonología y fonética. El Anschluss y la emigración a Estados Unidos (su mujer, la psicóloga Charlotte Bühler, era judía) rompieron, sin embargo, la continuidad de su magisterio. Y hasta ahora. Con lo cual se frustró la difusión de la aportación más madura que el entorno estructuralista, muy atento a la fonología y algo a la morfología, llegó a hacer al estudio de la sintaxis y el discurso. Naturalmente, para entrar en qué sean la narración o la lírica conviene haber pasado por algo más que la fonología, y esa es una ventaja que lleva Ferlosio, y una razón por la que no encaja en la categoría histórica de «estructuralista».
En todo caso, si los experimentos con reactivos lingüísticos resultaban atractivos era porque daban razón de asuntos humanos sin recurrir al «denodado logicismo occidental»Semana segunda, p. 184. ni remitirse a la función de los fenómenos como si a través de ésta (y por tanto de la intención del individuo) se aclarara del todo su naturaleza. Estas dos habían sido hasta entonces las opciones disponibles para el estudio de los aspectos más complejos de las lenguas, y todavía asoman la cabeza periódicamente, como si tuvieran algo de consolador. La lengua misma, en cambio, consuela bien poco: nos trata con indiferencia olímpica. Lo que uno piensa o se propone es de uno; la lengua es «de las cosas humanas, justamente la más impersonal»Glosas castellanas, p. 31.. Ferlosio ironiza sobre lo laberíntico de sus exposiciones, que en un caso compara con el «cuento de la buena pipa»Semana primera, p. 99.. A este lector, al menos, le recuerdan más bien a un autor del que sí consta que Ferlosio lo admira: Franz Kafka. Los protagonistas de Kafka se distinguen «por la ejemplar, desesperada e insobornable buena voluntad de pretender quebrar y conjurar con la palabra misma» una situación «estólida y ciega»Ibíd., p. 80., sujeta, sin porqué, a la literal inevitabilidad de la ley. Una ley que la lengua, para Ferlosio, puede insinuar en nosotros mismos. Reparemos en que «el fundamento gramatical de la unidad de texto» (lo que hace que algo sea, para nosotros, un texto unificado) es «la circulación anafórica», esto es, la orientación de todos sus demostrativos y artículos según un sistema de coordenadas establecido desde una determinada conciencia (un «yo» o su transposición «él/ella» en una narración en tercera persona).La atención a lo demostrativo y la anáfora (esto es, el cómo una pieza gramatical remite a algo que la ha precedido en el discurso) es un rasgo clave de la investigación de Bühler. De esto acaba siguiéndose que el «derecho narrativo» impone la presencia de una figura protagonista, que a menudo es sencillamente «el bueno» de la historia: el «medio narrativo sería precisamente el instrumento de elección» para convertir un acontecer en algo que tiene «sentido» y, por tanto, es asunto de «justicia» o falta de ella. El «egocentrismo» (ya sea en primera persona o en la «tercera persona privilegiada», que es «un yo vicario», «centro de un sistema de referencias absoluto») es una propiedad «del derecho narrativo considerado como forma primaria del lenguaje». Por esta vía se «da sentido» a lo contingente, en «una mitologización de la facticidad» mediante la cual uno, característicamente, «tiene razón»Semana primera, pp. 120-127.. Y así, con lo más impersonal abriendo la puerta a «la identidad del yo», pasando de un derecho a otro hasta que el Derecho adquiere la más definitiva mayúscula, se escribe y se profiere el Libro de la Vida ante el tribunal del Dies irae. O el de la Historia, que es lo mismo. Y allí ya se ha esfumado la verdad: lo que ha acontecido, con su tiempo y lugar, se ha transmutado en abstracto elemento de derecho. «La falsedad reside siempre en la última palabra»Ibíd., p. 117..
De este modo lo impersonal se torna necesidad y ley justamente a partir de haberse personalizado. «La tragedia del lenguaje y aun la nuestra propia» es que «aquello mismo que nos abre los caminos de la relativización, de la superación de inmediateces» sea instrumento de semejante «absolutismo», acaso «en virtud de esas mismas posibilidades»Ibíd., pp. 142-143.. De cómo lidiamos con tales coyunturas kafkianas trata, y es ejemplo, gran parte de la obra de Ferlosio. Cita una burla que se hacía de Confucio («sabe que nada puede hacerse y sin embargo continúa») para identificar en lo ridiculizado un rasgo esencial de la religiosidad. Porque «es propiamente religiosa la actitud para la cual los argumentos de existencia, como la posibilidad o imposibilidad, carecen de toda validez en cuanto a dictaminar sobre el bien y el mal del mundo»Ensayos y artículos II, pp. 317 y 338..
De cómo entra el lenguaje en el bien y el mal del mundo nos informa, en otro sentido, también el papel de la «proyección». La ceremonia del duelo y la conversación sobre el difunto sirven a la viuda para quebrar mínimamente la opacidad pétrea de su sufrimiento, reflejándolo en unas imágenes que abren la posibilidad de expresión del dolor mismo, en un «legítimo expediente de generalización» que aporta luz y transparencia en el seno de la propia tristeza. Esa capacidad de iluminación no puede por menos de estar «en toda palabra y en todo entendimiento humano». Fijémonos en que opera, sí, por generalización («tu dolor es el dolor»), pero es lo propiamente suyo lo que logra expresar aquí el individuo mediante un salto «sobre su propia sombra»Semana segunda, pp. 196-198.. No es de otro orden, en este terreno, lo que produce la lírica: el «yo» y el «tú» de la canción y del poema están disponibles para que el lector los haga suyos. La lírica tiene «usuario», no «receptor», y «este se subroga en el “yo” de la letra como emisor y personaje», de tal modo que «habla por sí y de sí»Ibíd., p. 203.. Y así, como en la oración, quiebra y trasciende la opacidad de su persona, una opacidad cuyo nombre, para William Blake, era el de Satán. Pero hay más. En virtud, con certeza, de esta disponibilidad para la actualización, para convertirse en presente, «la lírica misma, como forma, como género, está ya desde el principio y por naturaleza incondicionalmente a favor [...] de lo perecedero»Ibíd., p. 246.. Lo demuestran espectacularmente las Coplas de Manrique, donde el propósito de predicar valores intemporales se ve trastrocado por la evocación y la consiguiente añoranza de los más efímeros bienes. Y esta derrota del autor es un triunfo de la lírica: no es Manrique, sino el ayer «lo que canta», traído por «la propia condición natural del instrumento». «La poesía tendrá siempre su morada en las anónimas cuerdas de la lira, nunca en los dedos ágiles o torpes del autor»Ibíd., pp. 250-251..
Las mismas marcas que, como los pronombres, al personalizarla podían extraer del tiempo a la narración, despersonalizan la lírica y la vuelcan del lado de lo temporal. No, insistamos, pasando a poder del individuo, sino justamente al no ser de nadie, como de nadie es la lengua ni está a merced de nadie. La lengua se nos presenta como algo «genitum non factum»; en eso consiste su poder. Y el poder de lo que llamamos literatura, ya sea narrativa o lírica, depende de que tenga esta propiedad esencial de la lengua. Lo que la lengua es, la obra literaria debe ser, «como exigencia ineludible». Como postula el mito de la inspiración, requiere «una pura receptividad, [...] una esencial pasividad por parte del literato»Ibíd., pp. 177-179.. Dudo que tengamos muchas defensas más cuidadosas y explícitas de dos nociones fundamentales de la teoría sobre el arte verbal, que ahora vinculamos, como tantas otras, con fuentes anglosajonas: la impersonalidad (Pound, por ejemplo) y la negative capability de Keats. De ellas proviene la vindicación de las nimias «verduras de las eras», la constancia que tenemos de que algo relatado (el choque del pie de Ulises contra el caldero de su nodriza) «es lo que ocurrió», una vez, y una vez sola: el triunfo del acontecimiento y de lo transitorio, que no es llevar razón ni lograr una victoria, sino recibir la graciaIbíd., p. 251..
«Pocos problemas podría haber en el mundo menos urgentes, menos apremiantes que los que en estas páginas se traen a colación», decía Ferlosio en Las semanas del jardínSemana primera, p. 19.. De suyo, todos y cada uno de los objetos de la investigación lingüística son cosas que pueden dejarse para otro día, por insignificantes. Es sólo que el lenguaje que de todos ellos se compone es condición de nuestra existencia y figura de la significación. «Guapo» y sus isótopos se propone delimitar un fenómeno que se manifiesta mediante incompatibilidades: no puede decirse de algo que es «bueno y excelente», o «útil y utilísimo», como no puede decirse que es «transparente y diáfano» o «bueno y malo». Podría aducirse, en vista sobre todo del último ejemplo, que esto es cuestión de lógica, o sea, puramente conceptual y no lingüística. Ferlosio arguye que, si bien «coordinado» regularmente con rasgos conceptuales, lo que aquí hay en juego tiene la opaca apariencia de arbitrariedad que caracteriza a lo lingüístico, como se advierte en cuanto se pasa de contraposiciones conceptualmente nítidas a las nociones más brumosas o continuas en que centra su estudio (las de la familia de «guapo» y las de los colores). En efecto, podríamos decir, ¿a santo de qué es irregular «guapo y lindo» cuando no lo es «guapo y atractivo»? Desde luego, no porque «guapo» y «lindo» sean lo mismo: véase la cuidadosa tabla de la página 93. Ahora bien, lo interesante de esta historia para la lingüística es que, aun cuando estos son hechos de lengua, no son asunto de gramaticalidad o falta de ella. «Guapo y lindo» es un sintagma que no repugna a la gramática, viene a decir Ferlosio, como no le repugna la contradicción «bueno y malo». Por tanto, hay que postular una relación entre palabras, la aquí denominada isotopía, que se da entre las que constituyen respuestas incompatibles a una misma pregunta, con carácter relativamente autónomo respecto de su significado e independiente de la gramática, siendo esta última la que rige las demás condiciones de asociación de una forma con las que la acompañan.
La lingüística no se ha ocupado de este asunto ni antes ni en las décadas que lleva escrito el estudio de Ferlosio, y eso que es un fenómeno claro, razonablemente distinto y, en potencia, revelador. Lo único que aquí acusa, tal vez, el paso del tiempo es que por entonces los usos de los gramáticos consentían que se identificara una pauta y, una vez identificada, se pasara a otra cosa, puesto que la gramática entera era, para muchos, un sistema de casillas identificativas. Ferlosio da sobradas muestras de tener una idea de la lengua más compleja que ésa, pero no se siente obligado, como se sentiría el típico lingüista de 2010, a dilucidar en detalle qué sea propiamente la isotopía, pese a que es seguro que le intriga; ni, sobre todo, qué relación guarda con los demás dispositivos de la facultad lingüística humana. Son muchísimos los aspectos de ésta acerca de los cuales no sabemos gran cosa que no supieran nuestros predecesores, pero es indiscutible que se ha ganado mucho en explicitud. Puesto que no reside en la gramática, la isotopía debe residir en el acervo léxico, y alguna analogía de Ferlosio con los verbos de varias raíces (como ir, voy, fui) sugiere que la localicemos allá por donde apuntaba la antigua noción de «paradigma». El típico paradigma es la conjugación de un verbo en español o la declinación de un nombre en latín: el conjunto de formas distintas bajo las cuales puede aparecer un mismo elemento léxico, según lo exija su entorno, y de tal modo que el entorno sólo puede tolerar una de ellas. El que la noción de paradigma esté disponible en nuestra mente como elemento lingüístico primitivo, o bien sea sólo una cómoda generalización a partir de los datos, tiene su importancia: si es lo primero, entonces no bastan para caracterizar el lenguaje las relaciones de adyacencia (entre elementos simples o compuestos) y de inclusión (de un elemento en otro). Pues bien, hoy día esta cuestión experimenta una de sus periódicas reapariciones, de modo que la repercusión del hallazgo de un nuevo estilo de paradigma sería considerable. Pero quizá los elementos de juicio aquí allegados apunten en otro sentido. La isotopía se da en series mucho más abiertas que los paradigmas clásicos, ya que la lengua incorpora palabras con facilidad infinitamente mayor que tiempos verbales. Luego las propiedades que tenemos por paradigmáticas (como, en algún sentido, lo son desde luego las de la isotopía) responden a otra cosa que la existencia de un modo de agrupación prefijado, cuya característica esencial se manifestaría en el número finito de las formas de sus miembros.
No especulemos, de todos modos, que estos asuntos hay que examinarlos con datos y mucha paciencia. Como hace Ferlosio con los que sí examina, entrando con pormenor en los aspectos conceptuales del sistema de los colores y de las palabras afines a «guapo» (que no constituyen sistema). Al hablar de estas últimas, por cierto, trae a colación como de pasada otra cuestión importante desdeñada por la lingüística, que en su terminología es la distinción entre las diferencias semánticas y las «de aplicación» (pp. 93-94). Las primeras son como la que se da entre «mono» y «lindo», las segundas del orden de las que los diccionarios, en los casos más bien simplones que suelen registrar, indican con «dícese de...». Las primeras pueden ser «de matiz», pero las poco estudiadas «de aplicación» suelen ser «capitales en su determinación y en sus consecuencias» (así, quien sustituye la «caridad» por la «solidaridad» desmonta la distinción entre la virtuosa caridad con el enemigo y la solidaridad, imposible o traicionera, con él). Hay todavía otros asuntos de potencial importancia teórica en este libro (gestado largamente en Madrid y Coria entre 1970 y 2009, como se indica al final del mismo), por ejemplo el que surge cuando se rastrea la isotopía de «guapo» y afines hasta el uso apelativo, como alabanza, de estos términos (pp. 83-88)Para otra aportación teórica de Rafael Sánchez Ferlosio, véase José Luis Pardo, «El concepto vivo o ¿dónde están las llaves? Ensayo sobre la falta de contextos», en el citado número de Archipiélago, pp. 40-49.. Pero este ensayo no está dirigido sólo al lector que ande preocupado por cuestiones generales, y habrá muchos que disfruten sin más dándose cuenta de por qué se puede ser «guapo de cara» pero no «de pierna», o de por qué un cuadro puede ser «bonito» pero no «mono». De lo que nos va en las nimiedades ya ha hablado Ferlosio en otros sitios.

01/09/2010

 
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