ARTÍCULO

Nuestro Savater

 

Cita la historiadora Carmen Iglesias, en su discurso de entrada en la Real Academia, unas palabras de Fernando Savater sobre el recuerdo que vienen muy a propósito del comentario de su autobiografía: «Lo contrario de la memoria –escribía Savater en un artículo– no es el olvido sino el recuerdo amañado». Sea o no exacto ese reverso, «el recuerdo amañado» es uno de los peligros más usuales de la escritura memorialística, siempre que se le dé al género un mínimo de seriedad epistemológica que lo aleje de cualquier marrullería autoficcional. Ya que Savater se muestra explícitamente contrario a las marrullerías relativistas («Como no soy posmoderno, no diré que mezclo realidad y ficción ni que mi vida es como yo me la invento en el recuerdo», escribe en el último capítulo) cabe suponer que el riesgo de amañar, incluso inadvertidamente, la verdad ha sido una de sus preocupaciones principales: es evidente que en el caso de ser uno de esos tipos posta (para decirlo en lunfardo) amañar el relato no habría constituido preocupación alguna, sino inexorable deriva del discurso; y sus consecuencias no ganancia de trileros, sino merecida paga a la lúcida conciencia del artista.

Entre las amenazas de corrupción del recuerdo que el autor ha tenido que afrontar estaba la de hacer recaer la carga de la prueba de la vida en lo que han sido sus últimos años. Es decir, en el siniestro y heroico episodio vasco que ha puesto a Savater a la cabeza de los intelectuales españoles, los de los pies ligeros. Demasiados memorialistas célebres, hombres que han triunfado en cualquier camino, han escrito memorias donde su propio nacimiento (me refiero al nacimiento físico, uterino, sin metáfora ninguna) acaba siendo la consecuencia banal del Premio Nobel que obtuvieron. La memoria así tratada deja de ser una forma de conocimiento y se convierte en una variedad más (tal vez la más postrera y patética) de autohomenaje. No es el caso. Savater es suficientemente lúcido, desde luego. Pero, sobre todo, es suficientemente orgulloso: por nada del mundo habría consentido que el tesoro de su infancia, y en general, de sus recuerdos, hubiera de explicarse, aberrantemente, por el desalmado presente. Hay hombres que ante el reproche ajeno de una tripa ya un poco exuberante, se la palpan sonriendo, y alardean: «Mis buenos foies me ha costado». Otros, sometidos al presente (y aun peor, al futuro) corren a adelgazar. La tripa feliz de Savater no ofrece dudas.

El acierto fundacional del relato desmerece algunas posibles objeciones. Como la de que Savater se excede (y no por razones de modestia como a primera vista pudiera parecer) cuando atribuye al Capitán Trueno (legendario tebeo de la posguerra española escrito por Víctor Mora e ilustrado por Miguel Ambrosio, Ambros) la razón de su compromiso (gallardo, claro, tratándose de semejante espada) con la libertad. En mi opinión ese compromiso es más hijo de la razón que del romanticismo. Como el propio Savater. El único problema para entenderlo es la seca tradición hispánica (impensable, por ejemplo, en Francia) que impide concebir una razón hedonista, aliada con el placer y el humor, vindicaciones características de nuestro filósofo. Es tan poderosa esa tradición que parecería que el propio Savater se deje engullir un momento por ella, saliéndose de viñeta y atribuyéndole al tebeo (y a toda su poética, expuesta en algunos de sus textos, en especial, La infancia recuperada) mandatos claramente fuera de su jurisdicción. Pero es difícil pensar que Savater se deje engullir por tal boquita, por lo que cabe concluir que la alusión al Capitán Trueno es lo que insinué al principio: orgullo de su memoria primera, o más precisamente, un irresistible ademán de dandysmo. Literariamente sugerente, pero que, sin embargo, puede tener consecuencias, no del todo benéficas. Más de una vez he tenido que oír supuestos análisis sobre la actividad de Savater en la causa antinacionalista atribuyéndola a una forma de obsesión personal, de racial quijotismo, desligándola de su aspecto fieramente político (la ejemplar respuesta de un ciudadano ante la merma de sus derechos) para enredarla en turbios psicologismos de primero de latín. Nunca oí mencionar al Capitán Trueno en estos coloquios, pero ya estoy preparado.

Mira por dónde (confusa tilde de un título tan brillante) está escrito a dos velocidades. La primera es agradablemente lenta y depurada de sobresaltos. Sobresalen los retratos paternos y la evocación de la vida en el paraíso perdido donostiarra. La juventud en Madrid. El excelente capítulo dedicado a Cioran y a la mujer de Cioran. Ese ritmo lento se pierde, digamos, cuando Savater se encuentra a su padre en la calle, sorprendido le pregunta si es que vuelve ya de misa, y el padre le contesta que no, qué va, que lo que pasa es que han volado la iglesia. Era una mañana de 1973, en el barrio de Salamanca, y habían asesinado a Carrero Blanco, sin que, por cierto, ni el padre ni el hijo se alegraran. A partir de ahí el libro se acelera con ocasionales remansos como el dedicado a Zorroaga, la facultad de Filosofía de la Universidad del País Vasco donde bajo la dirección (y la tolerancia) de Ramon Valls se juntaron, antes de que se jodiera el Perú, gentes como Savater, Víctor Gómez Pin, Félix de Azúa, Tomás Pollán, Juan Aranzadi o Javier Fernández Castro.

La aceleración en los últimos capítulos es un fenómeno característico de los libros de memorias. Sucede cuando, como decía Josep Pla, els ametllers ja estan batuts. O sea, cuando al autor, desesperantemente exprimido, sólo le queda hablar ya de sus nietecillos o, mucho peor todavía, de sus editores. Entonces la velocidad se agradece. Pero tampoco ahora es el caso. Savater ha escrito sobre su vida, o mejor sobre lo que llama «sus negocios», antes de cumplir los sesenta años. Y nunca antes de hoy había tenido su trabajo intelectual y cívico tanta importancia como ahora; y nunca había sido tan apreciado y tan querido. En suma: Savater escribe desde la cima. Tal vez debería haberse demorado algo más al describir el paraje.

Las dificultades que acechan al escritor verídico cuando incluye al presente en su poética son innumerables y poderosas. Las hay de orden estético (el presente siempre es más burdo que el pasado), epistemológico (el presente es más refractario a la búsqueda del sentido) o, digamos, sociológico (la libertad de juicio crece a medida que crece la distancia, en tiempo y en espacio, entre el que enjuicia y sus enjuiciados). Tal vez por ello la autobiografía de Savater podría haberse detenido, pongamos, el día en que su padre volvía de los alrededores de la iglesia de San Francisco de Borja. Habría sido un pacto perfectamente legítimo con los lectores. Al fin y al cabo firma algún otro muy comprometido, tratándose del género, como es el de eludir cualquier referencia a sus amores, fueran de una noche o de una época. Desde luego, tiene un discutible sentido crítico hablar, ante un libro, de los libros que podrían haber sido. Pero ante la decisión del autor de abrazar toda su vida, comprendido el presente, uno habría querido más Savater a lo ancho y a lo hondo. En lo político: para que desmenuzara la fractura de los antiguos (y presentes) antifranquistas en torno al tema vasco: esos amigos, alguno de Zorroaga, a los que perdió; o para que, tomándose como modelo, pautara el recorrido, fascinante e intrincado, que partiendo de la reivindicación autodeterminista o las colaboraciones en Egin, acaba en ¡Basta Ya! Y en lo íntimo: para que diera anotación y cuenta del impacto que un hombre tan alegre, tan vital y tan libre hubo de sentir el primer día que un policía (amigo) se puso a su espalda para no abandonarla. Pero, en fin: ya decía el doctor Marañón que lo sano es levantarse de la mesa con hambre.

Mira por dónde está escrito, por último, por Fernando Savater. Es decir por uno (con Ferlosio, primerísimo, con Azúa) de los grandes escritores de periódicos españoles. Savater dice estar seguro de haber escrito algunos artículos antológicos. ¡Sin duda!: pero lo difícil sería decir cuáles. La escritura de su autobiografía se atiene, por lo general (algo más azucarada, si se quiere), al estilo que ha hecho de Savater uno de los modelos literarios del castellano contemporáneo. Vivísima, limpia, toda fibra. Semejante estilo no suele ser tomado en cuenta por los profesores, que prefieren las flatulencias, un punto irisadas. En la opción estilística de Savater hay también una ética. No es raro que coincidan el mejor de los nuestros y el más claro.

01/08/2003

 
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