ARTÍCULO

Pubis pro nobis

Espasa Calpe, Madrid
384 pp. 20,90 €
 

Mientras más avanzaba en la lectura de esta novela de la portorriqueña Mayra Santos-Febres, más iba temiendo (y confirmando mi temor) que la combinación entre su apellido Santos y el título de su novela, Nuestra Señora de la Noche, derivó en un precipitado químico-sacro-literario que sólo funcionaba con repetidas invocaciones e impetraciones, por lo demás absolutamente obsoletas, a la madre de Dios: la única que omite es la creada por Les Luthiers en su genial Bossa Nostra y que da título a esta reseña.
Me he tomado la molestia –y que la autora, la editorial y los lectores me perdonen por lo crudo de la expresión– de releer toda Nuestra Señora de la Noche saltándome todos los capitulillos hagiográficos, por llamarlos de alguna manera. Y pueden creerme que el resultado final es bastante, pero bastante, bastaaaaaante mejor.
La novela tiene más de trescientas cincuenta páginas. Si Santos-Febres hubiese tenido la caridad cristiana de librarnos del lastre de la faramalla matriológica y mariolátrica que inunda, ahoga y asfixia una cuarta parte de su texto, creo que todos los lectores –cristianos o no– se lo habríamos agradecido. Porque su novela no es mala y la historia que cuenta hasta podría interesarnos, pero no a ese precio.
Por otra parte, están los fallos cronológicos, algunos de bulto. Por ejemplo, el soldado Roberto Fernando Fornarís no puede tener veintinueve años a comienzos de 1942, en la batalla de Filipinas, porque para eso tendría que haber nacido en 1913, durante la primera presidencia de Wilson. Pero sabemos que él nace después del fugaz mandato de Harding, fallecido en 1923 en circunstancias nunca aclaradas. Y, por otra parte, si el dato sobre Harding es correcto, no se explica la fiebre bélica casi inmediata que asalta a Estados Unidos: aún faltan diez años para que Hitler suba al poder, y hasta el ataque a Pearl Harbor aún quedan por delante las presidencias de Coolidge y de Herbert Hoover (hermano del siniestro John Edgar), así como las dos primeras y la mitad de la tercera de Roosevelt. A cuatrienio por mandato, uno diría que son demasiados años para tanta prisa de la narradora.
Sea como fuere, y para orientar al posible lector, esa historia que se cuenta es una que parece provenir del Calila y Dimna, la de dos hermanos hijos del mismo padre y de distintas madres, y con distinta piel y pedigrí social, y que al final se vienen a encontrar, no en el barrio de San Antón, de donde han vivido tan cerquita tantitos años, sino en plena batalla del Pacífico en la Segunda Guerra Mundial. Y no cuento el resto para que no se me tache de aguafiestas. Pero sí diré que, en realidad, todo, todo el dispositivo narrativo está orientado hacia esa anagnórisis –el diccionario recomienda usar mejor «agnición»– de los dos hermanastros, más que hermanos, y las secuelas de la misma. Por decirlo en palabras del compadre Shakespeare: «Much ado about nothing». Mucho más ruido que nueces.
Esto no quiere decir que sólo se nos cuenten las biografías paralelas y tan disímiles de los dos hijos del licenciado Fernando Fornarís. También se nos cuentan otras, entre ellas la de la madre del hijo natural, Isabel Luberza Oppenheimer, La Negra Luberza, la dueña y señora de Elizabeth’s, el prostíbulo justo a la orilla del río Portugués, en las afueras del lugar, y piedra de escándalo de la buena sociedad borinqueña provinciana. Y esta de La Negra Luberza es una biografía que está plagada de lugares comunes, pero no mal contada, y por momentos hasta suscita solidaridad con esa persona salida de lo más bajo de la sociedad y aupada hasta alturas finalmente peligrosas.
Insisto en que, utilizando otra estrategia de relato, desacralizándolo, por así decirlo, queda una narración a la que pueden ganársele un par de horas de excelente lectura. Eso, desde luego, teniendo cierto estómago lingüístico acomodaticio, no ya para paladear un «pazgüatos» con diéresis churrigueresca, o para engullir como mayestática «escalinata» lo que no es sino la simple «pasarela» de un barco, sino todas las innumerables veces en que se utiliza el verbo «suplir» designando lo que en buen cristiano diríamos «suministrar» (que una cosa es que los latinos en Estados Unidos hablen espanglish, y otra que los portorriqueños comulguen con semejantes ruedas de molino).
O bien la extraña metamorfosis sufrida desde la página 207 por el viejo reloj de leontina del abuelo, para que en la 324 «retile» (sea ello lo que fuere) contra la muñeca de Luis Arsenio Fornarís, el nieto que lo heredó, el blanquito de los hermanastros. O bien el extraño manejo de los pronombres personales por el lejano tío catalán que les llega un día llovido del cielo, en la página 86, un episodio a fe mía in­creí­ble por culpa de la gramática, lo que ya es decir. O bien que en la pági­na 228 se asegure «¿Cuántos años había estado afuera? Dos», para sólo cuatro páginas más tarde aseverar que «Tan sólo había estado tres años fuera». Ay...
Naturalmente, desde el punto de vista de la editorial, nada de ello sucede, antes al contrario (y cito de la contraportada): «Con su prosa sensual, plástica, llena de color y poesía, Mayra Santos-Febres se consagra como una de las voces más personales de la narrativa actual en castellano y nos propone en esta novela [...] una reflexión acerca de la naturaleza de la rabia y el amor, la marginación y el éxito, la constitución de las naciones modernas y cómo éstas se han alimentado, en buena parte, de este complejo catálogo de sentimientos».
Como lector me siento inclinado a suscribir si no al cien por cien, sí en mucha medida lo que se nos dice acerca de la personalidad de la voz de Mayra Santos-Febres, pero disiento por completo en la extrapolación de que su novela proponga todas esas cosas con que la contraportada nos quiere encandilar. Sobre todo lo referente a la constitución de las naciones modernas, porque séame permitida además la más dolorosa de las reflexiones: ¿a qué nación moderna se refiere ese texto? ¡No será a la desventurada Puerto Rico, a ese Estado Libre Asociado (hipócrita eufemismo de colonia)! No puede ser, diría yo. Sería como añadir befa a la mofa.
Y en llegando al final del espacio disponible pienso en algo que a Mayra Santos-Febres, la autora, se le escapó involuntariamente en una entrevista cuando fue miembro del jurado del premio Casa de las Américas. Allí dijo: «Adoro a Borges, pero nunca podría escribir como él, gracias a Dios». Semejante declaración de humildad, si es que lo fue (que no lo creo, sino que le fallaron los mecanismos expresivos), me induce a una de soberbia: yo, si pudiera escribir como Borges, vendería mi alma a Satanás. Y estoy seguro de que delante y detrás de mí habría una cola que llegaría hasta Puerto Rico. Para posible asombro de Mayra Santos-Febres... y hasta me atrevo a asegurar que del mismo Dios. 

01/09/2007

 
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