ARTÍCULO

Palabra y memoria

Alfaguara, Madrid
424 pp. 20 euros
 

Manuel Longares (1943) es ya autor de un corpus narrativo bien destacado, por mucho que su insistencia por transitar senderos poco convencionales haya seguido manteniéndolo en esa digna condición –al menos hasta la publicación de Romanticismo– de autor de culto. Si hay un hilo común que una todas las novelas del autor madrileño, ése es, a no dudarlo mucho, su empleo de la imaginería grotesca –carnavalesca si se quiere– y la consideración de la zarzuela como un referente de cordura popular que contraponer a la estulticia propia del mundo contemporáneo.Y así ha sido desde Soldaditos de Pavía (1984), quizás el homenaje más explícito –e inteligente, por qué no decirlo– que la narrativa española reciente ha rendido al modus valleinclaniano; y es que el baile de máscaras pergeñado por Longares debe mucho al minué satírico que el inmortal gallego levantó en La marquesa Rosalinda y, claro está, no menos a la España de corruptelas y panderetas que gestara en La corte de los milagros. Un espíritu de distorsión que, obviando novelas como Operación primavera, se mantiene intacto en la colección de relatos Extravíos (1999), en cuyo prólogo Longares deja claro el espíritu lúdico que guía su poética personal: «Estos relatos discurren por un terreno sinuoso en el que ficciones y certezas intercambian sus papeles y donde nadie está en posesión de la verdad porque lo único que importa es el juego». Una heterodoxia, en fin, que alcanza su estado de gracia en Romanticismo (Premio de la Crítica 2002), retrato desmesurado y ridículo de la sociedad burguesa madrileña en los momentos estrictamente anteriores y posteriores a la muerte de Franco, y una de las creaciones que está llamada –sabemos que está preparándose la primera edición académica del texto– a convertirse en uno de los clásicos de la época de entresiglos.

Con una trayectoria como la descrita, mucho se jugaba Longares en Nuestra epopeya, novela de la consumación luego de la unánime acogida crítica –que no tanto de público– brindada a Romanticismo.Y valga decir, para abrir boca, que, lejos de acomodarse a un registro de probada eficacia, el narrador arriesga, y mucho, en un texto polifónico, a medio camino entre la crónica fabulada y el romance popular. Porque Longares, más allá de su deseo por dejar testimonio de una época ominosa en la historia reciente de nuestro país –la Guerra Civil y sus consecuencias–, otorga el protagonismo a aquellos que la vivieron desde la ignorancia completa del cruce de caminos ante el que les colocaba el destino y, claro está, desde la ausencia absoluta del más mínimo atisbo de heroísmo patrio. Nuestra epopeya es, así las cosas, un ejercicio de intrahistoria –Unamuno dixit– centrado en la palabra dicha a la luz de la lumbre, en el verbo indocto que crea más que destruye, en el discurso que restaña y sana las heridas en otro tiempo abiertas. Al modo de Luis Mateo Díez en La ruina del cielo –no pocos puntos de unión flanquean las trayectorias del leonés y del madrileño–, la oralidad del pueblo convoca a los fantasmas con el único objeto de ofrecerles un descanso digno y dejarles una puerta abierta para volver a ser convocados, en un ritornello sagrado sin fin, cuando las circunstancias reclamen su ejemplo. Memoria viva, pues, la ofrecida por Longares a partir de la charla pausada entre Tino,Adela y Sisinio, víctimas todos ellos de la sinrazón que dividió España, y, sin embargo, actores empeñados en recrear la historia singular de su saga desde el momento del alzamiento hasta la época actual, como impelidos por un demiurgo que, por encima de ellos, reclamara su testimonio veraz.

La singularidad de las dramatis personæ no quita, bien al contrario, condición de universalidad a la novela. En sus vivencias trágicas, ridículas y hasta irrisorias late un poso de experiencia común que las une a las padecidas por toda una generación. No faltan las depuraciones cobardes alentadas por un falso heroísmo y cobijadas bajo los rayos de la luna, ni tampoco la incultura supersticiosa, ni la pobreza insultante, ni tan siquiera la fe ciega en el progreso exterior, como estilemas de un tiempo ahora superado.Y es que, junto a los narradores –a veces narratarios– de cuño personal (Tino, Adela y Sisinio), Longares despliega una riquísima panoplia de personajes tipo, recogida, con esmero, de la tradición literaria española –aquella que lo conecta con Valle-Inclán, Solana, pero también con Cervantes y La Celestina– en la que tanto gusta beber. En ellos recae esa virtud de representatividad colectiva que el lector siente apenas se acerca a las primeras páginas. Entre ellas encontramos a Luchini Berbén, cupletista pizpireta reconvertida, por obra y gracia del Espíritu Santo, en señora de bien y defensora de los valores nacionales, y a su amante el indiano, acreedor de una fortuna sin parangón revestida de aires de leyenda –entre el pueblo circula el bulo de que de sus árboles cuelgan frutos dorados (asunto que recuerda a la jugosa Tierra de Jauja, de Lope de Rueda)–, por citar tan solo a unos pocos. E, incluso, más allá de las personas, Longares rinde homenaje explícito a los diversos géneros que sustentan tipología tan sugestiva: desde el entremés –pues de entremesiles cabe tildar alguno de los episodios acaecidos en tan singular aldea castellana– hasta la zarzuela, verdadero leitmotiv que vertebra, como los pilares de un edificio, el heterogéneo relato. Recuérdese, en este sentido, el número zarzuelero que interpretan el padre de Adela y el padre de Sisinio para regocijo de los convocados en torno al comercio familiar: «Las lentejas, que sean viejas. / No habrá quejas. / El bacalao, bien salao./ Todo barato./ Si no es barato, no hay trato.Y pido más./ Tú dirás./ Para la cocina, gelatina, sal marina, harina fina y cecina bien curada./ Ahí es nada» (p. 48).

Junto a esa escuela de impronta cómica tan recurrente en sus creaciones, Longares despliega, a modo de contrapunto necesario para esta crónica de la sinrazón, una serie de episodios de hondo sabor trágico que recuerdan, a su vez, otros tantos relatos de marca indeleble en la crónica literaria de nuestro país. La delación de los republicanos y su ajusticiamiento en la plaza pública, con el silencio claudicante del pueblo, nos trae a las mientes Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sender; y la muerte del niño inocente a la orilla del río –por poner tan solo dos ejemplos– evoca algún episodio similar de Campo de los almendros, la excepcional serie narrativa de Max Aub.

Con todo, Nuestra epopeya encuentra su mayor traba en la enorme complejidad estructural pretendida por Longares. La continua alternancia del narrador cuasi omnisciente y sus tres voces subsidiarias –Tino,Adela y Sisinio– se ve amplificada por el testimonio –a través con la técnica del discurso indirecto libre– de decenas de actores, invitados al convite con el único objeto de ofrecer un retrato total y, a la vez, relativo por cuanto variable desde las diversas perspectivas de acercamiento. Ello supone, por un lado, una importante dificultad de acceso para el lector, a veces aturdido ante la concurrencia de tantos informantes, y, de otro, la escasa diferenciación entre las cinco partes que dividen la novela: «Aldea», «Limbo», «Penal», «Odisea» y «Wichita». Sin embargo, todo ello no impide destacar el buen hacer narrativo de Manuel Longares, quien, con Nuestra epopeya, vuelve a demostrar la solvencia que lo ha convertido en uno de los narradores más destacados de nuestras letras.

01/11/2006

 
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