ARTÍCULO

Ocios y negocios

Destino, Barcelona, 272 págs.
Ediciones del Bronce, Barcelona, 192 págs.
 

Tal vez por los bajos costes de producción o por el respeto secular que se tributa al mero acto de dar a luz un volumen escrito, o quizá porque las indigencias de una novela no son tan inmediatamente perceptibles como las de, verbigracia, un cuadro o una escultura, lo cierto es que hoy más que nunca la literatura parece haberse convertido en una hospitalaria zona franca en la que recalan plumas de las más variopintas procedencias e intenciones, desentendidas en la mayoría de las ocasiones de toda sujeción al decoro. El prestigio o simplemente el renombre obtenido en algún otro campo de la vida pública (merecido o no) es aval suficiente para que el escritor ocasional ingrese en la gloria de la letra impresa y quién sabe si también en la de alguna fugaz algazara crítica. Desde luego se puede comprender, desde una perspectiva estrictamente crematística, que una editorial consienta y promueva la publicación del conato dominguero de alguna celebridad. Pero que lo haga esgrimiendo los supuestos valores literarios de la obra, aun a sabiendas de que, como sucede con las que aquí reseñamos, cualquier servicio de lectura de una editorial seria la descartaría, por infumable, en el quinto folio, es ya apostar descarada y maliciosamente por la confusión.

La pretensión de valorar las novelas de Bardem y de Canales con los instrumentos y parámetros habituales de la crítica literaria no deja de ser algo desmedido e injusto, además poco útil. Más interesante puede ser observar la presencia en ambos libros de ciertos aspectos comunes, textuales o periféricos, que permiten certificar cómo, más allá de diferencias superficiales, todo acercamiento lego e improvisado a un arte sufre siempre las mismas limitaciones y cae en los mismos tópicos.

La circunstancia que más claramente vincula estos dos libros es su peculiar presentación editorial. La novela de Carlos Bardem, cuya actividad cinematográfica es bien conocida, aparece auspiciada por el dudoso laurel del Premio Destino-Guión 2002, galardón destinado a novelas concebidas ab initio para su inmediata conversión en guión de cine. En efecto, en el relato de Bardem, sustentado básicamente por los diálogos y por una sucesión sincopada de rápidas secuencias, se manifiesta esa subordinación a las exigencias de la narración cinematográfica. Otra cuestión, mucho más espinosa, es la naturaleza necesariamente híbrida de un libro que no es un guión pero que, puesto que procura dejar expedito el camino para poder llegar a serlo, tampoco puede cumplir satisfactoriamente con las exigencias de una auténtica novela. Es muy fácil detectar los añadidos (y sus costurones) destinados a proporcionar cierto empaque literario: esas descripciones prolijas que sustituyen la inmediatez de la imagen, esos sumarios sobre los antecedentes e idiosincrasia de los personajes o –lo más ingenuo– el manejo explícito de determinados referentes literarios y culturales. El resultado es una componenda extraña y enmarañada en la que, a modo de pálido remedo de las narraciones de Conrad, se intenta aunar el relato de aventuras, la fascinación de los espacios exóticos (un pequeño e inverosímil edén brasileño) y la exploración de la soledad de un héroe de vuelta de todo.

La novela (si es que así puede llamarse a este disparatado vástago del ocio) de Antonio Canales aparece en la colección «Étnicos del bronce» y por tanto auspiciada también, al menos apriori, por una instancia extraliteraria vinculada a una harto conocida faceta biográfica del bailaor flamenco. Sin embargo, el tácito señuelo de la indagación en la cultura gitana apenas viene refrendado por el tratamiento superficial de algún personaje o de determinados ambientes taurinos. Lo que en realidad interesa a Canales es la peripecia desmesurada e involuntariamente surrealista de Anacleto Berthelius Haski, torero vocacional, jaque de varia lección y prodigio de la naturaleza en lo tocante a las artes de Venus. Al margen del desvarío febril de la historia (demasiado abigarrada para poder consignarla siquiera someramente), en ella es posible advertir otra significativa semejanza que la acerca a la de Buziana, a pesar de las diferencias en cuanto al espacio de la acción, el talante de los personajes o el grado de ambición depositada en ambas obras. Ese aspecto común no es otro que el desaforado vitalismo y el trasiego aventurero de sus personajes, entregados a continuas experiencias en los límites de la legalidad o de la integridad física (las andanzas del pícaro-torero o los excesos etílicos de Buziana, los ambientes marginales en que se mueve Anacleto o la sociedad desinhibida y peligrosa en que se desarrolla la novela de Bardem). En todo caso, estas coincidencias confirman la existencia de determinados rasgos connaturales al ejercicio amateur e indocumentado de la narración literaria. Uno de ellos es la tendencia al derroche de acción, a ser posible impregnada además de un ingenuo aroma de malditismo. Con esta inmersión en los veneros más radicales de la experiencia se intenta, de forma consciente o no, disimular las carencias técnicas y la solidez conceptual que sólo proporciona el conocimiento de la tradición del género. Por otra parte, esta suerte de vitalismo desaforado incluye una voluntad de establecer cierta complicidad entre el lector y ese autor que, como privilegiado cicerone, le descubre parcelas de una realidad supuestamente excitante que él conoce muy bien. Se satisface así esa relación mutualista entre el escritor exhibicionista y el lector voyeur que, con el inestimable apoyo de la vulgarización generalizada de la cultura, aspira a sustituir los cauces tradicionales, pero tal vez demasiado exigentes, de la comunicación literaria.

Más que ante dos novelas estamos ante dos síntomas de la actitud permisiva y con la que, quizá con más ingenuidad que malicia, ciertas editoriales serias aspiran a ganarse el favor del gran público con un texto que plantee algo más que valores estrictamente literarios. Pero también sirven como indicadores de alguna actitud cultural muy extendida, como esa que hace bueno el viejo proverbio que identificaba el nivel de atrevimiento con el grado de ignorancia.

01/05/2002

 
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