ARTÍCULO

Símbolos

Seix Barral, Barcelona
190 pp 17,50€
Lengua de Trapo, Madrid
122 pp 15,50€
 

«La vida en llamas», el primer cuento de la colección Gritar, se abre con una escena tan intrigante como efectiva. Una noche de verano, el narrador y su mujer, sentados en el porche de su casa, ven pasar corriendo por el jardín a un hombre envuelto en llamas, que «mueve los brazos como si estuviera dirigiendo una orquesta imaginaria» y acaba arrojándose a una pequeña piscina. El cuento alude a la inminente separación de la pareja, se explaya sobre la muerte del padre del narrador y concluye con una referencia al nacimiento del hijo de un vecino. Nada más se dice, sin embargo, del corredor en llamas, que después de su inolvidable aparición queda flotando en el agua turbia del simbolismo.
Gran parte del talento narrativo de Menéndez Salmón consiste en convocar estas imágenes o símbolos que significan a la vez más y menos de lo que una lectura literal acredita. Si uno se pregunta de dónde viene el hombre, o cuál es su relación puntual con los sucesos que se relatan a continuación, la imagen escatima significado, deja interrogantes que el cuento deliberadamente se niega a responder; pero, al mismo tiempo, hay en las llamas, o en la soberbia alusión a la orquesta invisible, un exceso metafórico que invita a establecer relaciones con los momentos de intensidad que viven los demás personajes. Los símbolos reverberan unos en otros tácitamente, de manera que el autor no tiene que insistir en la conexiones y puede confiar al lector la tarea de trazar implicaciones y paralelismos. Este tipo de figuración elíptica es particularmente apta en cuentos –como «La vida en llamas»– sobre malestares a los que ni siquiera los personajes consiguen dar nombre. En «El terror», otra pareja –la pareja es una de las preocupaciones constantes de Menéndez Salmón– visita un circo «mustio, apagado, como un cuadro que representara el final de una época» y se siente invadida por la tristeza. «Vivimos en Bizancio», dice la mujer en un momento. Esa madrugada, el hombre atiende una llamada telefónica equivocada: es una adolescente de la edad de su hija, que, creyendo hablar con su padre, le dice que un chico ha muerto en su cama de una sobredosis. La comunicación se corta y el cuento se cierra en un anticlímax. Pero, implícitamente, un horizonte temático de abandono y decadencia ha quedado definido.
A veces Menéndez Salmón lleva el simbolismo hasta el borde de lo verosímil, aunque milagrosamente sale airoso. «Gritar» propone la idea de un hombre que alquila una «habitación para gritar», prometiendo «absoluta discreción». El protagonista, Balboa, se siente intrigado y comienza a visitar la habitación todas las semanas, dando rienda suelta a sus instintos. Hay una incómoda presencia autorial en la voz que se inmiscuye para teorizar extemporáneamente: «El grito, tan ancestral, nos inflama de vergüenza. Pocos actos como el grito nos permiten comprobar hasta qué punto hemos olvidado nuestra animalidad», etc. Pero en la habitación, adonde no sólo acude Balboa sino varios hombres y mujeres, pronto surge una interesante dinámica social. En cuanto al grito en sí, no es una mera excrecencia simbólica, sino parte esencial de la trama.
La filosofía en invierno –una nouvelle publicada en 1999 y ahora reeditada, según reconoce el autor, habiendo enmendado «algunos excesos»– comparte la estructura fragmentaria de los cuentos, pero uno de sus problemas es justamente la falta de resonancia entre sus diversos momentos narrativos. El relato avanza en dos frentes: en el primero, ambientado en 1995, seguimos a Urbano Cervantes, un erudito español con residencia en Amsterdam que se encuentra preparando un «índice lexicográfico» sobre la obra de Spinoza; en el segundo, que se retrotrae a 1677, asistimos a distintas escenas en torno a la muerte del filósofo. Cervantes se ve envuelto en o, mejor dicho, acusado de, un asesinato, mientras que Spinoza muere en la pobreza material y la destitución intelectual. Escrito a la edad de veintiséis años, el libro pertenece claramente a la etapa de aprendizaje del autor y por momentos cae en una especie de barroquismo de la elipsis: hay sólo símbolos sueltos, partes de un rompecabezas que nunca llega a armarse. Y si las conexiones entre historias son puramente retóricas, la retórica de corte expresionista no ayuda precisamente a la coherencia del relato: febrero es «una calavera de polen y lágrimas amargas», un poeticismo discordante; pero, ¿qué es «una voz temblorosa de árbol herido por un aquelarre de sombras»?
En La filosofía en invierno o en cuentos de tema histórico como «Las noches de la condesa Bruni» o «Los ancestros», la textura del pasado sobrevive apenas como farsa o estilización. Y estas modalidades no son el fuerte del autor. Menéndez Salmón es mucho más hábil al analizar las superficies brillantes de la posmodernidad. Derrumbe, su primer libro después del aclamado La ofensa, es una novela policíaca y una meditación sobre el mal en el mundo actual. Ambientada en la ficticia ciudad costera de Promenadia, cuyo nombre pastoral esconde los peores descarríos, examina los perfiles de cuatro criminales y el «derrumbe» personal y social de quienes entran en contacto con ellos. Uno de los criminales es un asesino serial clásico, sumamente inteligente y artero, en la línea de Hannibal Lecter o el predicador demente de la película Seven. Los otros encarnan el fenómeno, sin duda más candente, del terrorismo interno, y aspiran a sembrar el miedo en una sociedad que consideran en bancarrota moral. Para ellos, «terror es una palabra tan redonda, tan viril, tan diáfana como un dardo de luz en el agua de un pozo, como una lanza de cristal clavada en las convicciones de Promenadia».  
Las convicciones de Promenadia, sin embargo, son menos férreas de lo que los criminales creen. Manila, el policía que investiga los asesinatos, deberá enfrentarse al dilema de matar o no a un criminal a sangre fría; su mujer, embarazada de seis meses, lo abandonará sin previo aviso y sin más razón aparente que el hastío. Seguimos también a una muchacha adolescente de clase media, Vera, que no sólo se enamora de uno de los terroristas sino que además termina involucrándose en la filmación de películas pornográficas; su padre, mientras tanto, ve cómo su familia se deshace inexorablemente. El paseo por Promenadia es, en definitiva, de todo menos agradable. Menéndez Salmón explora estas historias de manera ágil, con una prosa tensa y una economía narrativa que recuerda a la del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa. Algunos excesos tonales siguen presentes y la sintaxis a menudo se descarrila pero, aun así, Derrumbe es una novela de gran resonancia lingüística y, como siempre en Menéndez Salmón, de gran resonancia simbólica.

01/10/2008

 
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