ARTÍCULO

Entre Europa y Asia

 

La obra novelística del turco Pamuk ha constituido ya sin duda una sacudida en las letras de su país y contribuido a enriquecer sus paradigmas literarios, a modificarlos mediante la asunción de las cumbres narrativas del siglo XX y su incorporación a la herencia y los opulentos recursos de su propia tradición. A semejanza de Faulkner (es sólo una posible referencia, pero en modo alguno es gratuita), sus novelas se despliegan en la tensión entre lo viejo y lo nuevo, la tradición y la modernidad, lo propio y lo ajeno, para componer el mosaico inabarcable y desconcertante de la realidad que la literatura intenta revelar. En su caso ello implica una ruptura en la visión de su país y la gente que lo puebla, así como de las diferentes tradiciones e influjos de que está hecho el mundo turco actual. El republicanismo laicista y nacionalista que se engendró con el régimen kemalista produjo, entre otros efectos tanto benéficos como perversos, una negación de las herencias culturales que se habían ido acumulando desde los inicios del Imperio otomano y que aparecían vinculadas al islam y al sultanato (y a las variadas tradiciones que éstos incorporaban). Otros autores y corrientes estéticas han hecho frente con anterioridad al esquematismo que, en literatura, engendró tal movimiento. En el caso de Pamuk, situado en una sociedad que ya empieza a estar de vuelta de tales rigideces, aunque continúe teniendo que cargar con la grave herencia política de aquel régimen, se trata de bucear en los estratos sedimentados a lo largo del tiempo que, entre todos, dan lugar a la mirada y a la conciencia actual de la sociedad turca, en particular de la sociedad urbana, definitivamente predominante en el país aunque, tal como Pamuk nos cuenta, sólidamente emparentada con su pasado, ya sea espléndido o atroz. La indagación en la memoria, y por tanto en la pluralidad de herencias que la componen, es, junto con una feraz capacidad de fabulación, uno de los principales ingredientes de su literatura, que se articula utilizando, a mi juicio espléndidamente, los instrumentos y mecanismos de la narrativa universal del siglo XX, y en particular de las cimas anglosajonas de ésta, sin por ello prescindir, sino todo lo contrario, del legado sufí y la narrativa de transmisión oral, todo ello puesto en juego por el autor con la solvencia y la originalidad que distingue a las grandes obras literarias. La aparición de sus novelas en castellano no ha venido siguiendo el orden cronológico en que fueron escritas y publicadas, cosa que no tiene gran importancia aunque, incapaces como somos de acudir a los originales, no nos permita apreciar su evolución literaria. Fue La casa del silencio (1983) la primera que se nos ofreció y la que sirvió para iniciarnos en la brillante y turbadora narrativa de Pamuk. Se sitúa el escenario de esta narración en una localidad costera residencial próxima a Estambul, de modo particular en la vieja casa silenciosa y fantasmal donde conviven contradictoria pero resignadamente la anciana Fatma y su criado, el enano Recep (hijo ilegítimo del marido muerto), y que durante todo un verano acogerán a los tres jóvenes nietos, cuyas peripecias actúan a modo de contrapunto contemporáneo de los intrincados recuerdos que pueblan la mansión y el cerebro de la solitaria ama. La memoria de ésta, presa de la relación con el esposo y de su propia coraza defensiva ante una realidad contemporánea despreciada e incomprensible, para quien incluso el cariño o afición por los actuales parientes no es sino un esfuerzo por revalidar la vigencia del pasado, se constituye en árbol (más que hilo) argumental del relato, en torno al cual se despliegan las existencias del resto de los personajes, todas a caballo de un presente que no acaba de constituirse como tal. De este modo, Pamuk opera una peculiar reconstrucción del último siglo de Turquía, escogiendo para nosotros escenas y pasajes reveladores: el historiador que husmea sin descanso en los archivos centenarios, en busca de documentos inútiles que, como él se ve obligado a admitir, no le devuelven las vidas pretéritas que intenta desvelar, sino tan solo la hojarasca burocrática que las asfixia. O la patética epopeya del patriarca desaparecido, quien dedicó su vida a la composición de una ingente enciclopedia que trajera las luces europeas a su país, y que, a punto de finalizar la tarea, se encontró, en su prolongado aislamiento, con que el viejo alfabeto de que se servía para redactarla había ya desaparecido... La fabulosa El libro negro (1990) reincide en la indagación del ser abigarrado y contradictorio de Turquía y su historia, con una brillantez en esta ocasión francamente deslumbrante. Es ésta una novela de estructura y desarrollo complejos, plagada de sugerencias, de referencias históricas, literarias, religiosas, políticas... Un libro de gran ambición y aliento, pues, y dada su ubicación en un mundo para la mayoría de nosotros sólo atisbado, ofrece no pocas resistencias, por desconocimiento de las claves, para su desvelamiento. Este rasgo distintivo puede tornar inicialmente accidentada la lectura, pero al poco se verá que todo fluye con vigor y capacidad de seducción para el lector simplemente con que éste se deje llevar por los vericuetos y las historias encadenadas por los que el autor nos conduce. Es, por otra parte, un placer no demasiado frecuente (para los no perezosos): descubrir otros escenarios y despliegues de la existencia. Podría decirse que ésta es la novela de Estambul, pues, en fin de cuentas, es la milenaria ciudad que abraza el Bósforo, hecha de sucesivos estratos que se nos van desvelando; es la protagonista «en segundo plano». Antes de eso, se nos cuenta la aventura de Galip, un joven abogado que cierto día inicia un vagabundeo por la abigarrada urbe en busca de la desaparecida Rüya, su esposa, una sombra que todo lo recorre, siempre perseguida a lo largo de una semana que es un siglo, por el protagonista-narrador. Papel esencial desempeña el también extraviado Celâl, hermanastro de aquélla y célebre escritor y periodista (remedo en realidad del poeta Rumi, pues aquí todo el mundo es simulacro de uno o varios otros), cuyos escritos actúan a modo de hoja de ruta para un itinerario fascinante a través del tiempo y del espacio a lo largo del cual, sin perder un momento la tensión, somos testigos de los misterios de ese intrincado espacio de encuentro entre Europa y Asia, y asistimos al proceso de constante recreación de la historia y de la memoria: el jardín de la memoria de Pamuk. Todo ello merced a sutiles juegos con las cosas y los reflejos de las cosas y del tiempo, en una búsqueda que siempre es mucho más que lo que pretende y nos ofrece pasajes de verdadera antología (como las conexiones entre la secta de los derviches bektachíes con el régimen albanés de Enver Hoxha), en cada instante bajo la guía firme del autor, que ha alcanzado con esta novela una verdadera cima literaria (con permiso, en castellano, de la escrupulosa y brillante traducción de Rafael Carpintero). También nos propone un itinerario La vida nueva (1994), esta vez un viaje en sentido estricto, aunque bastante singular y en no pocas ocasiones desconcertante. «Un día leí un libro y toda mi vida cambió»; así comienza el narrador de esta novela, un estudiante de ingeniería que lo abandona todo tras acometer la lectura iniciática de ese libro que no sabemos lo que es, de qué habla ni quién es su autor, pero que alcanza un influjo decisivo en aquellos de sus lectores que se dejan seducir por sus radicales propuestas. Así, el protagonista, Osman, emprende un viaje de muchos meses en autobús por las carreteras de una Turquía anterior (no sabemos con exactitud en qué momento, pero es cuando los iconos consumistas occidentales y norteamericanos comienzan a inundarla) en compañía de Canan, la mujer a la que ama pero que, a su vez, ama a otro hombre y que quizá sea el verdadero móvil de su radical decisión y hasta de su implicación en el libro. En ese extraño periplo por la Turquía profunda, asistimos a un debate de cariz filosófico y vital sobre el significado y los fundamentos de la existencia, al tiempo que se desarrolla una intriga plagada de asesinatos, accidentes, sociedades secretas y suplantaciones, en un escenario casi de road movie a la turca; pero a medio camino Osman cambia de personalidad y eso le permite comenzar a penetrar secretos que se encuentran más allá del libro mismo y de su peregrino origen, el porqué de su peligrosidad y de su amenaza subversiva, las claves de su nueva personalidad... e incluso algunas de la antigua y original, y hasta lo convierte en improvisado detective. Pero sólo es allá hacia la mitad de la novela cuando nos enteramos de que se trata de la suerte del país entero, de su debate, nuevamente, entre tradición y modernidad, entre Oriente y Occidente..., del sentimiento de desposesión e invasión cultural que comparten un número nada despreciable de turcos y su resistencia a la supuesta conjura internacional que les amenaza. Nuevamente Pamuk se complace en las sutilezas y los juegos de espejos, en las sorpresas a la vuelta de cada esquina y las ironías cargadas de ternura con sus compatriotas, ingredientes que nos sirve ligados con una prosa rica y poblada de sugerencias y matices, todo lo cual hace que el largo viaje, de sorprendente desenlace, merezca la pena de ser hecho. Que Orhan Pamuk es ya sin duda, por derecho conquistado con sus vibrantes y originales novelas, uno de los más sólidos y brillantes narradores europeos actuales, se confirma para nosotros con la reciente aparición de Me llamo Rojo (1998), por la que ha obtenido ya diversos premios literarios europeos, como el Grinzane Cavour 2002 y el Internacional IMPAC del mismo año. Se sitúa, como casi siempre, la acción narrativa en la ciudad de Estambul, cuya vida es desvelada esta vez durante el siglo XVI mediante una trama en la que se entrelazan la estética y la filosofía, la religión y la guerra, el amor y el poder, el asesinato y el sexo. Al servicio de su propósito indagatorio en los recovecos de la urbe imperial, siempre amalgama de grupos humanos diversos, agregado de influjos culturales desde la lejana China a la Europa occidental, nos introduce Pamuk en esta ocasión en las confrontaciones de orden estético y religioso que se producen cuando el sultán, en abierta oposición con los preceptos islámicos a propósito de la representación gráfica de las personas, decide encomendar a los ilustradores de la corte que inmortalicen su figura y sus rasgos por medio de la pintura. Tal pretensión desata una soterrada lucha religiosa y desestabiliza la paz del gremio sosegado de los ilustradores que adornan los textos con arreglo a la palabra del Profeta, y se ven abocados de este modo a enfrentarse al concepto franco, renacentista, de la pintura, con las consecuencias filosóficas y sociales que ello implica. Uno después de otro serán asesinados dos de los principales maestros, al tiempo que está a punto de consumarse una historia de amor largamente interrumpida... El mecanismo narrativo recurre a dar sucesiva voz a veintidós personajes implicados en la historia, algunos de ellos no humanos, en uso de un recurso frecuente en el cuento tradicional, que cuentan lo que hacen y lo que ven desde su peculiar perspectiva para componer un abigarrado mosaico en el que va creciendo la trama y, ante todo, va emergiendo por acumulación de relatos, de imágenes y de puntos de vista, el retrato en movimiento que Pamuk nos quiere ofrecer de la inmortal capital otomana. La ambición literaria del autor le mueve a asumir no pocos riesgos como se ve, y tal despliegue de recursos, del realismo de la novela de intriga al cuento fabuloso tradicional, produce un tono narrativo y un lenguaje alejados de lo habitual, al límite de lo verosímil pero sin cruzarlo, a caballo de la ampulosidad retórica aunque sin consentir que se desboque. La apuesta es nuevamente fuerte, un tanto provocadora e inquietante, aunque el resultado es radiante, excelente, seductor, salvo que el lector esté instalado en el confortable prejuicio de que todo discurso narrativo ha de ser previsible y uniforme, con arreglo al canon. Finalmente, es de justicia destacar la consolidación, a efectos de nuestra lectura en español, de Rafael Carpintero como traductor de la obra de Pamuk. Sólo con un profundo conocimiento del material con que el autor trabaja, aguda sensibilidad y dominio de los recursos del idioma puede alcanzarse un resultado cada vez más brillante y ajustado. Sin duda la continuidad, de una novela a otra, contribuye a tal éxito, hecho este del que deberían tomar nota no pocos editores.

01/03/2004

 
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