ARTÍCULO

Fulgor derretido

Alfaguara, Madrid, 296 págs.
Ollero & Ramos, Madrid, 120 págs.
Temas de Hoy, Madrid, 224 págs.
 

La producción literaria del flamante académico de la Española, a pesar de la enorme coherencia y constancia de su mundo narrativo, es siempre susceptible de sorprender al lector en cada nueva entrega, fruto, seguramente, del muy marcado tesón de Mateo Díez por ampliar el espacio narrativo desde el que indaga con ironía, bondad e inteligencia en la condición humana desde hace treinta años, y sobre todo, por su querencia para entrometerse en los territorios y las miradas y los recovecos del alma, especialmente allí donde esos espacios o mundos interiores se tornan ambiguos y hasta peligrosos: territorios que ya afrontara muy sugestivamente hace unos años en su gran novela Camino de perdición y que llevara a los límites de la maestría en su mejor novela La mirada del alma.

Pues bien, en ese mismo ámbito neblinoso y soñado, presentido, recelado, justo al otro lado de las costumbres provincianas en que la realidad se cifra por los hábitos feudales de un internado, los horarios de unos trenes destartalados que unen ciudades imposibles, o por el tráfico monótono y predecible de los viajantes y huéspedes de una pensión, se desarrollan las tres novelas cortas que conforman El diablo meridiano, título de una de ellas. Tres historias en el borde mismo de un costumbrismo de estación provincial que desbarranca de manera sutil e imperceptible hacia la alucinación y el misterio, relatadas con el pulso y la respiración contenida, se diría, de un experto constructor de barcos en botellas, de un miniaturista medieval.

Decir en nuestra revista que un libro es magistral puede ser una provocación o una declaración de principios, pues se es muy celoso aquí de las calificaciones hiperbólicas, pero invito al lector a que se adentre en la leve (y aparentemente sencilla) espesura de estas tres historias para que descubra él mismo si ese adjetivo no le cuadra con rotunda evidencia a, especialmente, dos de estas tres novelas, la que intitula el volumen y la última, Pensión Lucerna. Mateo Díez ha sabido dar profundidad y calado a unas historias que callan cuando revelan, que celan cuando iluminan, y al revés. Hay tanta fuerza narrativa en lo que se desconoce, acaso sólo se intuye o teme, como en los trazos firmes pero ambiguos con que orna o escamotea el verdadero (?) motivo de la perturbación.

En efecto, después de su gran summa sobre Celama, La ruina del cielo, quizá muchos esperaban un Mateo menor, festivo, de sorbete y entremeses, a la espera de otra gran empresa, cuando, al revés, nos encontramos con el escritor más inquietante y elusivo, el que es capaz de entreverar amor, locura, magia negra, violencia, celos y muerte en la sencilla y aparente relación epistolar de dos amantes despechados y los diarios de una vieja alcoholizada. O extraer de la memoria adolescente de los recuerdos del Instituto Sopeña un marasmo de venganzas, sobrentendidos, amores imposibles y perversiones licuadas en la memoria del remordimiento, capaz de atenazar el estómago de cualquiera. O de convertir la predecible pensión de provincias y sus hábitos mecánicos en una estación de paso hacia ultratumba. O viceversa.

A nadie se le oculta lo difícil que es escribir novela corta, y que en España, salvo el fundacional caso de Cervantes, o de Francisco Ayala en nuestros días, no se había cultivado con especial acierto: pues bien, he aquí, ahora, tres nuevos hitos.

Y casi a la vez, Mateo Díez da a la imprenta Balcón de piedra, fragmentos o desperdicios de un diario jamás escrito sobre la Plaza Mayor y su vida de funcionario municipal y matutino en la Casa de la Panadería, donde trabaja desde hace más de veinticinco años. En este libro se tejen, al albur de la memoria astillada, imágenes, recuerdos, reflexiones, se homenajea a amigos, se concitan noticias del pasado histórico de la Plaza, a la que se personifica desde el mismo comienzo con coquetería y elegancia, se da cuenta de su profundo carácter teatral, de cruce de caminos, de centro neurálgico de un pasado mítico que desea seguir latiendo.

Reflexiones líricas moteadas con pinceladas autobiográficas muy tenues («no hay ninguna constatación escrita de mi vida en la Plaza, seguro que no habrá más»), el homenaje a los amigos vivos y muertos, escritores admirados, Zúñiga, Longares, Merino, la percepción granítica, teatral, del tiempo, ajena al tráfago, que se respira en la Plaza cuando ésta se ha hecho hábito: «Nunca me asustó el componente rutinario de la existencia, antes al contrario: los buenos sentimientos rutinarios alimentan mi confianza, las cosas se ahondan en la repetición que enriquece la experiencia».

Cualquier lector de Mateo (Las horas completas, de manera excepcional, pero también El expediente delnáufrago, o la ya citada Camino deperdición, etc.) sabe que en esa frase se cifra y acrisola una suerte de poética de la ficción hondamente personal y sabiamente cultivada por uno de nuestros mejores narradores contemporáneos, cuya mirada poco burocrática y muy atenta es capaz de captar imágenes como esta en los amaneceres de su Plaza: «La Plaza Mayor amanece sola y quieta, se libra del resplandor de las farolas como si un soplo sosegado las aliviara, la última sombra resbala por los soportales y el frío matutino salpica el frío de la piedra con la lividez que infunde todo lo que despierta».

Esa misma mirada se vuelve hacia las palabras captadas en el hondón de la memoria de la infancia, allí donde se incubó la vocación del narrador, de esa memoria agradecida y reflexiva surge un libro muy importante para entender la trayectoria de Mateo Díez y que, acaso, ha pasado inadvertido inmerecidamente, me refiero a Las palabrasde la vida, crónica emocionada y un punto melancólica en la que se describe polifónicamente el relato coral de los orígenes orales de su propia gestación de contador de historias, aprendida en la fascinación de los viejos filandones, «calechos», vendedores ambulantes, charlatanes, relatos o invenciones o imaginaciones de sus tres tíos carnales, el miedo tácito de los perdedores de la posguerra: esa experiencia peculiar de la oralidad, reconoce, ha marcado su destino como escritor. De hecho, cuando escribe una novela no se siente lejos del narrador anónimo, «ni me olvido del ejemplo de aquellas voces que contaban sin inventar o que inventaban contando».

Libro fundamental y gustoso para los amantes del universo de este original novelista, buen pórtico de entrada para los que quieran averiguar de donde surgen algunas de sus ciudades varadas, sus persistentes fantasmas, sus tronados vendedores, los severos profesores de instituto, los curas extraviados, las pensiones sonámbulas, los miedos a la pérdida de la costumbre, la épica de la supervivencia y, en fin, la mítica de lo cotidiano.

01/08/2001

 
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