ARTÍCULO

Signos de agotamiento

Destino, Barcelona, 325 págs.
Destino, Barcelona, 281 págs.
 

Es bien sabido que, como sucede en materia de virtudes morales, la búsqueda de un determinado valor literario puede tropezar con el vicio resultante de la exasperación de sus iniciales y legítimas aspiraciones. Por eso de la ambición a la desmesura, o del riesgo formal al fárrago sólo media, a veces, una pequeña vuelta de tuerca. La obra de Lorenzo Silva puede ser significativa de este fenómeno, aplicado en su caso a lo que parece ser uno de sus objetivos perseguidos con más ahínco: la creación de un mundo literario personal y coherente. Para ello, a lo largo de sus cinco novelas publicadas hasta la fecha, ha procurado mantener con eficacia la necesaria continuidad en la escritura y en la coloración moral de cada ficción. Esto se hace posible con la reiteración de determinadas coordenadas como el empleo, en mayor o menor medida, del molde detectivesco, la disección inmisericorde de ciertos ámbitos de la (alta) sociedad actual, la agilidad e inteligencia de los diálogos o, especialmente, la creación de unos personajes complejos contemplados en un momento de crisis transformadora.

Tal vez en esa insistencia en determinadas claves narrativas que peculiarizan sus libros, junto con la pulcritud con que suelen ser ejecutadas, se encuentren las razones por las que Silva cuenta con una nutrida y fiel parroquia de lectores. Sin embargo, como anticipábamos más arriba, esa búsqueda de un camino personal ha incurrido en su correspondiente falta, que no es otra que la repetición. La prueba de ello se encuentra en las dos últimas entregas de nuestro autor, El ángel oculto (1999) y El alquimista impaciente, con el que ha obtenido el Premio Nadal 2000.

El ángel oculto es una novela que, pese a sus cualidades y ambiciones, presenta demasiadas concomitancias con La flaqueza del bolchevique (1997). En ambas obras asistimos al proceso transformador que se opera, previo paso por una trama de intriga, en la conciencia de un joven gerifalte (financiero en una, legal en la segunda) tras el hallazgo de una persona especialmente significativa. En La flaqueza... se trataba de una turbadora nymphette; en El ángel oculto el personaje «redentor» es un tal Manuel Dalmau, un discreto y millonario anciano que publicó en 1936 un extraño libro en inglés con título español (Lejanos), cuya lectura produce –de una manera quizá precariamente justificada-un sentimiento de cercanía espiritual en el protagonista de la novela, Hugo Moncada. Éste detecta en las páginas de Lejanos el sincero homenaje de un exiliado a su país, junto con un oblicuo gesto de perdón: justo el asidero que él necesita para aclarar su estancia en Nueva York y, de paso, su posición en el mundo. Por esto emprende una tortuosa pesquisa sobre Dalmau, que constituye un peculiar híbrido de indagación policiaca y relato de aprendizaje en el que un iniciado, Moncada, va superando pruebas y modificando su ser hasta llegar a la contemplación del misterio. Ese misterio es, por supuesto, Dalmau que, al final de un recorrido repleto de experiencias transformadoras, lo está esperando con una historia y un secreto.

El ángel oculto es una de las novelas con mayores implicaciones éticas y sociales de las publicadas por Silva hasta ahora y, junto con La flaqueza del bolchevique, es la que contiene las páginas más intensas (en especial las que componen la primera parte, «Señales de hundimiento»). Pero al mismo tiempo es quizá su libro más descompensado estructuralmente y también el más débil en lo que respecta a la cohesión de sus elementos, circunstancia que sorprende en un autor tan sumamente cuidadoso en este aspecto. Me refiero a la excesiva extensión de esa parte central dedicada a la búsqueda de Dalmau que, contemplada desde el final (y desde el principio) de la novela, resulta un emplasto policiaco que poco aporta al sentido global de la narración. Y por otra parte, para quienes sigan la trayectoria del autor con cierta distancia crítica, los evidentes paralelismos con Laflaqueza del bolchevique actúan en detrimento de esta novela, no ya por los efectos de la reiteración, sino por la pérdida de la intensidad y la frescura que sí se hallaban presentes en el otro libro.

El alquimista impaciente también se ve perjudicado por el excesivo parentesco con otro título anterior, El lejano paísde los estanques. Es un caso aún más evidente que el anterior al tratarse de una nueva entrega de las peripecias del sargento Bevilacqua y su ayudante Chamorro (esa peculiar versión hispana de Holmes y Watson), aunque las repeticiones no se reducen sólo a eso, sino que afectan tanto a los engranajes de la trama detectivesca como a otros aspectos periféricos, como la crítica social, la fascinación hacia la personalidad de la víctima cuyo asesinato se pretende resolver o el paralelismo entre indagación criminal y moral. Todos estos componentes, engarzados con habilidad e ingenio daban lugar en la primera entrega de Bevilacqua a una narración original y entretenida, de la que esta segunda es un pálido remedo. Ello se explica, en parte, por el hecho de que aquí ya encontramos a los beneméritos protagonistas plenamente conformados, de modo que su presencia en la ficción, despojada prácticamente de toda alusión a su pasado y a sus inquietudes vitales, resulta más esquemática y convencional. Por otra parte, el asesinato de Trinidad Soler, su doble vida de eficiente trabajador en una central nuclear y de despiadado hombre de negocios, no dejan de ser excusas –lo que se paga con pérdida de verosimilitud– para dar pie a un acercamiento al mundo de la especulación y el dinero fácil, ese olimpo de la nueva aristocracia financiera a la que Silva ha dedicado muchas y muy sañudas críticas. El problema reside aquí en que todo está pergeñado con corrección, pero con una artificiosidad que impide contemplar la narración como otra cosa que no sea un mecanismo bien construido y engrasado. Como ocurría en El ángel oculto, lo que ocurre es que al instalarse el narrador sobre esquemas ya transitados, lo original se vuelve rutina y los hallazgos, lugares comunes. Esto puede resultar especialmente cómodo para el proceso creador, pero para los lectores, especialmente a estas alturas del género policiaco, sólo es un síntoma de agotamiento.

01/04/2000

 
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