ARTÍCULO

A ambos lados del catalejo

El Aleph, Barcelona, 400 págs.
Trad. de Miguel Martínez-Lage
Edhasa, Barcelona, 288 págs.
Trad. de Leonardo DOmingo
Tusquets, Barcelona, 688 págs.
Trad. de Vicente de Artadi
 

Uno de los primeros misterios de la relectura de Steinbeck es que, a diferencia de una inquietante cantidad de escritores, él resiste bastante bien el paso del tiempo. Y ello hasta el punto de suscitar –una vez más– cierta estupefacción por el hecho de que se le recuerde menos de lo que merece, y en todo caso menos que otros escritores simplemente más ruidosos. Aunque él guió su vida con esa idea tan estadounidense de que no puede haber escritura sin experiencia, mantuvo siempre la reserva sobre su vida con tanta pasión como el mismísimo Faulkner. Piénsese que –algo difícil de concebir en estos días–, tras el éxito de Cannery Row (1935), que proponía una alegre y semiácrata amoralidad, Steinbeck se fugó a México para huir de una fama que consideraba peligrosa (en otro momento huyó de Nueva York, incapaz de vivir entre tanto cemento).

Quizá una pista sobre el secreto de esa juventud de su escritura se encuentra en el prefacio a CanneryRow, la novela que inauguraba una serie de obras en apariencia menores, por su tono tierno y risueño, y que, sin embargo, como sucede con algunos de los entretenimientos de Graham Greene (así los llamaba él), aguantan mejor la edad que otras oficialmente más ambiciosas, como la muy behaviorista (aunque con un final inolvidable) Las uvas de la ira, que se sigue vendiendo como un clásico contemporáneo. Estas novelas se desarrollan en poco más de una calle de Salinas, en Monterrey, California, y escribe Steinbeck: «Sus habitantes, dijo alguien, "son chicas, macarras, tahúres e hijos de puta". Si ese alguien hubiese mirado por el otro lado del catalejo podría haber dicho: "son unos santos, ángeles y mártires"».

Y eso es lo que a mi modo de ver hace que volvamos a leer a Steinbeck con el mismo placer que hace años: como Shakespeare, como Picasso, Steinbeck no se aleja nunca del ser humano, al que siempre ve por los dos lados del catalejo. Y en literatura el ser humano no envejece nunca, es una propuesta infalible, y si alguien tiene dudas respecto a la capacidad de contarlo de Steinbeck (pues saber contarlo es el requisito) que lea por ejemplo Deratones y hombres (Edhasa), un libro que mediante el extraordinario retrato de dos campesinos, uno de ellos retrasado, terminó de vencer las reticencias críticas en Estados Unidos e instaló a Steinbeck, indiferente al mercado y reacio a repetir fórmulas de éxito (entonces había escritores así), en la comodidad de escribir en adelante lo que quiso, sin torturarse con las ventas, que por otra parte a menudo le fueron propicias. Sólo dos bazas se repiten en los textos humanos de Steinbeck, pero es probable que sean justo ellas las que los hacen humanos: el humor y la poesía.

Como, por ejemplo, en El invierno de mi desazón, publicada ahora por primera vez en España con motivo del centenario del escritor (casi toda su obra ha sido traducida, pero algunos títulos –cómo no-están descatalogados). En el escenario más grato a Steinbeck –el de la calle sencilla de una pequeña población que casi siempre es Salinas (California), pero esta vez es un pueblo de Long Island, en la costa Este–, Steinbeck, como un Dickens, como un Balzac o un Zola, se dedica a estudiar qué es lo que hace que un hombre, el empleado y antiguo propietario de una tienda de comestibles, cambie de valores, en apariencia de la noche a la mañana. Y si Steinbeck lo cuenta de una forma convincente es quizá porque la mutación afecta a la ambición, la codicia del hombre, y ése es terreno de la literatura. Véanse Dostoievski, Dickens, Balzac y, desde luego, Shakespeare, autor de los versos de los que toma Steinbeck su título: «Ya el invierno de mi desazón se ha vuelto radiante gracias a este sol de York» (Ricardo III, I, 1).

Cuando en 1961 se publicó El invierno..., algunos críticos apuntaron que Steinbeck volvía a las preocupaciones sociopolíticas del escritor en los años treinta, a quien el FBI no había propiamente investigado, pero sí abierto ficha como posible sospechoso de comunismo (ni que decir tiene que también fue lapidado por los comunistas, que pusieron en duda su ortodoxia en obras de cristalina indignación revolucionaria como En dudoso combate o la propia Las uvas de la ira).

Lo cierto es que si en aquellas primeras novelas de un Steinbeck de aguda conciencia social los personajes se rebelaban contra su destino pero terminaban asumiéndolo, en ésta, los personajes se rebelan contra esa condición de nuevos (pero felices) pobres –obsérvese que los héroes de Steinbeck son algo tan a contracorriente en Estados Unidos como perdedores– y hacen por salir de ahí. De cómo lo intentan, y el precio que pagan por cambiar sus valores, trata el libro.

Y véase también Al este del Edén, el clásico del propio Steinbeck reeditado ahora (¿tan poca confianza se tiene en los poderes del libro que es preciso recurrir en la portada a la foto de James Dean en la muy parcial película de Elia Kazan?), pues el principal motor de Al este del Edén se construye igualmente sobre el doloroso derribo de una apariencia.

Idéntica concentración en el hombre es la que consigue plasmar el escritor en Hubo una vez una guerra, antología de sus crónicas periodísticas en sucesivos escenarios de la segunda guerra mundial posterior a Pearl Harbour. Crónicas con un interés histórico secundario, pues él mismo cuenta que estaban muy condicionadas por la censura, pero sí sugerentes demostraciones de que nada puede callar a un periodista, ni reducirle a la mediocridad, si dispone de suficientes recursos de escritor.

Porque, salvo en las del final (y ésas, según y cómo), las crónicas tratan de la no guerra, de la espera de la batalla, y a menudo en escenarios tan estrechos como el puente de un barco de transporte abarrotado, y con personajes tan poco sugerentes como soldados uniformados con todos los tópicos de la vida cuartelera. Pero con tan delgados mimbres Steinbeck se las arregla para convocar, medio siglo después, el escenario más humano que existe: el del hombre esperando el alba para saber si ha llegado su hora.

Postergado habitualmente pese a haber ganado el Premio Nobel en 1962 (un reclamo que suele funcionar en todos los medios, incluido el académico), en general Steinbeck tuvo poca suerte con la crítica, que siempre lo consideró un escritor «popular» –lo que sin duda es; como en su día Shakespeare, como Cervantes, como García Márquez–, hasta el punto de que la decepción marcó las obras de su última época, y entre ellas El inviernode mi desazón, de una inocultable melancolía. Que esa miope postergación –la misma que afligió a Mark Twain, a Poe y a Melville-continúe en el agitado trasiego de banderías de las tribus críticas posmodernas de las universidades anglosajonas no debería ser pretexto para perderse la oportunidad de redescubrir o leer por primera vez a un autor que, pese a unas cuantas arrugas de época, no sin encanto, conserva una envidiable e inteligente frescura.

01/06/2003

 
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