ARTÍCULO

Elipsis

Plaza & Janés, Barcelona, 205 págs.
Grijalbo-Mondadori, Barcelona, 168 págs.
Edhasa, Barcelona, 540 págs.
 

La segunda mitad de la década de los ochenta, gran parte de los noventa, vieron en Galicia un auge de la novela negra; también de la policíaca. El culpable, si lo hubiera, fue Carlos G. Reigosa con Crime en Compostela (1984), Premio Xerais de Novela y desde entonces long-seller de una literatura, la gallega, necesitada de referentes. Como lo fuera en su momento Memorias dun neno labrego de Neira Vilas, como lo está siendo ahora O lapis do carpinteiro de Manuel Rivas, long-sellers para sentar una literatura nerviosa, insegura, rodeada de adversarios cuando no de enemigos. Crimen en Compostela aparece en castellano (el traductor es el propio Reigosa, quien borda la versión) dieciséis años después de su primera salida. Esto es mucho tiempo, demasiado, y sin embargo conviene decir que la novela de Reigosa aguanta muy bien los lustros que separan ambas versiones. Lo que dice mucho a favor de una obra de «género», y nada en beneficio de los poco avispados editores que no encontraron factible su traducción cuando la novela negra más interesaba al lector español. Recordemos que los últimos ochenta vieron una excelente colección de Silverio Cañada llamada precisamente «Etiqueta Negra», naufragada prematuramente en las librerías de viejo y puestos de lance. Crimenen Compostela, aun contando con los ingredientes de la novela negra, paisaje urbano, alcohol y sexo a raudales, amoralismo, etc., es en puridad una narración detectivesca donde lo que se impone es el método deductivo. En este caso quien pone a funcionar sus dotes de deducción es Nivardo Castro, un elemento gallego procedente de Nueva York donde realizaba ambiguas labores protectoras, a quien atrae a Santiago de Compostela su ex compañero de seminario Carlos Conde, periodista de primera fila, para investigar el asesinato de un importante empresario de la construcción. Nivardo, en seguida integrado en la ciudad levítica, estudiantil y turística y que empezaba a ser emporio burocrático, irá desentrañando el misterio, para hacer discreto mutis por el foro antes de la eclosión final. Es este desenlace elíptico lo que da un encanto especial a un libro que es, además, una guía de Santiago de Compostela. La guía, por cierto, que los turistas cabales harían bien en leer. A Compostela se dirigen también la protagonista y su séquito de La peregrina, casi el debú narrativo de Basilio Losada. Recordemos: Losada es el traductor canónico de Saramago (quien prologa La peregrina), y a él debemos múltiples versiones del portugués: Jorge Amado, Agustina Bessa-Luis, Eca de Queiroz, etc. Losada, por otra parte, es catedrático de gallego y portugués en la Universidad de Barcelona y un excelente crítico literario, de los que combinan el rigor académico con la batalla. Losada, en fin, es un buen narrador oral, lo que viene muy a cuento con el talento y el estilo desplegados en La peregrina. Que como decía es el debú narrativo de Basilio Losada ante el gran público. Antes había escrito una entrega, también medieval, también hagiográfica, para una colección de libritos que regalaba a sus viajeros por Galicia cierta compañía de autobuses. La peregrina nos cuenta la interpretación de Basilio Losada de la versión que de un milagro mariano fuera dada por Alfonso X en las Cantigas de Santa María. En dicho milagro se nos habla de una princesa de lugar impreciso, baldadiña (como aquel desgraciado del carretón de Divinas palabras), a quien ponen en danza con el fin de cubrir el Camino de Santiago en su variante francesa, desde luego. A partir de ahí se inicia una road story (que es casi movie, por el color y el calor que Basilio Losada aplica a su estrategia narrativa) en la que se irán incorporando diferentes elementos humanos hasta articular una comitiva. En ella el silencio de la protagonista se va contrapunteando por el ruido del bufón, un personaje realmente conseguido. El viaje resulta interrumpido (nunca llegarán a Compostela), curándose la peregrina en una resolución tan elíptica como en la novela de Reigosa en Villasirga, hoy Villalcázar de Sirga, Palencia. Compostela quedará entonces como suma de utopías, cuya intuición en la lejanía parece ser suficiente para la taumaturgia. Basilio Losada parafrasea a Alfonso X, cierto, pero amplifica por elevación el vigoroso miniado del Rey Sabio. Y por Compostela circula también en parte la novela de Alfredo Conde, Peregrino eninvierno. Un libro voluminoso que recoge una Compostela brillante y corrupta, que fácilmente enlaza con aquella de los primeros ochenta que Carlos G. Reigosa retrataba en su novela. Sólo que lo que éste anticipaba resulta en Alfredo Conde definición con el trazo grueso que merece el esperpento. Y es que Peregrino eninvierno es la novela del «parvenu» o rastacueros, al estilo del Bel Amí de Maupassant pero con menos sofisticación, dispuesto a medrar entre tiburones. Blas Carou, individuo de la emigración gallega a Caracas (y como escapado del memorable Viaxe ao país dos ananos de Celso Emilio Ferreiro, testimonio durísimo de la desde aquí idealizada diáspora) vuelve a Galicia a continuar sus hazañas mercantiles, en forma de hoteles por donde pasarán, solos o acompañados, quienes cuentan en la Galicia autonómica. Carou, entre mujer y amante, lleva una vida doble y aun triple en sus desplazamientos a Caracas (bueno el retablo que Conde hace del «relajo» caraqueño), lo que dificulta sus movimientos. En paralelo, la Galicia oficial y la subversiva, mostrada ésta en un delirante grupo nacionalista totalitario, casi se dan la mano. Y aquí se impone la visión esperpéntica de la realidad de Alfredo Conde, un autor bien dotado para el retrato moral y aun íntimo, pero que en absoluto desdeña los brochazos cuando la catadura del sujeto así lo pide. Al final Conde se guarda en la manga –elípticamente– algunos ases, él, que por su doble condición de escritor y político (Conselleiro de Cultura con González Laxe) conoce bien los entresijos del poder en Galicia. La solución, tal vez, mañana. De momento ahí queda un buen documento que es también una carga de profundidad.

01/01/2001

 
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