ARTÍCULO

¿Novela o documento?

Post Scriptum de Thomas Signoret
Trad. de Javier Calzada
Anagrama, Barcelona, 128 págs.
 

84, Charing Cross Road pertenece a la rica tradición de la novela epistolar, con una peculiaridad: los personajes son reales y el cruce de cartas no surge del afán de crear una novela sino de la necesidad de comunicar y de un progresivo acercamiento de los distintos corresponsales, especialmente de los dos protagonistas, a lo largo de un período de treinta años. Todos sabemos, sin embargo, que las cartas pertenecen a un específico género literario, sin necesidad de que estén concebidas como ficción. Y el género epistolar tiene, como las biografías y las memorias, una gran tradición dentro de la vida y la literatura sajonas. Donde hay un buen escritor hay una buena correspondencia.

Y Helene Hanff es, ante todo, una escritora. Nacida en Filadelfia en 1916, a los veinte años empieza a escribir obras de teatro y gracias a una beca consigue instalarse en Manhattan. Pero, nos recuerda Thomas Signoret en el post scríptum, «no tarda en hundirse en la miseria, escribiendo decenas de piezas sin que nadie se ofrezca a producirlas». En esta precaria situación económica se encuentra cuando descubre el anuncio de Marks & Co., una de las librerías de ocasión de la Charing Cross londinense, con los que se pone en contacto. Desde la primera carta advertimos ya un tono personal: «digamos que soy una escritora pobre amante de los libros antiguos». Estamos en 1949. Inglaterra vive todavía en pleno racionamiento. La pasión por los libros y los apuros económicos son dos temas centrales. Pronto se añade otro: el de los regalos. Helene empieza a mandar al personal de la librería carne, huevos en polvo y hasta medias de nailon. Puede decirse que les ha ido seduciendo poco a poco con su excepcional gusto por los buenos libros, con su generosidad, con su humor, con su capacidad para ir insinuando su mundo personal y hasta con su coquetería. Por eso sus cartas son las más atractivas del libro. A medida que la relación se hace más cálida, surge otro motivo recurrente: el de un posible viaje de ella a Londres para conocerlos, para conocer la librería y para conocer un país que ella venera.

En torno a estos motivos recurrentes se va tejiendo una trama que se apoya en los sucesivos cambios en la sociedad inglesa a lo largo de los años y, sobre todo, en el visible desarrollo sentimental: 84, Charing Cross Road es un libro conmovedor, y es aquí cuando se sale por completo del documento para acercarse a la novela. Hasta el punto de que el lector, cautivado asimismo por una estructura de naturaleza narrativa, tiene todo el derecho a dudar de si estas cartas no son un invento de Helene Hanff. Pocas veces la imaginación y la realidad han estado tan íntimamente fundidas. O, mejor dicho, pocas veces la realidad comparte todas las virtudes de la más delicada imaginación.

Hay un marcado contraste entre la seductora Helene y el reservado encargado de la librería, Frank Doel. Desde el principio ella trata de romper el hielo: «Me parece un poco tonto seguir escribiendo "señores" cuando tengo la certeza de que una y única persona se está ocupando de mis cosas». Le toma afectuosamente el pelo («¿y qué hace usted ahí todo el día, sentado en la trasera de su tienda y leyendo sin parar?»), le insinúa rasgos de su personalidad, coquetea con él y acaba por confesarle: «Ya ves cómo andan las cosas, Frankie..., tú eres el único ser que me comprende». Él contesta siempre como un verdadero profesional y un verdadero caballero (el caballero que ella necesita imaginar), hasta que, ¡a los casi cuatro años de haberse iniciado la correspondencia!, concede: «estoy completamente de acuerdo en que ya va siendo hora de que me apee del "señorita" cuando le escriba», «esta carta no tiene nada que ver con los libros, y no haré ninguna copia». Y la misma esposa de Frank, Nora, escribe al comunicarle la muerte de su marido en 1969: «No me importa reconocer que a veces me he sentido muy celosa de ti, porque Frank disfrutaba leyendo tus cartas y todas ellas, o muchas, revelaban un sentido del humor muy parecido al suyo. También he envidiado tu facilidad de escribir».

Lo atractivo de su misteriosa personalidad y su capacidad para seducir hace que el círculo de gente que le escribe y a los que escribe se vaya ampliando: conocemos así el mundo de Marks & Co., «una tiendecita antigua y encantadora, que parece salir directamente de las páginas de una novela de Dickens». Pero conocemos sobre todo la pasión de Helene por los libros y su conocimiento de los clásicos, con deliciosas observaciones sobre las ediciones, los autores y la escritura. Estos libros expresan también su admiración por Inglaterra, de la que la librería y sus habitantes son el símbolo más perfecto. A un amigo periodista le confiesa que «me gustaría ir en busca de la Inglaterra de la literatura inglesa», a lo que él responde: «Pues está allí, sí». Un viaje que ella tiene que posponer por falta de dinero, aunque «tal vez sea mejor que nunca haya estado allí. Soñé tanto con ello y durante tantísimos años [...] Solía ver las películas inglesas sólo para familiarizarme con las calles».

Gracias a la publicación del libro en 1971, Helene Hanff puede visitar Inglaterra por primera vez, pero Frank Doel ha muerto y la librería del 84 de Charing Cross ha cerrado. La fuerza del libro está en esta carga de nostalgia por algo que tal vez nunca existió o que nunca podría conocer, una nostalgia, podríamos decir, religiosa. Hanff conoció la fama, su libro fue llevado a la televisión y al cine, y murió como vivió, sin un centavo, en una residencia para ancianos de Manhattan.

La versión española de Javier Calzada, pese a algunos calcos, mantiene el encanto del original inglés. Lo de los «huesos en polvo» es una distracción del corrector. La ilustración de la portada expresa esa sensación tan presente en el libro, de un mundo delicioso, en blanco y negro, que se ha ido para siempre.

01/11/2003

 
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