ARTÍCULO

¿Novela o biografía?

RBA, Barcelona
304 pp. 20 €
 

«Quería suicidarme. Durante mi infancia sólo ansié ser amada. Todos los días pensaba en cómo quitarme la vida, aunque, en el fondo, ya estaba muerta. Sólo el orgullo me salvó». Estas palabras, que podrían haber salido de los labios de cualquiera de los cientos de miles de paranoicos, depresivos y maniacos que habitan este mundo, no pertenecen sino a una de las mujeres más poderosas e influyentes de la pasada centuria: la diseñadora francesa Gabrielle Chanel, más conocida como Coco. Una personalidad sin duda contradictoria, capaz de imponer su criterio con arrolladora determinación y, al mismo tiempo, asediada constantemente por inseguridades y prejuicios de todo tipo, impedida para las relaciones sentimentales y condenada al pozo de la amargura y la soledad. Polémica hasta el escándalo, voluble como una colegiala y terriblemente propensa a la crueldad y el despotismo, llevó a cabo, así y todo, una auténtica revolución en la lucha por la igualdad: cuando aún ni se hablaba del sufragio femenino y el papel de la mujer solía restringirse al de mera comparsa, ella ya gestionaba su propio negocio, con el que sembraba las semillas de lo que se convertiría en una de las mayores referencias de la moda en Occidente. Y es que antes de Dior, de Balenciaga o de Prada, la controvertida Coco, una muchacha de provincias, huérfana a una edad muy temprana e iniciada en la costura con las monjas de un orfanato, ya había dado un giro drástico a la concepción del modo de vestir, abriendo caminos que, hasta el día de hoy, no han hecho más que expandirse y conocer nuevos horizontes. Un carácter, en fin, irrepetible, modelo inmejorable para biógrafos y novelistas.
Así pues, en un año durante el que, por algún extraño designio, la sombra de este interesante personaje vuelve a planear sobre diversas publicaciones –tanto especializadas como profanas– y se cuela en los argumentos de varias películas (nada menos que tres), la autora gallega Cristina Sánchez-Andrade, con cuatro novelas en su haber y una apreciable acogida de público y crítica, da a la imprenta Coco,una dilatada inmersión en la atormentada psicología de la diseñadora que, pese a alejarse de los acostumbrados derroteros de la literatura española más acartonada, no deja de ser una biografía a la vieja usanza, disfrazada de narración moderna y, por ende, sin aportaciones literarias realmente significativas. A pesar del fascinante trasfondo histórico y de las ilimitadas posibilidades de una existencia tan azarosa y sugerente, se imponen unos procedimientos formales marcadamente alcanforados, herederos de una rancia tradición decimonónica más basada en la febril recopilación de datos que en una elaboración estrictamente literaria, aspecto este que no comprometería la validez de la pieza si de una auténtica biografía se tratase, pero que, situados en el terreno de la ficción, de la novela, resta originalidad y atractivo a la propuesta. Es importante insistir en este detalle, sobre todo porque la misma autora de Coco se ha encargado de dejar claro, en no pocas entrevistas, que su libro no es un simple y frío recuento de las vicisitudes existenciales de Coco Chanel, sino una recreación novelística de su mundo. Desde nuestro punto de vista, no obstante, mantenemos que dicho propósito no llega a completarse sino de una manera muy discutible, y que es eso, precisamente, lo que ocasiona que la novela, en general, defraude.
Es verdad: desacreditar una novela por su condición de biografía encubierta puede parecer un movimiento caprichoso, falto de criterio o, peor aún, fruto del encono o el recelo. Deja de serlo, no obstante, desde el momento en que se cuestiona la eficacia de los mecanismos propiamente biográficos en un ámbito tan frágil y heterogéneo como el de la literatura. Los desajustes, en ese caso, saltan a la vista desde la distancia. Así, por poner un ejemplo, mientras que en una biografía resulta del todo comprensible que el personaje reseñado ocupe el lugar central del discurso, eclipsando el resto de los elementos, en algo que aspira a ser una novela, en cambio, dicho recurso tiende a tornarse enojoso o impertinente. Hay ciertas narraciones, no cabe duda, en las que este o aquel personaje reciben una atención privilegiada, mas tal exclusividad suele responder a exigencias formales derivadas de la intención de la obra: piénsese, sin ir más lejos, en La metamorfosis o en El guardián entre el centeno, donde lo que importa es recalcar la soledad y el aislamiento de sus protagonistas. En Coco, el efecto pretendido se enmarca en esa misma órbita, si bien, antes que reforzar la personalidad de su heroína, va en demérito del conjunto. La consecuencia es, pues, que personajes de innegable importancia y otros de gran atractivo (Meg la Larga, Erny Capel, Misia Sert o apócrifos tan suculentos y estimulantes como Picasso, Cocteau o Stravinsky) quedan totalmente desdibujados, anulados, ensombrecidos, por la omnipresencia de Coco.
Por si esto fuera poco, la historia adolece de una notable falta de continuidad –es decir, de una serie de eventos que hilvane su desarrollo y propicie momentos culminantes–, con lo que la lectura se vuelve a ratos tediosa. Una y otra vez, en un afán de dar un mínimo de consistencia, se reiteran las obsesiones de Coco, intercaladas con momentos de gran tensión, mas esto no funciona sino como un mero motivo, como una señal en el camino, mientras que la senda en sí queda de­satendida, al albur de la mera sucesión de acontecimientos, algunos de verdadera relevancia e impacto, otros más bien triviales, cuya presencia en la trama no contribuye más que a engrosar el repertorio. El estilo, por su parte, no ayuda a sobrellevar tales baches ni a ennoblecer el terreno, sino que, bien al contrario, es acorde con la monotonía y asepsia del trayecto, manteniéndose, la mayor parte del mismo, en un segundo plano: aceptable, pero próximo a la transparencia que suele caracterizar, precisamente, a las biografías.
La obra, por tanto, naufraga en sus anhelos principales: pese a lograr un acertado dibujo de la compleja personalidad de Coco, los altos costes de tal empresa hacen que los demás elementos se resientan y que el edificio entero se tambalee. Es como si, para mantener una habitación en pie, Sánchez-Andrade se hubiera visto obligada a desestimar el resto, cuando no a derribarlo. El producto final produce, así, una incómoda sensación de desequilibrio. 

01/11/2007

 
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