ARTÍCULO

Notas veraniegas (con los libros dentro)

 

Troya y el mito. En The Writer's Journey, de Christopher Vogler, que es una especie de biblia para guionistas cinematográficos en ciernes, se enseña que la «estructura mítica» es lo que se halla en la base del éxito de las grandes películas de Hollywood: «Las historias que contamos hoy tienen mucho en común con la antigua energía de los mitos. Los patrones estructurales y los personajes arquetípicos de los mitos proporcionan la base de la narración moderna y todos los escritores deberían familiarizarse con estos elementos». Vogler se inspira, claro está, en Jung y en su discípulo mitógrafo Joseph Campbell (véase El héroe de las mil caras, FCE, México, 1959, y la tetralogía Las máscaras de Dios, Alianza, 1992). David Benioff, el guionista de Troya, también ha tenido en cuenta esas obvias enseñanzas, igual que lo ha hecho el director Wolfgang Petersen. Más allá de la adaptación libérrima de la Ilíada y de la inevitable reducción de la historia a términos más moralmente soportables por el público norteamericano de hoy (un país en guerra, no lo olvidemos), su espectacular película conserva todavía un recuerdo del mito. Más intenso, sin duda, que aquella Helena de Troya (1955) de Robert Wise, que fue mi primera iniciación cinematográfica a la épica homérica. Troya falsea el relato homérico con la intención de hacerlo más «comunicable» para nuestro tiempo: la película no se limita a un episodio (el que suscita la cólera de Aquiles y sus idas y venidas), sino que bucea en la «historia» anterior y posterior en busca de «fundamento» narrativo. Los dioses juguetones y arbitrarios –los otros grandes protagonistas del relato– brillan por su ausencia. Agamenón es un estratega moderno que se mueve por poder político, no para vengar una afrenta de honor. Héctor recuerda ideológicamente a un equilibrado demócrata. Aquiles es un héroe-asesino con algo de máquina, un personaje sediento de gloria cuya relación con Patroclo carece de la tensión homoerótica del original, con lo que tampoco se entiende muy bien su pena por la muerte del «primo». Y cuyo destino (en la película), al contrario de lo que explica James Redfield en su lectura de la Ilíada (véase La tragedia de Héctor, Destino, Barcelona, 1992) no necesita de Héctor para realizarse. Y Príamo es, simplemente, un estúpido, como también lo son Menelao y Paris (éste con disculpa). Pero, con todo, la película conserva una huella de la fuerza del relato fundador de nuestra cultura literaria. Una huella lastrada por los imperativos de espectacularidad de este nuevo tipo de peplum tecnológico (pensemos en la convincente Gladiator, de Ridley Scott), pero en la que, a veces, resplandece el fuego del mito. Y que suscitó que, cuando regresé del cine, buscara de nuevo la Ilíada.

Otras épicas. Los personajes (¿llegan realmente a serlo?) de Edward Hopper (18821967) son la contrafigura de los homéricos. Tengo ante mí el catálogo que acompaña a la estupenda retrospectiva del pintor comisariada por Sheena Wagstaff (en la Tate Modern hasta principios de septiembre), y caigo en la cuenta de que Hopper ha moldeado en gran parte nuestra pertrechada imagen de Estados Unidos. Ojeo las reproducciones y hago inventario de escenarios nada gloriosos: oficinas vacías heridas por una luz inclemente, calles desiertas, habitaciones de moteles donde el único drama en escena es el del paso silente y corruptor del tiempo, diners semivacíos en los que no puede satisfacerse ningún apetito, teatros sin representación aparente. En ellos residen –porque en ellos habitan– personajes que siempre parecen esperar algo, pero que no hacen nada para suscitarlo. Hubo una palabra, hoy casi olvidada, que podría definir su estar: alienación. La exposición, que recoge óleos y acuarelas de una carrera que se extiende a lo largo de sesenta años, demuestra las raíces del pintor suburbano: de París no le interesó Picasso, sino la luz de los impresionistas. No hay nada menos vanguardista que esa soledad en que parecen flotar esos personajes sin espesor ni aliento. Si son o no «universales» depende desde dónde se miren. Aquí, entre nosotros, sí lo son.

Edición y compromiso. A pesar de lo que indica el título de la exposición recientemente organizada por la Residencia de Estudiantes, Ruedo Ibérico fue bastante más que un «desafío intelectual». Fundada en 1961 por un grupo de exiliados o disidentes antifranquistas, entre los que estaban Nicolás Sánchez-Albornoz, Ramón Viladas, Vicente Girbau, Helena Romo y, desde luego, su incansable y astuto director Pepe Martínez, la editorial se convirtió durante buena parte de su existencia en un punto de referencia en la lucha contra la Dictadura. Ruedo Ibérico suscitó a lo largo de su existencia la enemistad de muchos adversarios y el acoso, físico y moral, respectivamente, de dos temibles enemigos: la policía política del Régimen y el Partido Comunista de Carrillo. En sus veinte años de existencia publicó más de 140 libros de autores de todo el espectro político antifranquista, desde Álvarez del Vayo o Max Aub, hasta Jorge Semprún o Pierre Vilar, pasando por Calvo Serer, Gibson, Claudín o Espriu, además de una buena representación de clásicos del pensamiento marxista y libertario. José Martínez Guerricabeitia (Villar del Arzobispo, 1921-Madrid, 1986), el editor que hizo posible e imprimió su personalísimo sello a todo el proyecto, consiguió la difícil proeza de que algunos de sus libros se convirtieran en best sellers clandestinos en una España impermeabilizada ideológicamente por el esfuerzo combinado de la policía y de una férrea censura previa: La guerra de España, de Hugh Thomas, El laberinto español, de Gerald Brenan, El mito de la cruzada de Franco, de Herbert Southworth, o Los militares y la política en la España contemporánea, de Stanley Payne, fueron algunos de esos títulos que se introducían clandestinamente en el país, llegaban al desván de ciertas librerías y se vendían bastante mejor (incluso entre la clase política del Régimen) que otros que ostentaban el depósito legal. Además de los libros, José Martínez impulsó los célebres Cuadernos de Ruedo Ibérico, una moderna revista (66 números aparecidos a partir de 1965) en la que publicaron a cara descubierta o con seudónimo muchos nombres sonoros de la Transición. Pero, sin duda, el mayor éxito de ventas de toda su historia correspondió a La Santa Mafia, el controvertido libro de Jesús Ynfante (antiguo secretario personal de José Vidal Beneyto, de cuyo archivo pudo aprovecharse) sobre el Opus Dei, que causó una pequeña, pero sensible, conmoción en España cuando se publicó en 1970, en pleno apogeo del franquismo «tecnocrático». José Martínez, del que puede leerse una documentada y muy recomendable biografía de Daniel Forment (Anagrama, 2000), fue un hombre contradictorio y con lados oscuros, pero también fue un movilizador de energías y un editor excepcional que se adelantó a su tiempo y supo aprovechar las posibilidades que las circunstancias le brindaron. Su trágica muerte vino a poner punto final a la muerte moral y a la soledad política en que estaba instalado desde su regreso a España.

01/08/2004

 
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