ARTÍCULO

La química de la poesía

Tabla Rasa. Madrid
270 págs. 16 €
 

Wallace Stevens (1879-1955) señalaba en uno de sus Adagia que «poesía y seguros no es una mala combinación». Francisco Guillén, el narrador y protagonista de Notas a Fritz, la primera novela de Francisco García Olmedo (Cádiz, 1938), afirma que ha «descubierto que la poesía puede ser tan complicada como la química. De hecho, supone más esfuerzo descifrar un verso que una reacción química porque no hay reglas que descubrir ni lógica que lo sustente, sólo el lector que debe reinventar el significado». Y otro de los personajes principales del relato, alguien que se hace llamar Jim, dice que «la ciencia inventa la realidad no menos que la poesía. Yo me considero un inventor de metáforas, de hechos científicos».

Y no es casual la cita de Wallace Stevens, porque es un fragmento de uno de sus poemas, «Connoisseur of Chaos», el que permite al químico Francisco Guillén darse cuenta de que la investigación científica que ha estado desarrollando no ha sido más que un fraude; y quizá con dos únicos versos se da cuenta de que toda su vida tiene mucho de fraude.

Porque Notas a Fritz es la historia de un fracaso. O de muchos fracasos. El fracaso de las relaciones entre la ciencia y el poder: imposibles en la Alemania nazi de Adolf Hitler, imposibles en los Estados Unidos paranoicos de Richard Nixon y, por supuesto, imposibles en la España desmantelada de Franco. El fracaso de las relaciones amorosas, que siempre encuentran motivo para torcerse: un marido, una crisis económica o una guerra. El fracaso de la investigación que intenta ordenar el mundo. Y, además, el fracaso de la poesía. El fracaso de la amistad, condenada a una asociación temporal limitada, como la de ciertos organismos de la naturaleza. El fracaso de la cooperación que tantas veces conduce a la traición. El fracaso íntimo, al que se llega por no decir, por no hacer, por no querer ver o por no saber ver. El fracaso, en fin, que le lleva a escribir a Francisco Guillén al final de su relato que «en definitiva, nada entre las manos».

Pero, pese a este mensaje amargo y desencantado que se va adueñando poco a poco de estas Notas a Fritz , lo mejor de la novela está ligado a la fascinación del aprendizaje, al disfrute de la seducción y del sexo, al descubrimiento de la poesía, a la satisfacción por los avances de la investigación científica, al conocimiento, a la aventura teatral o a la movida nocturna de un Berlín inacabable. Un entusiasmo el de Francisco Guillén que recuerda al de Pepe Garcés en la Crónica del alba de Ramón J. Sender. Un entusiasmo que hace que la parte alemana de la novela sea mejor que la parte estadounidense de la novela: la juventud mejor que la madurez. A menudo da la impresión de que ese discurso negativo de Francisco García Olmedo surja como una imposición intelectual que se enseñorea por encima de la exaltación y el deseo. Y así parece confirmarlo la «nota póstuma» que hace a las anotaciones de Francisco Guillén su amada Bea: «Fue capaz de renacer de sus cenizas de forma repetida y de ser feliz y de hacernos felices en circunstancias adversas».

La vida de Francisco Guillén cruza el siglo XX . De una Andalucía que el imaginario se niega a dejar de ver como territorio romántico al Madrid de Primo de Rivera, pero también al del clima renovador de la Institución Libre de Enseñanza; de la Alemania alegre y luego descompuesta de la República de Weimar a los Estados Unidos de los movimientos izquierdistas de los años setenta; del odio fratricida de la Guerra Civil española al odio racial del régimen hitleriano. Pero Francisco Guillén cruza el siglo XX ignorando casi todo lo que va sucediendo a su alrededor: del horror nazi «no tuvo la menor noticia hasta años después, cuando se atrevió a leer sobre la siniestra historia de aquel tiempo»; no sabe que en su propia familia estaban quienes lo delataron, y sólo una casualidad le permite enterarse de las actividades criminales de uno de sus ayudantes más queridos. Es posible que la hiperespecialización sea la que condene a Francisco Guillén, un exiliado perpetuo, a una especie de ceguera producida por su trabajo, basado en el trabajo obsesivo y no en la teoría: como el colibrí, tiene que realizar «un movimiento frenético de las alas para procurar un sustrato con que cebar la hoguera metabólica que sostiene un movimiento frenético».

Perorata del apestado (Anagrama) fue el debut como novelista, también muy tardío, de Gesualdo Bufalino (1920-1996). En el extraño sanatorio donde se desarrollaba la trama no había lugar para la esperanza. Aunque apenas tiene que ver con Notas a Fritz, he pensado a menudo en Perorata del apestado mientras leía la novela de Francisco García Olmedo, porque la ciencia ocupa en ambas una posición central y con un discurso semejante: la razón positiva no ha sido capaz de resolver los problemas del hombre contemporáneo.

Habría preferido que la voz de Francisco Guillén, el químico desconcertado, fluyera de forma lineal y no quebrada, que sus razones íntimas desbordaran a veces al control racional y que su obsesión por dos épocas de su vida no eclipsara totalmente las otras. Notas a Fritz es una prometedora primera novela sobre un mundo en el que la literatura española no suele detenerse. Fritz es un judío asquenazí que no pudo leer la historia que su amigo Francisco Guillén escribió para él: está bien poder convertirse durante un tiempo en Fritz.

01/09/2004

 
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