ARTÍCULO

Nostalgia del limbo

Icaria/Poesía, Barcelona, 1997
Edición de Carlos Ortega
112 págs.
 

«Me ablanda el mundo blanco de la nieve», escribió Robert Walser (1878-1956). Sobre esta nieve, símbolo de la quietud, la amplitud y el sosiego, cayó muerto durante un paseo después de haber vivido por más de dos décadas en diversos manicomios. Él mismo fue el autor y el actor de su propia literatura. Dejaba tras de sí alrededor de una quincena de libros de poemas, novelas y obras de teatro compuestas al abandonar un sinfín de oficios bajos. La poesía de Walser está repleta de ironía, de simbolismo, de determinismo y estoicismo, de melancolía, desgana por la vida y tristeza. Sus elementos metafóricos muy accesibles, están sacados de la vida cotidiana y de la naturaleza. En estos poemas de 1909, publicados en una edición de bibliófilo con ilustraciones de su hermano Karl, aparecidos con anterioridad en la prensa diaria y periódica, todavía está muy presente la huella simbolista, en especial Laforgue y la recreación de su mundo noctámbulo que en el escritor suizo no sólo es nocturno sino también diurno. Walser deambula a cualquier hora del día, él es el deambular mismo. El poeta francouruguayo tomaba como interlocutor de su soledad a la luna que «desde fuera nos contempla» y es la «herida de la noche» entre las gotas de sangre de las estrellas. Walser también se refiere a la luna como su única contempladora, una luna que va llorando «por las estancias donde / los hombres o son locos o son sabios». Ese mismo tono de desheredado del mundo lo conserva el poeta suizo autocalificándose como pobre criado distraído que vive en la carencia y lejos de la dicha, en este jardín que es el mundo, «en el que ahora / todo placer ha muerto, / y cielo y voz se pudren...».

El poeta circunloquia con el poema. La luna, como en Laforgue, también es una fiel confidente. Recordemos el «Solo de Luna», las «Nobles y entrañables divagaciones bajo la luna» o el «Diálogo previo a la salida de la luna», en cuyo último verso escribió el poeta francouruguayo: «perderme por ahí, al albur de la luna». El mismo Robert Walser, que jamás pierde la consciencia en el poema, es un autor muy sensitivo y vehemente, pero a la vez –y esto quizás pueda parecer curioso– muy racional. Es consciente, por ejemplo, de la necesidad de controlar «esta tendencia al llanto», aunque en ese mismo poema, «Tiempo por delante», irónicamente afirma a continuación lo mismo que en el título. Hay tiempo a pesar de las sombras cerniéndose ya no sólo sobre él mismo, sino también sobre la naturaleza donde está cobijado sin saber que ese acto es recíproco, «sus ramas como manos infantiles / suplican sin cesar» («Atardecer»). Las referencias a la infancia son muy constantes, así como la utilización metafórica de muchos objetos procedentes de la misma.

¿Es posible acaparar en uno mismo parte del sufrimiento del mundo y así liberarlo en esa proporción? Esa es la pregunta que se hace en «Y para qué». Pero ese pensamiento utilitarista lo rechaza de inmediato dado que el sufrimiento, aunque no lo diga a las claras, es algo gratuito, generoso y desconocido porque de no ser así lo sería menos. El camino del poeta es la soledad, referencia infinita en su obra; una soledad muy grande, hermosa, «cuya fría quietud cualquier voz perturbaría» («Lucero del alba»). Una soledad que únicamente es compatible con la nostalgia, misteriosa y oscura, indefinible, equiparada con la naturaleza sombría, fundamentalmente representada por los árboles. La nostalgia que es como el único rumor del mundo y de la vida que se cuela, como se cuela el amor, como un peligro al que se teme entregarse y rechazarlo. El amor que es sobre todo desengaño, instante inolvidable, pero cuya herida nunca cicatriza. Son las trampas del exterior, por eso también Walser como Laforgue recurre a las habitaciones como refugio frente a la cobardía o al abandono por la vida. Las habitaciones son el reflejo del ámbito interior, el espacio en donde no cabe la mentira. Walser vive en la angustia y el dolor no ya como una consecución, sino como un anhelo. Se despreocupa del tiempo que mide el tiempo y entra en el silencio desmedido. Todo lo que no es silencio fue un desacertado e «imprevisto ruido» («De vuelta a casa»). Y si el silencio es la ausencia de la palabra o su incapacidad para ya expresarse, igualmente se refiere a la propia desnudez física, a la falta de ropa, como similitud con la paz interior. El no tener nada es la máxima expresión de la libertad. El sacrificio de Cristo –siempre directa o indirectamente referenciado– se consuma con su desprendimiento de la cruz cuando no sólo está ya vacío de palabras sino también de ropas; es la pura desnudez. El silencio, la desnudez, la oscuridad. La luz le refleja su culpa, la claridad deslumbra a Walser, todo lo más puede vivir bajo un frágil rayo de un claro de luna. La opción es quedarse quieto, a pesar del empuje y la inercia de la gravedad de la vida, mirar desde la ventana cómo va pasando el mundo y quedarse al margen de un camino que lleva cerca y lejos: «Soy espacio olvidado para un vagar excelso» («Demasiado filosófico»).

Para el autor de estos poemas desoladores, la vida es algo pequeño al lado de la gran nada. Y la gran nada es el paso del tiempo que va enterrando a la vida. Por eso hay que huir de ella, perderse en las horas aunque se sepa de la inevitable llegada del apremio, del vencimiento, «cabe tanto en una hora / ...cabe el mundo en una hora». Hay que perderse y burlarse de las horas, y en la niebla, pero siempre llega el miedo de lo desconocido.

¿Dónde está la casa, dónde está el hogar? Siente nostalgia de todo esto como de lo que no se tuvo. Walser más que por la muerte opta por el sueño. La muerte es algo violento y desgarrado. Desea entregarse al sueño para quedarse en él fuera de la razón perdida sosegado en su resplandor, sin culpas. Walser opta por el limbo, por no haber crecido, y por sólo tener el pecado original.

La edición de Carlos Ortega está tan bien cuidada, según su habitual buen hacer.

01/04/1998

 
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