ARTÍCULO

Nostalgia del Absoluto

Trad. de Edgardo Dobry Anagrama, Barcelona
224 págs. 12,5
 

A partir de ocho clases magistrales en la universidad de Oxford –las Weindenfeld Lectures, que han tenido entre sus conferenciantes también a Umberto Eco– nace el libro La literatura y los dioses de Roberto Calasso. El escritor y editor de la casa Adelphi publicó en el 2001 estas ocho reflexiones, que se alejan de los estudios de literatura comparada propios de estas conferencias para proponer una teoría muy sugestiva y personal sobre la presencia de los dioses en la literatura y lo que ha dado en llamar «literatura absoluta»: «un saber que encuentra fundamento en sí mismo», «que se declara y se pretende inaccesible por otra vía que no sea la composición literaria» (pág.142); en definitiva, una literatura por sí misma y para sí misma, autosuficiente, autogenerada, y que se alimenta cíclicamente con su propia materia, en «ondas mentales» que llegan generación tras generación; una escritura directamente relacionada con la epifanía de lo divino, con pretensión de englobar todo en ella, el absoluto. Esta obra brillante y, cómo no, muy arriesgada, ha generado un debate en Italia y ahora llega a nuestro país. El autor construye con este libro una cúpula teórica sobre sus obras Las bodas de Cadmo y Harmonía y Ka (Anagrama, 1990 y 1999). Si éstas trataban, respectivamente, de los mundos míticos de la antigua Grecia y la antigua India, ahora se pone de manifiesto la aplicación de esos mitos a la mejor literatura de la modernidad, o a lo que el autor entiende como tal. Sin embargo, crear nuevas mitologías, o intentar volver a las antiguas, se ha probado siempre contraproducente, aunque es una necesidad y una búsqueda lógica en el hombre, como ha analizado Steiner de forma muy acertada en su libro Nostalgia del Absoluto. Calasso va a la busca de un absoluto y para ello rastrea la literatura clásica, la pintura italiana del primer Renacimiento, la Florencia de Poliziano y Marino, hasta llegar a esa «edad heroica de la literatura absoluta», un momento fundacional que sitúa entre la aparición de la revista Athenaeum en 1798 ––creada por Schlegel y Novalis, entre otros «serafines orgullosos»–– y la muerte de Mallarmé en 1898. Un siglo que, según el autor, ve el nacimiento de esta literatura desvinculada de lo social y que constituye casi una forma de conocimiento en sí misma a partir de la epifanía de lo absoluto, de lo perdurable. Curiosamente, esa «edad heroica» coincide con el período de aparición de las nuevas mitologías, sustitutivas de la erosión de la teología, que apunta Steiner: corrientes de pensamiento con pretensión de totalidad, de metafísica (o metaliteratura, en el caso de La literatura y los dioses ). Se trataría, según parece, de uno de esos asideros espirituales que tantas veces se echan en falta, también para quien, en literatura, desea clasificar y calificar. Jung ya proponía traer de nuevo a los antiguos dioses y para Schlegel, por el contrario, era necesario crear «una nueva mitología». En este último se anticipan muchas de las ideas que presenta Calasso: «la poesía infinita, que alberga el germen de las otras poesías» (pág. 57). Podemos constatar así una cierta obsesión neorromántica por los absolutos en Calasso, que enlaza con la tradición más idealista, de Schlegel a Mallarmé: la literatura como nueva mitología de arte puro –sin miasmas sociales–, de «arte por el arte». A su manera, el libro propone un «canon» de autores: aquellos que escriben la única literatura que merece tal nombre, aquella que vive por sí sola en una burbuja con completa independencia de modas e influjos (si ello fuera posible). Una literatura total, divina, y, por tanto, espiritual que crea una suerte de «hermandad» entre los escritores que forman parte de ella. En el libro hay momentos de gran calidad literaria y crítica: las palabras que se dedican a Lautréamont, la definición de ninfa-nínfula a propósito de Lolita de Nabokov –él mismo un nymphóleptos por necesidad, como Humbert Humbert– y otros. Pero, en cambio, hay veces en que el lector se pierde en una sutil maraña de referencias, como cuando se aventuran los pensamientos secretos del iluminado Hölderlin, o se trata de seguir ese hilo casi imperceptible que va de los Upanisads a Mallarmé, en unas transiciones un tanto forzadas. En esas ocasiones, como ocurre por ejemplo en el capítulo séptimo, el sendero puede ser cansado. Hay que señalar, además, la destacada ausencia de cualquier rastro de los místicos y poetas del cristianismo o del islam en esta literatura inspirada por el numen: acaso sea por motivos de gusto personal, porque no se puede obviar de esta manera el misticismo de inspiración cristiana en un recorrido por la presencia de lo divino en la literatura. Se echa de menos, por ejemplo, a san Juan o a Teresa de Ávila. Cierto que no se trata de «los dioses» del clasicismo grecolatino, pero no olvidemos que en muchos aspectos estos monoteísmos son herederos de las epifanías clásicas. Ningún español, por cierto, en la lista. Sólo Borges en nuestra lengua merece una mención. Calasso es, en definitiva, un «trenzador» de historias, al estilo de los antiguos aedos. El lector queda fascinado por esta habilidad, este hilar fino y entrelazar los más diversos autores y obras, plagando el texto de citas muy bien fundamentadas en las notas. La literatura y los dioses es, a mi entender, la culminación de un proyecto literario, personal y, por qué no, también editorial. Literario y personal, porque el libro es producto de la evolución de las propias investigaciones y sofisticados gustos de Calasso. Muchas de estas ideas se encuentran esbozadas en las obras anteriores ya citadas. Estas ocho lecciones de literatura vienen a poner en orden los apuntes sobre una historia literaria subjetiva y sugerente, que sería supuestamente conducida por un hilo espiritual ininterrumpido. Un hilo que, como el de Ariadna, podría llevarnos hacia atrás en el tiempo, hacia dentro del laberinto: desde los escritores «absolutos» de la modernidad (Hofmannstahl, Borges, Calvino, veremos más miembros del «canon» a continuación), pasando por el simbolismo francés y el romanticismo idealista de los alemanes, hasta llegar a los griegos y a la antigua India. Pues, de forma consciente o inconsciente, «todos hablan de la misma cosa» (pág. 145). En cuanto al proyecto editorial, no olvidemos que el autor de este libro dirige una de las más prestigiosas casas italianas; se trata de una rara avis en la intelectualidad de aquel país, un hombre que, para su propia fortuna y la de muchos lectores que compartimos sus gustos, ha confeccionado a su imagen y semejanza el entero catálogo de Adelphi. Si se quiere una confirmación sobre cuál sería ese canon absoluto, ese Parnaso de los literatos «golpeados» por la divinidad, échese tan sólo un vistazo al catálogo de su editorial: en él encontraremos reflejada esa idea de la literatura absoluta, idealista y en cierta manera elitista: Nabokov, Benn, Brodsky y Chatwin comparten catálogo con Novalis, Kafka, Valéry, Kalidasa y algunas rarezas de la Antigüedad tardía como el mitógrafo Higino o el oscuro poeta Nono. Este último, por cierto, muy utilizado en Las bodas de Cadmo y Harmonía, cuyos dos primeros capítulos son un remake de algunos mitos de sus Dionisíacas. Se puede compartir o no la idea de una literatura absoluta que nos propone Calasso en este libro. Algunos de sus capítulos tienen destellos de buena literatura, aunque por lo general se nota un excesivo celo en relacionar ideas y personas de un modo a veces demasiado frágil. Si Calasso lo consigue es sin duda por su prosa fluida, poética –algo pedante quizá–, que alterna la erudición de un hombre muy leído con los brillos apolíneos de un escritor neorromántico. La tesis de la literatura absoluta, que es lo que queda al lector y a la polémica, no se sustenta tan bien si se analiza a fondo todo ese armazón de lecturas y catálogo de nombres. Para quien conoce las referencias, será un placer recoger en un ovillo todo el desafío intelectual de La literatura y los dioses, ya sea para rebatirlo o para maravillarse ante este extraordinario escritor y tejedor de literaturas. Sin embargo, a aquel pobre mortal a quien falte una lectura, un autor o que sencillamente esté en un plano poco propicio para ser iniciado o deslumbrado por la divinidad, las palabras de Calasso le resultarán sin duda más herméticas.

01/04/2003

 
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