ARTÍCULO

¿Nos están destinadas las cartas de Kafka?

S. FIscher, Francfort, Alemania
Edición de Hans-Gerd Koch, 5 vols.
 

Ningún lector que eche por vez primera un vistazo a las cartas de Franz Kafka se ahorrará el sobresalto de hallarse, de pronto, dentro de la piel de otra persona. Es un sobresalto para el que no estamos preparados, en una época en la que las «confesiones descarnadas» y los «diarios íntimos» ya no apasionan a nadie, y no digamos le indignan moralmente. El aburrimiento asfixia hoy en día tales emociones, aburrimiento ante la vista de una «esfera íntima» devastada, que bajo la presión de los medios de comunicación de masas degenera en páramo.

Con Kafka todo es diferente. Cuando, en el año 1969, Elias Canetti escribía su gran ensayo El otro proceso de Kafka, impresionado por sus Cartas a Felice, confesaba su duda de si las más de quinientas cartas a la prometida berlinesa de Kafka, Felice Bauer, estaban en realidad destinadas a ser vistas por nuestros ojos: «Es verdad que ya llevaba muerto 43 años cuando estas cartas se publicaron, pero la primera impresión que se recibía –uno le debía respeto, a él y a su desgracia– era de embarazo y vergüenza. Conozco a personas cuya vergüenza aumentaba al leer las cartas, no podían librarse de ese sentimiento, y no lograban penetrar en ellas».

Una de las numerosas paradojas de la recepción de la obra de Kafka es que precisamente clasificar sus cartas por destinatarios parecía aliviar al lector: el que no sabía mucho sobre Kafka podía leer con buena conciencia las Cartas a Felice como novela epistolar, el título del libro como el título de una obra, y eso es probablemente lo que hacían la mayoría de los lectores. La historia de sus ediciones ha provocado ese procedimiento de incluir las cartas sin más ni más dentro del legado literario, porque entre tanto han pasado ya cuatro décadas desde que se intentó por vez primera reunir en un volumen todas las cartas de Kafka conservadas; desde entonces sólo se han impreso partes de su correspondencia: Cartas a Felice (1967), Cartas a Milena (1952-1983), Cartas a Ottla y a la familia (1974), la correspondencia con Max Brod (1989) y por último las Cartas a los padres de los años 1922-1924 (1990), encontradas de forma sorprendente.

En cada una de estas correspondencias, el lector se mueve dentro de un cosmos cuasi literario: lee una historia que tiene un principio y un fin, y en medio líneas de tensión, nudos dramáticos, demoras y bruscos cambios. Apenas sí molesta que las respuestas falten casi siempre, porque precisamente la extraordinaria intensidad verbal, el cuidado que Kafka pone hasta en el más fugaz de los saludos, hace olvidar al lector que en modo alguno está sumergiéndose en la vida interiorizada de un hombre aislado, sino en un tejido de relaciones sociales y psíquicas. Al fondo de estas «novelas epistolares» aparece la cotidianidad real de Kafka, torturadoramente fragmentada durante muchos años: la lucha nocturna por la siempre negada inspiración literaria, el trabajo de oficinista en una compañía de seguros de Praga, las exigencias de los padres, parientes y amigos, las intensas lecturas, la confrontación con el sionismo, y finalmente las limitaciones que la tuberculosis le impuso.

Ahora, por fin, vuelve a ser posible una lectura de las cartas de Kafka que proporciona una imagen más realista y, sobre todo, nos da una impresión de en cuántos escenarios simultáneos se movía Kafka. En la editorial S. Fischer de Francfort se ha publicado el primer volumen de una nueva edición de las cartas en cinco volúmenes, a cargo de Hans-Gerd Koch, que da un paso importante más allá de todas las ediciones anteriores. Por una parte, las cartas están acompañadas por vez primera de comentarios que dan una visión precisa del entorno profesional, familiar y literario de Kafka. Estos comentarios suministran, por así decirlo, un concentrado de la investigación biográfica kafkiana, especialmente intensa y exitosa en las últimas tres décadas: hay que mencionar ante todo a Hartmut Binder, Klaus Wagenbach, Anthony Northey y el propio Hans-Gerd Koch. Por otra parte, la edición presenta todas las cartas, postales, anotaciones en álbumes y dedicatorias de Kafka que se conservan –en total más de 1.600, 381 de ellas en el

Un ejemplo: El 11 de diciembre de 1912, Kafka envía –con una dedicatoria manuscrita– el primer ejemplar de su primer libro a Felice Bauer: el fino volumen Contemplación, que contiene textos cortos en prosa, impresos en un tipo de letra gigantesco. «¡Sé amable con mi pobre libro!», le intima en una carta adjunta. En la noche de ese mismo día vuelve a escribirle, más extensamente, sin mencionar otra vez su libro. En vez de hacerlo le pide que le cuente todos los detalles de su vida que pueda, porque eso le lleva «a una casi enloquecida cercanía» a ella. Naturalmente, en la carta se buscan en vano detalles expresivos de su vida, porque casi no consiste más que en quejas: no consigue avanzar con la escritura (se refiere a la novela El desaparecido), y hoy sólo ha escrito lo bastante «como para poder resistir el día de mañana». La novela y Felice, Felice y la novela... ya no parece haber nada más para Kafka: las cartas anteriores y posteriores refuerzan esa impresión, y lo que amenaza con perturbar el campo entre ambos polos es rechazado con las autoacusaciones típicas de Kafka: es incapaz para el trabajo en la oficina, para la vida en familia, se le tolera a duras penas. Así se puede leer en las Cartas a Felice. Pero resulta que ese mismo día Kafka escribió aún una tercera carta, una carta sin duda conocida, pero apenas apreciada, porque hasta ahora había estado escondida entre los «papeles oficiales» de Kafka. Se trata de un escrito de 16 páginas a la dirección de su compañía de seguros en el que Kafka exige un inmediato aumento de sueldo del 50% y el ascenso a «Vicesecretario». No es una petición, tengamos esto claro, sino un memorial salpicado de tablas y cifras comparativas que presenta grandes injusticias ante la dirección y las argumenta con agudeza de jurista. No sabemos cuántos días trabajó Kafka en esa carta; si Felice la hubiera visto, no habría podido creer que saliera de la pluma de «su» Franz, ese funcionario de seguros supuestamente tan ajeno al mundo, incapaz y desinteresado.

Un ejemplo impresionante de que los principios editoriales no son cuestiones meramente académicas, sino que afectan directamente al lector. Es como si de golpe se abriera una ventana por la que se ve a un Kafka más vivo, más allá de todas las estilizaciones que conforman de manera innegable hasta las más sinceras cartas de amor. Incluso la peculiar y persistente leyenda de que Kafka no había tenido una verdadera evolución se cae por sí misma en cuanto se sitúa a las cartas en su contexto temporal. Cómo Kafka se va desprendiendo poco a poco del esteticismo del cambio de siglo, cómo pasa de imágenes vagas de contornos inciertos a metáforas cada vez más precisas y cómo –paralelamente al desarrollo de esa precisa lógica de los sueños que es tan característica de su imaginación literaria– abandona también en las cartas todo manierismo y llega a una densidad y concentración que casi parece «natural», triunfadora: es algo que se sigue con emoción y sorpresa. No son los nuevos descubrimientos lo que da lustre a esta edición crítica: de hecho el primer volumen sólo contiene quince cartas inéditas, y no hay nada de emocionante en ellas. Más importante es que en el anexo están recopiladas también las pocas respuestas conservadas, y sobre todo que por vez primera pueden verse también en facsímil las postales escritas por Kafka. Estas postales, cuyos motivos Kafka escoge a menudo con intención irónica, son inseparables de los textos que llevan, como se pone claramente de manifiesto por vez primera en las reproducciones; ambas cosas, texto e imagen, apuntan con igual refinamiento al destinatario correspondiente, a sus amigos Max Brod, Paul Kisch y Oskar Baum, a sus hermanas Ottla y Elli. El haber podido restablecer esta unidad sirve de cierto consuelo por las lagunas en lo conservado precisamente de los primeros años. Cincuenta postales tiene que escribir, se queja el veinteañero Kafka desde Múnich, donde está haciendo un programa de visitas literarias...; sólo cuatro de ellas nos han llegado.

El primer volumen de la nueva edición llega hasta finales de 1912, y con ello hasta aquella fase en la que, con poco más de treinta años, llega la eclosión literaria. Seguirán otros cuatro volúmenes de cartas, previéndose el final de la edición para el año 2002. No envidiamos al editor, porque la situación de las fuentes es complicada: innumerables documentos que habría sido valioso comentar se perdieron, no sólo a causa de la guerra y la persecución de los judíos; sólo un tercio de las propias cartas es accesible en texto original, el resto está en las cajas de seguridad de desconocidos coleccionistas, ha desaparecido o ha sido destruido. Es pues hora de hacer inventario..., una razón más para que la nueva edición sea un acontecimiento, no sólo para el mercado del libro, sino para nuestra memoria cultural. Este cargamento era demasiado valioso, aunque no nos estuviera destinado a nosotros.

01/01/2000

 
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