ARTÍCULO

La Costa del Sol como pretexto

Minotauro, Barcelona, 1997
 


Charles Prentice, protagonista de Noches de cocaína, es una de esas personas que aunque su infancia haya transcurrido en Riad y su vida adulta entre Yakarta y Papeete, aunque se gane la vida trabajando como cronista periodístico para turistas, es decir, viajando por todo el mundo, por algún milagro de la identidad sigue considerándose, por encima de todo, inglés. El inglés de esta novela, que pretende encarnar de forma literal las virtudes del desarraigo que han proporcionado a tantos buenos narradores británicos un punto de vista privilegiado, elige como escenario para desplegar su no pequeño talento de observador la Costa del Sol española; y el vehículo retórico en el que envuelve sus reflexiones es el de la novela policiaca. Yo también estoy a favor de leer las novelas policiacas arropado con la estética de lo sublime, que abriga mucho, pero, francamente, cuando el argumento es sólo el del cazador cazado, sospecho que no hay hermenéutica que haga original lo que se ha leído de cien mil formas diferentes y mejores.

Si se deja a un lado el artificio policiaco, la novela se reduce a los nada ilustrados comentarios de un muy provinciano viajero inglés, que en un breve período de tiempo pretende definir, comprender, calificar, analizar y reconsiderar las muestras que de la sociedad española (y angloespañola) caen bajo su indiferente mirada nada menos que en la Costa del Sol.

Identificar las opiniones de un narrador, sobre todo si la narración es en primera persona, con las opiniones del autor es delito de lesa literatura, pero en casos como éste, como el de esta novela, el lector habría agradecido alguna señal que le permitiera exonerar al autor, a J. G. Ballard, de tanta tontería, y que lo autorizara a no atribuirle todas las opiniones racistas, xenófobas o simplemente necias en las que a cada triquitraque incurre Charles Prentice. El lector español, educado en la prosa de Cervantes, tiene muy presente que las intenciones de los agentes no siempre pueden deslindarse de las consecuencias de sus actos: «Que no estaban los duques dos dedos de parecer tontos, pues tanto ahínco ponían en burlarse de dos tontos». La más tenue señal habría consolado al lector a quien se sobresalta con la riqueza de matices que ofrecen descripciones de la Costa del Sol de esta finura: «Cada vez que nos encontrábamos en Londres, me complacía en burlarme de su exilio en ese curioso mundo de príncipes árabes, gángsters retirados y eurobasura». La policía española, una víctima fácil, ¿cómo será? Síganse con atención estas soberbias piezas de creatividad imaginativa: «Yo estaba seguro de que era inocente y suponía que lo habían incriminado por orden de algún jefe de policía corrupto que había intentado arrancarle un soborno». Porque, ya se sabe, las tareas específicas de la policía española son: «Maltratar a peatones en las autopistas (sic), conspirar contra sus superiores y recaudar los sobornos de los dueños de bares en Fuengirola». Vaya, vaya, pero qué cosas. ¿Qué puede decirse del poder de penetración de la policía española? Repárese en esta compendiada psicología de los grupos sociales que abarca en su generosa comprensión la psicología de los pueblos: «Era evidente que para este graduado inflexible de la academia de la policía, los vecinos británicos de la Costa del Sol eran impenetrables, aun recurriendo a las más modernas técnicas de investigación».

Y así todo lo demás. La justicia española, ¿cómo será?, ¿estará a la altura de la policía? No se trata sólo de que el sistema jurídico español se caracterice por sus «restricciones medievales», sino que se informa cumplidamente al lector de que en España un juez puede mandar a cualquiera a la cárcel por motivos que tal vez en otros países, según parece desprenderse del texto, acaso no serían ni delitos: «Multas de estacionamiento, infracciones a las normas de urbanización, una piscina en un sitio ilegal, quizá la compra de un Range Rover robado a un vendedor de poca monta..., cualquier cosa podría haber provocado la detención de Frank».

Si el lector desea asomarse a las opiniones de otros personajes, lo complaceré con una sola muestra de un espécimen no menos ilustrado que Charles Prentice, Crawford, quien adorna su filosofía de la historia con la siguiente reflexión sobre la sociedad de la Costa del Sol: «Pero son españoles y magrebíes. Para ellos la costa mediterránea es una costa extranjera. Los auténticos nativos de la Costa del Sol son los británicos, los franceses y los alemanes. Honestos y respetuosos de la ley hasta el último hombre, mujer y rottweiler. Hasta los sinvergüenzas del East End se vuelven honrados cuando se instalan aquí». Como se ve, los personajes compiten entre sí para ver cuál dice la sandez más grande, más banalmente frívola.

Basta. Si tan tontos son estos ingleses, ¿por qué nos lo cuenta el autor de forma tan pormenorizada?, ¿con tanto amor por el cliché de prensa amarilla?, ¿con tan esforzada entrega al lugar común? Si, por el contrario, para el autor, no son tan tontos, ¿no habría sido mejor que el autor hubiera sabido callarse lo que pensaba?

Si lo que buscaba el autor era llevar hasta sus últimas consecuencias esa metafísica del desarraigo que tanto ha cundido en la novela inglesa actual, una simple comparación con la excelente novela de Jonathan Holland, The Escape Artist, que también se ocupa de los escenarios españoles, resultaría funesta para la obra de Ballard.

De la novela Noches de cocaína acaso lo mejor que puede decirse es que lo peor es «leerla».

01/06/1998

 
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