ARTÍCULO

No triste, sino maravillado

Fundación Santander Central Hispano, Madrid
422 pp. 18 €
 

No es Rafael Dieste (1899-1981) de los escritores de su generación a los que mejor ha tratado la posteridad. Sufrió, claro está, las desdichas colectivas que a todos afligieron: la discordia, la guerra y el exilio. Pero a diferencia de otros, a quienes estas adversidades parecieron engrandecer con sombras de tragedia, a él no le reportaron sino los inconvenientes del desarraigo, las ediciones dispersas geográficamente y los públicos siempre distintos, siempre ajenos. Dieste, que demostró en todo momento su dominio del idioma y su amor por él, es un escritor apreciado por lectores de criterio, pero no está en el panteón de los venerados o los indiscutibles. Quizá porque su obra siguió fiel a un compromiso de reflexión y de solidaridad positiva, incluso en los momentos históricos más negros que le tocó padecer, y esa actitud de quien no se avergüenza de sus esperanzas, tan honorable y merecedora de elogio, resulta poco lucida frente al prestigio actual del descreimiento.
Dieste escribió en gallego y en castellano, con lo que buena parte de sus escritos siempre parece estar al otro lado de las líneas de demarcación convencionales que determinan las historias de la literatura. Por añadidura, su actividad intelectual fue tan variada que desconcierta cualquier ánimo clasificador. Fue sensible a los males de la incultura y la desigualdad, contra las que laboró en sus tribunas periodísticas lo mismo que en las Misiones Pedagógicas. Fue uno de los fundadores de la revista Hora de España, la del compromiso libre y sin consignas de los intelectuales con la libertad. Le interesaron los problemas estéticos en muy diversas disciplinas, pero también la reflexión filosófica y las matemáticas, a las que se entregó durante largos períodos. Fue periodista y crítico, profesor universitario en tres países, escritor de géneros y formas diversas. Fue, en definitiva, autor de tan múltiple atención que sus lectores y estudiosos nunca han sabido muy bien cómo etiquetarlo convenientemente, de modo que queda invariablemente descolocado en los anaqueles de la memoria literaria.
Esta edición de sus Obras literarias atestigua el valor de su escritura y también dicha complejidad. Las seleccionadas son literarias por descartar escritos que no tienen tal ambición, aunque no carezcan de calidades propias de ésta, pero también por incluir muestras de textos firmados por Dieste en varios géneros. El libro reú­ne dos obras dramáticas: Viaje y fin de don Frontán, «farsa trágica» publicada por primera vez en 1930, y Duelo de máscaras, que vio la luz en 1934, la primera de ellas ampliamente revisada para la edición conjunta de ambas en el exilio bonaerense en 1945; el único libro de poemas de Dieste, Rojo farol amante, publicado en 1933; un ensayo, La vieja piel del mundo (1936), fruto de un período de estudios becados sobre las ideas teatrales europeas; y su colección de relatos más conocida, Historias e invenciones de Félix Muriel, escrita y publicada en Buenos Aires en 1943. Los cinco títulos valen por una revisión conjunta de las tentativas literarias de Dieste, es decir, en definitiva, de los escritos suyos que mejor se acogen a los géneros mencionados.
Las fechas dan fe de que dichas obras son producto de la intensa actividad literaria de Dieste durante los años que preceden a la Guerra Civil y también durante los subsiguientes. La contienda, que marcó la vida del escritor como la de toda su generación, no comportó, sin embargo, una quebradura sustancial en su modo de afrontar la escritura. Las revisiones a que sometió varios de los títulos aquí reunidos para reeditarlos en el exilio no significaron una modificación sustancial de su sentido, sino que buscaron la expresión más acertada de éste, porque Dieste siguió fiel a una percepción de la realidad que aquellos acontecimientos terribles no alteraron en lo sustancial.
Hay en sus escritos una conciencia clara de las turbiedades y desesperaciones de la existencia, incluidas las que provocan atrasos, desigualdades e injusticias, a las que quiso enfrentarse desde siempre con su pluma. Así, por ejemplo, situó la tragedia de don Frontán en una «edad media inmatura y agreste» de Galicia: «Según la comarca, puede hacer más o menos años». Pero acompaña siempre a dicha conciencia el propósito de defender los valores positivos de existir. En la misma farsa, un personaje descubre de improviso todo un programa vital que quiebra el espinazo al pesimismo: «resistir la hermosura del mundo sin hacerse ladrón» (p. 56). La vieja piel del mundo desarrolla su reflexión sobre el origen de la tragedia mediante apólogos, diálogos filosóficos o relecturas de mitos y arquetipos en los que campea la retranca y la agudeza. Ser en la historia y saberlo da para mucho espíritu trágico, pero también para bastante entusiasmo intelectual y hasta sensual.
Los poemas de Dieste lo dicen acaso con más justeza, porque en ellos su lenguaje siempre conciso y exacto resuelve la ecuación de su sentido en unas pocas lí­neas: «No me verás triste / sino maravillado. / En barco de nacer / y morir, embarcado», escribe (p. 187). Darío Villanueva, en su introducción, habla de momentos de reve­lación, de epifanías, por retomar el término en sentido joyceano, que a Dieste le resultó próximo. Y, en efecto, siempre se muestra, en los tan diversos ensayos literarios del escritor gallego, el mismo espíritu presto a la maravilla, al descubrimiento atónito de las mejores posibilidades de la existencia a pesar de todos sus muy sentidos pesares. La primera de las historias de su Félix Muriel se detiene precisamente ante la belleza ino­pinada del rincón casero, del cachivache: «La primavera está en todas partes. Las grandes promesas se hacen de mil maneras, viajan en las nubes, son crines de caballos, o de repente se quedan enjauladas como un pajarillo de sol en un vaso de agua. Así es que pueden muy bien estar en el color guinda de un quinqué de petróleo, sin que lo sepa nadie más que uno, aun cuando por entonces yo ­creía que lo sabían todos, principalmente los grandes, y que aquél era un resplandor de sus dominios» (p. 310).
Dieste, contra todo, halló la primavera y las grandes promesas por doquier y buscó, quizá desordenado y vario, pero siempre con decir certero, los mejores y más elocuentes modos de hacerlas resplandecer. Conviene no dejarlo caer en olvido. 

01/06/2007

 
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