ARTÍCULO

Colección de dificultades

Tusquets, Barcelona, 1997
220 págs.
 


Un año justo después de publicar su primera novela, Fuegos con limón, Fernando Aramburu firma una colección de cuentos, a la que las dimensiones y el talento un poco apabullantes de aquélla amenazan con asignar el sambenito de obra de transición, a la espera de otras que calcen tallas mayores. La tentación se percibe en algunos comentarios, pero No ser no duele es, por su concepción y por su escritura, una obra grande. Aramburu dedicó a componerla dos años largos, empleando argumentos e ideas que había ido anotando desde mucho antes y con un propósito unitario que trasluce cada relato y declara su título mismo: hacer «recuento de dolores y esperanzas», contar historias sin concesiones, que desvelan la soledad e indefensión ante el dolor de cada existencia.

Componen el libro once relatos de variada extensión, rematados por una colección de veinticinco textos breves –entre un párrafo y unas pocas páginas– que le da título. Cada uno presenta, con un lenguaje siempre generoso, versátil y eficaz, una situación en la que el personaje ha de afrontar la muerte o una de las muchas caras despiadadas de la existencia, y narra con percepción sutil, incluso con delicadeza pero sin indulgencia, sus estrategias para rehuirlas o soportarlas. Este planteamiento es transparente en el cuento más breve, «La mala noche de Ricardo Eraña». Su protagonista se ve asaltado una noche por un dolor insoportable, que le taladra las vísceras; el relato pormenoriza sus esfuerzos inútiles por conseguir ayuda y sus reflexiones al creer cercana la muerte, hasta que la inconsciencia lo cancela todo. Por la mañana despierta liberado del mal, así que sale de su casa como cada día, para ir a trabajar. Como Eraña, los demás personajes de Aramburu viven el dolor físico y el de la conciencia, o se afanan para eludirlos. Sorprendidos en situaciones extremas, que los maltratan y confunden o que los revelan, constituyen un escalofriante muestrario de miserias y maldades, en el que escasean los buenos sentimientos y el humor, que asoma como mucho en lo ridículo o lo absurdo.

Los asuntos van de lo más cotidiano y próximo, con muchas alusiones a la realidad de su País Vasco natal, a lo fantástico, con cuentos cuya verosimilitud deriva en parte de patrones literarios implícitos que el lector no tarda en reconocer. «Soy Silas», con su hospital de pisos incontables y largos pasillos desiertos, le recordará los universos claustrofóbicos y siniestros de Kafka; las apuestas en «Timba de moribundos» y la sociedad que de sus mecanismos deducimos, los futuros imaginados por Orwell o Huxley; los personajes geométricos y el título alusivo de «Todos somos poliedros» le obligan a leerlo como una parábola. Las anécdotas son también muy diversas: las hay extremas –un accidente de carretera que deja en la cuneta una víctima agonizante, un asalto racista, el coloquio entre un suicida y una testigo indiferente– y de una concienzuda banalidad –el reparto de regalos un día de Reyes, la rebelión íntima de un empleado de farmacia–. Las unifica su carácter común de reactivos que revelan la condición humana de los personajes.

Aramburu los traza con talento para el detalle que da vida y verosimilitud, aporta gestos y palabras que desnudan querencias y estados de ánimo, pretensiones y desatinos, descifra en cada uno la falla siniestra o patética que lo define: al apocado y sumiso Avelino Armisén una peluca de mujer le incita a descarriarse en una masturbación aderezada de palabrotas que lo abocará al remordimiento; la crueldad del Boni de «Coloquio en el talud» se hace creíble por sus intemperancias domésticas con la abuela; Ricardo Eraña porque, sometido al martirio, lo adoba con la genuina inconsecuencia de querer preservar de su propio vómito una alfombra valiosa. A veces, el rasgo es simple como una intuición indiscutible: la fantasía kafkiana de «Soy Silas» resulta real y doblemente siniestra gracias a la vocecilla acusica que es el único recuerdo del personaje: «Ha sido Silas, señorita. Silas ha roto el grifo». El protagonista de «Timba de moribundos», el relato más extenso, tiene en cambio un desarrollo gradual y pormenorizado. Cada historia, en definitiva, los construye con procedimientos diversos que demuestran tino para percibir las minucias humanas y resuelven a veces los problemas narrativos que plantean sus modelos literarios. En este sentido, No ser no duele, con su variedad de planteamientos dentro de su sólida continuidad de tono y de visión, tiene bastante de reto técnico, de colección de dificultades, que resuelve con una eficacia que en la lectura parece sencillez.

Pero esta sencillez no es simpleza, pues Aramburu sabe construir ambigüedades, crear enigmas: sus personajes tienen la misma densidad a menudo impenetrable de los seres vivos. Ricardo Eraña, recuperado del ataque nocturno, viste uniforme, gorra de plato, pistola y cartera de cuero para ir a trabajar: si de noche inspiraba piedad, de día representa un poder que quizá carece de ella. Sonia Pereda, la engañabobos de «Las manos podridas», insiste en que sus manos apestan, quién sabe si como parte de sus embustes o por un delirio genuino. Golinski es quizá trompetista de jazz, quizá sólo un clochard, y nada sabemos de lo que le lleva a agotar abruptamente los abismos que le tocan. Incertidumbre e irresolución participan también de la riqueza de estos relatos y los impregnan con la magia de la autenticidad.

01/04/1998

 
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