ARTÍCULO

Fábula moral

Tusquets, Barcelona, 429 págs.
 

Al comentar en estas mismas páginas el segundo libro de Fernando Aramburu, No ser no duele (1997), manifestaba algunas reservas acerca de la idoneidad de su registro literario para el cuento, sin dejar de reconocer que en esa compilación había unos cuantos de primera categoría. Algunas piezas se le iban de las manos porque es de esos narradores dotados por la naturaleza para otro tipo de fábula, aquella cuya esencia radica en contar historias y crear personajes, tal como había hecho poco antes en su admirable primer título, Fuegos con limón. Me confirma en ese parecer su vuelta al relato extenso, caudaloso, casi prolijo, lleno de bifurcaciones, aunque sujeto a una implacable línea principal, con Los ojos vacíos.

No está, además, Los ojos vacíos desvinculada de esas otras dos obras. El sentido crítico con que se analiza una forma de vida colectiva emparenta con Fuegos con limón y su insistencia en presentar variadas formas de la degradación o la maldad establece un lazo con uno de los motivos centrales de los cuentos. Subrayo estas relaciones porque quisiera destacar lo que Los ojos vacíos tiene de paso adelante en la configuración de un mundo literario personal que acoge preocupaciones básicas del autor y las dota de un sentido más amplio, de una ambición globalizadora que aquí se vierte, de un modo oportuno y logrado, en una fábula con el alcance de una alegoría de la naturaleza humana a través de la reconstrucción de una concreta experiencia histórica. Que esta experiencia histórica no sea real importa poco, porque transparenta una sociedad posible, casi cierta, sin perder nada de las cualidades imaginativas y morales de la alegoría.

Aramburu construye en esta nueva novela un país imaginario, Antíbula, de incierta localización europea. Disemina un puñado escueto de datos del pasado antibulense y recrea con parsimonia su peripecia en un trecho que, en lo fundamental, se extiende desde 1916, fecha del asesinato del monarca reinante, hasta 1928, momento en que una revolución acaba con la dictadura de un militar que había usurpado el poder tras la caída del rey. Todo ello lo refiere, «cerca del desenlace de mi vida», un tal Cuiña, con su propio testimonio de parte de los sucesos siendo niño o con el apoyo de muy convincentes noticias ajenas. El distanciamiento del narrador y algunas observaciones sobre las noticias relatadas ponen un sano principio relativizador de la verdad histórica. Es un juego oportuno e inteligente para dar densidad al relato, acentuado por otro capital detalle, de raigambre muy cervantina, que puede pasarle desapercibido a un lector precipitado: la novela va dedicada a una de las fuentes de información del narrador, el apócrifo historiador Jan de Muta.

Anoto estos detalles porque son básicos para el logro mayor del libro, la invención de un espacio que alcanza un grado de realidad pleno, total. Antíbula no existe, pero durante el tiempo, no corto, que requiere la lectura de esta fingida crónica logra un grado de realidad semejante al de un país que uno haya visitado en alguna ocasión, por no decir que al del nuestro propio. Para conseguir ese efecto, el autor se apoya en unos pocos pero muy eficaces recursos: el perspectivismo aportado por varias fuentes informativas, menciones de algunos textos reales, una cronología en parte superponible sobre la europea coetánea, algún episodio que alude a otros ciertos (la quema de libros que remite a sucesos de la protohistoria nazi), más, en fin, referencias a personajes conocidos (Mussolini, por ejemplo).

Nada de lo mucho interesante que pasa en la novela tendría parecido valor si no se lograra antes ese clima de engañosa realidad porque, de este modo, los sucesos ante todo son eso, peripecias posibles y curiosas; sólo después, como por añadidura, brota de ellos un sentido. Hay un primer sentido trascendente, una reflexión nihilista sobre la vida que expone Cuiña con palabras tomadas de Muta: «El número de vicisitudes que configuran una biografía difiere de un individuo a otro, pero el resultado final de su suma es exactamente igual para todos» (pág. 380). No cabía esperar un propósito distinto porque la novela en su diseño central responde a un relato iniciático bajo la no oculta influencia de la picaresca y de otros modelos literarios colindantes; en efecto, su columna vertebral se halla en el proceso de maduración de un niño que sufre una infancia colmada de violencias y horrores.

Este sentido es uno, pero no el único en un relato rico en sus propuestas. Incluso queda un tanto como en sordina porque a la superficie del texto llegan más nítidos otros objetivos, en especial una virulenta denuncia del encanallamiento de los humanos, de la opresión y la denuncia, del abuso militarista, de fanatismos políticos e ideológicos, y, sin medias tintas, del fundamentalismo religioso. Hacía tiempo que no se escribía en castellano un alegato tan duro, contundente y plástico sobre el catolicismo y sobre los ministros de su iglesia.

La alegoría, pues, se convierte en soporte de una denuncia podría decirse que social, sólo que sin ninguna simplificación artística ni documental. El testimonio ácido de tanta miseria lo equilibra Aramburu abriendo un portillo a la esperanza; esta misión cumple su proclama favorable a la cultura y a las letras, a la lectura, presentada como una forma de salvación individual. La galería de personajes, amén de muy nutrida, está trazada con rasgos singularizadores intensos. La vida en Antíbula se puebla con innumerables anécdotas hijas de una imaginación fértil. El estilo tiene la andadura un tanto solemne de la prosa clásica.

Quizás, por ponerle una objeción a tan ambiciosa obra, le sobre un punto de comedimiento en su materia. No sé cuánto, pero un poco menos extensa ganaría en intensidad, aunque todos los episodios mantengan un interés intrínseco; ganaría en una amenidad que declina sólo en momentos puntuales. Pero nada impide reconocer en Los ojos vacíos otra excelente novela de Aramburu, comunicativa por su interés anecdótico, intelectual por su ambición de encerrar el mundo entero en una acción concreta, culturalista por los ecos literarios que la fecundan y por su explícita defensa de la lectura como soporte vital; en fin, una fábula de vigorosa envergadura moral por su apuesta firme a favor de una regeneración de la especie.

01/03/2001

 
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