ARTÍCULO

El paraíso imposible

Anagrama, Barcelona, 1997
280 págs.
 

Las novelas de Sánchez-Ostiz han respondido hasta ahora, con mayor o menor incisión, al concepto de literatura como expresión de un conflicto. Sus personajes han rastreado las razones de su peripecia existencial o se han enfrentado al desajuste de su propia realidad con las injerencias de los otros y con las circunstancias políticas coetáneas. No ha sido un tipo de novela, por tanto, complaciente con la orientación que impone el mercado actual en la lectura, ni mucho menos con las actitudes de conformidad y bienestar ideológico que pregonan los medios de comunicación, sino una literatura necesaria que ha plantado cara, sin paños calientes ni eufemismos en la pluma, a no pocos asuntos intocables e innombrables en nuestro hoy de convivencia correcta.

Como una variante en este camino de indagación existencial y de denuncia social, No existe tal lugar cambia de objetivos y de intención narrativa sin variar las actitudes. Sánchez-Ostiz recurre a los escenarios de la memoria para reconstruir el rompecabezas de su vida y llegar a ser lo que escribe por encima de lo que fue. La exasperación manifiesta en anteriores novelas contra la sociedad del bienestar, un aquí y un ahora desnortados en su opinión, ha tomado forma en una primera persona que intenta olvidar recordando, o dicho de otro modo, escapar de lo vivido por las rutas de la fantasía. Es como si el escritor tomara un respiro en sus ataques directos a la realidad incómoda de nuestro tiempo y pretendiera evadirse refugiándose en la mitificación del pasado y desnudando su interior con una confesión interminable.

La expresión del conflicto ha cambiado de intención. La voz confidencial del personaje-narrador domina con mano férrea la estructura narrativa, y su objetivo, en efecto, ya no es poner en entredicho y denunciar el funcionamiento de las instituciones o el comportamiento de las personas, sino realizar una catarsis personal que purifique su interior de todos los elementos nocivos exteriores. El personaje necesita echar fuera de sí todo lo que han ido almacenando los años, las gentes que le han rodeado, los sueños y los fantasmas incumplidos de su juventud; pero también necesita escapar de la mediocridad y el fanatismo, borrar de un plumazo la familia y la ciudad cerrada –la Umbría de todas sus novelas– que le han asfixiado, los espejismos políticos caducos que han organizado sus ilusiones y la sinrazón de los principios que han regido sus relaciones con los demás.

Para ello se sirve de la narración memorialista, una forma de evasión que ha servido, y sigue sirviendo, a muchos escritores contemporáneos para buscar en la infancia y la juventud un refugio y un paraíso perdido con que aislarse o soportar la realidad. El personaje de No existe tal lugar recuerda sobre todo, entre otros momentos de su vida, el año 1969, cuando fue recluido, por razones políticas y por decisión familiar, en el pueblo y la casa de los abuelos. Este lugar va a ser el núcleo de la catarsis, el motivo de su mirada atrás desde la vuelta del camino o desde la distancia de la memoria selectiva, y el ajuste de cuentas con la realidad; pero también, la mitificación del paraíso juvenil que da otra dimensión a la novela.

Sánchez-Ostiz ha mitificado la memoria al simbolizar en el pueblo y la casa de Chimunea el idilio entre el medio y el hombre, el espacio de los mitos creados y las ilusiones posibles, la fantasía al alcance de la mano que casi siempre es destrozada por la vulgaridad cotidiana representada por Umbría. En Chimunea encuentra el personaje el mundo de lo imaginario, los mapas y los viajes de ultramar, los tesoros escondidos, los libros, las habitaciones secretas, los arcones misteriosos, los fantasmas y las desapariciones; es decir, el paraíso que puede identificarse con la huida de lo cercano hacia otros territorios imprevistos.

El paraíso juvenil es, sin embargo, un imposible aquí. Por encima del homenaje explícito a la literatura fantástica, la novela crea un fuerte universo simbólico en torno a la casa familiar y a sus moradores, sobre todo el abuelo y el tío Fabián, personajes tan libres como sus fantasías. Ellos son los elementos de mitificación necesarios para que el simbolismo funcione. Ahora bien, basta su desaparición para que el paraíso desaparezca con ellos. La huida de Fabián y el incendio de la casa articulan perfectamente la destrucción de los mitos y los sueños del personaje. Las aventuras imaginadas y los viajes aprendidos se van con el escrutinio y la quema de los libros, la libertad de la fantasía se esfuma con el tío Fabián y el paraíso perdido se convierte en cenizas con la casa en llamas.

Vista de este modo, No existe tallugar parece encerrar una coherencia consigo misma exigible en toda novela. El simbolismo y la mitificación, que dan coherencia al relato, repercuten de modo negativo, no obstante, en unas carencias y unos excesos que malogran gran parte de su eficacia. En una novela tan ambiciosa como esta, que intenta resumir en un monólogo casi todas las obsesiones y disidencias de una generación, se echa en falta, de una parte, el coraje expresivo de las mejores novelas de su autor. De otra, y de manera más notoria, sobran bastantes páginas en las que la memoria mitificadora del narrador se excede con digresiones superfluas y, lo que es aún peor, con descripciones de tipos y objetos que están mucho más cerca del costumbrismo tradicional y previsible que del carácter y la individualidad propios de un novelista tan creativo y original como Sánchez-Ostiz. Estos excesos empañan, sin duda, el normal desarrollo de la novela y echan a perder en numerosas ocasiones el ritmo conveniente de la narración.

01/12/1997

 
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