ARTÍCULO

Interrogar la escritura

Algaida, Sevilla
60 págs. 800 ptas.
 

En nuestros días escasean los lectores de poesía. Es un proceso de enrarecimiento que viene de lejos, aunque el paso del tiempo lo ha convertido en evidencia, incluso en tópico. Sin embargo, nunca falta en el mercado una buena ración de libros de versos, como si el hecho de que ese contacto con la poesía fuera insólito la transformara por eso mismo en riqueza que vale la pena promover o facilitar. Quizá sea el resultado de una lógica similar a la que invierte cantidades generosas en preservar de la extinción los ejemplares de tal o cual especie casi aniquilada: al poco, no escasea tanto el animal, acaso más abundante que hace algún tiempo, como los contextos en que sabría desenvolverse por sí solo, sin la ficción de unas circunstancias falsificadas en beneficio de su multiplicación y de las buenas conciencias de los curiosos. Los bichos sobreviven adocenados e imbéciles en los invernaderos concebidos por los ingenios conservacionistas; los poemarios se multiplican también gracias a los fondos institucionales, aunque al lector de poesía apetezca cada vez menos la visita obligada a textos que acaso le parecen indignos o poco propicios a su paladar. Se oye decir a algún poeta que sólo los poetas leen a los poetas; cabe sospechar que ni ellos lo hacen, aburridos de una abundancia engañosa, de un artificio que no disimula la crisis de la expresión poética. Proliferan los versos pero la poesía es rara, tan rara como la experiencia del lector que la reviva. El poeta que lo es hoy día no puede pasar por alto el trance que atenaza su modo de decirse y de decir. Los hay que prefieren cegarse a sus consecuencias y proseguir ternes en sus trece, fiados en los supremos valores de la poesía. Los hay que abandonan la escritura. Los hay que perciben en la ficción la única posibilidad hoy de una experiencia poética. Sea cual fuere la opción de cada cual, lo cierto es que escribir poesía comporta hoy entregarse a las incertidumbres. No es un ejercicio que merezca discusión sólo por sus resultados; requiere reflexión previa como tal.

Pureza Canelo es poeta de largo oficio: van a cumplirse tres décadas desde que su Lugar común recibió el premio Adonais, en 1970. Tras tantos años de componer versos o de dejarlos de lado para dedicarse a otros afanes culturales, No escribir atiende de forma pertinaz, consecuente, a esas cuestiones que suscita hoy la extrañeza de la comunicación poética a quien se arriesga a ensayarla.

No escribir no defiende una convicción, sino que confiesa incertidumbres. Éstas componen el núcleo temático en torno al cual se articulan las composiciones del libro, tan sólo una veintena larga de poemas. Los preside la desconfianza ante esa «corta proeza / de una línea que quiere trazar mundo», o al menos la actitud indagadora, el cuestionamiento sistemático, la reflexión que no se conforma con aceptar pasiva la poesía como milagro, como suceso inesperado, «milano que caía sólo a por mí». La autora sabe bien que, pese a toda meditación, la poesía no rinde su misterio: «Ni en sueños salta / el secreto de la poesía. / Jamás». Sabe que en el territorio de la poesía todo consiste siempre en algo opuesto a una ecuación exacta, a una medida o a una previsión, que el resultado es siempre «ese lance de claridad / contrario a las habilidades» que, con todo, no deben faltarle al creador. Pero siente que eso no le exime hoy, más que nunca, de la búsqueda y de la meditación, so pena de incurrir en el ridículo de la fidelidad beata a un dios cansado, que ya ni se peina las canas y que, por consiguiente, no tiene ánimo ni ganas de prestar atención a sus fieles. Prefiere, en suma, componer «un poemario bastante descreído» a perpetrar uno crédulo. A estas alturas, la inocencia le parece engaño más que limpieza.

De ahí que elija para este libro una voz ronca, rebelde a pautas y convenciones. La articula con versos desiguales, de sintaxis trunca, que quiebra la lógica del discurso tranquilo y fluido de lo cotidiano, que puede prescindir de la puntuación o sabe desajustar los tiempos verbales. Es un lenguaje arriesgado, que busca efectos en una expresión sintética y desobediente. Y que, por lo mismo, requiere una precisión absoluta en el texto impreso. Una errata basta para poner en cuestión las intenciones de tantas quebraduras.

No escribir es, en suma, un poemario autorreflexivo, que habla expresamente y con reiteración de su propia escritura o de las pautas que la autorizan, de la posibilidad de escribir o no poesía. Pero eso no lo transforma en modo alguno en un ejercicio frío de disección intelectual o en un alarde de ocurrencias metaliterarias, al estilo de las que ponen de moda periódicamente los círculos exquisitos. Tras tantos poemarios, resulta lógico que la autora, al interrogar la escritura, cuestione su propio pasado, aquella inocencia de la creadora joven que descubría sin dudas, con la entrega apasionada de quien sabe qué quiere y lo persigue sin tregua, y la recuerde al calor de la que ahora ilumina a otra joven que emprende la misma senda, igualmente apasionada, también desprovista de dudas e incertidumbres, también firme en «la ingenua y segura juventud / de unos cuantos libros de versos». Un hilo de recuerdos anuda las reflexiones, porque éstas están forjadas a partir de la entrega de muchos años. Y aunque asome a estos versos, ocasionalmente, la tentación de oponer la escritura a la vida, a la postre una y otra son la misma cosa: la pasión joven de crear sin tasa ni contención es la de vivir el puro fuego de la vitalidad incontenible; la reflexión y la pregunta acerca del sentido del camino recorrido o acerca del mejor modo de emprender el que queda por delante cuestiona igualmente los días ya vividos. Escribir poesía es vivir. Interrogar la escritura es, en definitiva, interrogar la existencia misma.

01/01/2000

 
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