ARTÍCULO

El melodrama impúdico

Espasa Calpe, Madrid
324 págs. 19,90 €
 

Ante libros como Nieve al sol cabe plantearse la validez de algunos hermosos axiomas que proclaman la irreductible bondad del hecho literario con independencia de la altura estética de sus manifestaciones concretas. Porque lo cierto es que en esta última novela de Martín Casariego hay muy pocos aciertos, por no decir ninguno, que permitan, siquiera de forma testimonial, achicar aguas en una zozobra tan evidente y generalizada. En todo caso –y esto ya es rizar el rizo– se podría aplaudir la franqueza, la ausencia de reservas con que el autor se sumerge hasta los calcañares en la cursilería sonrojante, el tópico y la inverosimilitud de la peripecia, respaldando así la actitud de su protagonista y narrador, quien desprecia este mundo en el que «si alguien cree en el amor con mayúsculas su fe puede ser utilizada en su contra».
Este compromiso entre el creador y sus criaturas presenta el mismo grado de tragedia e ineficacia que la fidelidad inquebrantable de un padre hacia un vástago descarriado e incorregible. Los males de que adolece la novela se localizan en sus cimientos, de modo que la perseverancia en ellos no hace más que incrementar sus efectos perniciosos. Me estoy refiriendo sobre todo a la elección de una peripecia concebida conforme a los cánones del melodrama más rancio. Rafael, un joven procedente de una buena familia venida a menos, trabaja como chófer de un turbio empresario, con cuya novia, Diana, mantiene unos amores tan ilícitos como apasionados. El dinero y la ambición arrolladora de la bella vampiresa impiden que Rafael, fervoroso defensor del amor limpio y puro, vea recompensados sus deseos, y todo termina con una escena en que la muerte se mezcla con otras revelaciones no menos dolorosas. Veinte años después, un maduro Rafael alcoholizado y destruido por el remordimiento conoce en su exilio romano a otra Diana de asombroso parecido con la que marcó su existencia. ¡Y tan parecida! Se trata del fruto ignorado de aquella pasión –fruto gestado y parido, por cierto, durante el coma irreversible de la madre– que irrumpe en su existencia mineral para iluminarla con los beneficios de la redención.
Es cierto que a veces el dardo crítico envenena las formas con que se esboza la sinopsis de un relato, pero en este caso la intención es la contraria. La novela alberga los suficientes desatinos como para poner a prueba el pudor de cualquier lector menos ingenuo que los consumidores de literatura rosa y similares. Porque la apuesta de Casariego no es otra que ésa, la explotación de una sentimentalidad directa y plana, presentada con toda explicitud a través del discurso dulzón del narrador o de diálogos inverosímiles y subrayada por ingredientes tópicos del género: declaraciones y riñas apasionadas, anagnórisis del padre y la hija secreta, el litigio agónico entre el dinero y el amor o, en fin, la imagen decadente y maldita de un Rafael destruido por la memoria de lo que pudo ser. Como amalgama de toda esta rancia mampostería se utiliza un lenguaje con fuertes querencias altisonantes, no se sabe si para intentar maquillar lo pedestre de la trama y de los personajes o para demolerlos definitivamente en un arriesgado acto de erostratismo literario. Lo cierto es que estamos ante páginas plagadas de sentencias como «no es nada fácil acorazar un corazón», «no se puede traicionar el amor, porque es traicionarse a uno mismo» o «nadie podrá destruir nuestro amor». Pero si se quiere encontrar un ejemplo depurado de esta clase de discurso, nada mejor que la escena en la que el protagonista rompe con su novia de toda la vida (págs. 215-217), versión actualizada del clásico tema del brigadier y la niñera.
Nieve al sol es una novela que rezuma, no ya conformismo, sino puro y duro anacronismo por sus cuatro costados. Por eso resulta aún más penoso constatar los esfuerzos por satisfacer ciertos pruritos de modernidad o de originalidad técnica. El más evidente es la elección de una estructura en contrapunto que permite alternar acciones entre las que median veinte años de distancia. La verdad es que el recurso, que nada tiene de novedoso ni arriesgado, difumina algo el decurso de la trama, con lo que se disimula en parte lo que tiene de previsible y disparatado. Esa es su única virtud, porque por lo demás ni contribuye a la construcción de los personajes ni favorece la creación de una intriga moderadamente estimulante. Por lo demás, el resto de elementos destinados al aggiornamiento del relato pertenecen al ámbito del atrezzo, con especial predilección por los ambientes propicios para desarrollar esa «épica del vómito» tan característica del existencialismo adolescente: son los tugurios malolientes de la urbe (Madrid y Roma), pero también la insoportable belleza de la Ciudad Eterna, presentada en sucesivas postales arrancadas de cualquier guía turística. Tal es la impedimenta con la que esta novela se dirige irreparable, silenciosamente, hacia la intemperie de su destino natural: el olvido.

01/12/2004

 
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