ARTÍCULO

Cuando el arte no puede ya sostener la vida. Ecce Nietzsche

Gedisa, Barcelona, 1998
Traducción de A. L. Bixio
270 págs. 2.650 ptas.
 

I

«Quien ha vivido como lo hizo Nietzsche, quien se tomó su vida y su obra con la seriedad con que él lo hizo, merece que toda mirada a él dirigida lo sea con consideración y respeto»Friedrich Nietzsche, Los años de hundimiento (1889-1900), vol. 4., trad. J. Muñoz e I. Reguera, Madrid, Alianza, 1985, pág. 352.. Estas palabras, que cierran el último de los cuatro volúmenes de la espléndida biografía de Nietzsche que realizó C. P. Janz, resumen perfectamente tanto el propósito como el logro de la obra de Lesley Chamberlain, Nietzsche en Turín.

¿Qué añade este libro a la ya extensísima bibliografía en torno a Nietzsche, a su vida y a su obra? ¿Qué más puede decirse acerca de un autor que una y otra vez es evocado, admirado, atacado, condenado, invocado para justificar tantas y tantas cosas, algunas de ellas tan dudosas, tan extrañas? En las primeras líneas del prefacio Chamberlain descubre su propósito: ofrecer una apología de Nietzsche, examinar el valor y los límites de un hombre que fue, a un tiempo, singular y común, genial y «demasiado humano». Muy sumariamente el libro de Chamberlain es fiel a su propósito que, en mi opinión, consigue: una defensa, un examen de Nietzsche desde la cercanía, desde la simpatía. Pero lo que hace que este escrito añada algo nuevo a la literatura sobre Nietzsche tiene más que ver con el efecto que produce que con el fin confesado expresamente. Sumergirse en la lectura de este libro es como emprender un viaje, un viaje en el tiempo y en el espacio, que permite acompañar a Nietzsche, a una cierta distancia, en el último tramo de su vida lúcida, en el último año. No es naturalmente un relato pormenorizado de su vida, ni siquiera es una «biografía íntima» como anuncia la edición castellana; pero, al hilo de lo que sucedió desde la primavera del 88 hasta los primeros días de enero del 89, se pasa revista a los acontecimientos más significativos de su biografía.

Cinco motivos o estaciones fundamentales organizan la trama y arrojan luz sobre el Nietzsche que iba a ser pronto presa de la locura: la descripción del hombre y de su entorno, de las ciudades que amó y en las que vivió; las personas que le dejaron una huella imborrable (la familia, los amigos, las mujeres, Wagner); el papel que en su pensamiento desempeñó el arte; el ejercicio de la filosofía como terapia, como búsqueda de la salud y como alquimia. Y, en medio de todo eso, la soledad. La soledad y el peligro inminente de hundimiento que, tras el difícil verano del 88, se presentía en esa especie de testamento y de coda, en el balance irónico y apasionado que es Ecce Homo.

II

El libro, que comienza relatando el viaje de Nietzsche a Turín, el lunes 2 de abril de 1888, describe cuidadosamente tanto el entorno geográfico, como la apariencia física y el estado anímico de Nietzsche a los cuarenta y tres años (caps. 2 y 3). Turín, Sils Maria y Génova se describen con gran precisión y belleza (caps. 1, 2, 6 y 9). Y de este modo Chamberlain despierta en el lector tanto el deseo de buscar a Nietzsche en las ciudades donde vivió, donde se sintió feliz y desgraciado, como la convicción de que la elección del lugar –del espacio, de las ciudades– y el modo como alguien lo percibe y lo describe permite inferir muchas cosas acerca de él. Es el caso de Nietzsche, que no era un gran observador de las cosas exteriores, sino que las contemplaba a través de una vivencia interna, de una apreciación íntima y subjetiva. Y sus descripciones arrojan luz sobre su estado de ánimo, que no era en ese tiempo especialmente elevado.

Pocos años antes, cuando todavía no tenía cuarenta años, tras el fracaso de su pretendida relación amorosa con Lou Salomé, la ruptura con Wagner y el matrimonio de su hermana, Nietzsche se había adentrado en un desierto emocional que hizo temer por él a su amigo Overbeck, pero no todas las dificultades venían de fuera. En el otoño del 87, cuando ya su amistad con Rohde era una sombra de lo que fue, Nietzsche se quejaba a su amigo de una soledad hiriente y aterradora, y, sin embargo, en estas circunstancias Nietzsche no hacía ya nada por tender puentes ni acortar distancias. El tono general de la carta a Rohde era arrogante, poco afable y cargado de reproches. La soledad se impone, pero Nietzsche no sólo la acepta, la cultiva: con dignidad unas veces, otras con orgullo y a veces también con una cierta torpeza autodestructiva, que en ocasiones él entendía como la consecuencia de algunas circunstancias personales.

Nietzsche había crecido en un ambiente femenino, que le deparó tanto afecto como una presión que a veces se le hacía insoportable. El único hombre de la familia, su padre, había muerto cuando él era todavía un niño, pero la presencia del padre muerto le acompañó a lo largo de su vida. Y no sólo esa sombra, también la del conflicto profundo e irresuelto entre las personalidades respectivas de los padres: «Las disonancias no resueltas en la relación del carácter y de la disposición mental de los padres repercuten en los hijos y configuran la historia de sus íntimos sufrimientos» (pág. 151). Chamberlain, que no se muestra satisfecha con esta observación, reconoce en todo caso que la falta temprana del padre condujo a Nietzsche a buscar sustitutos de su figura y así puede interpretarse su relación con los profesores Ritschl y Burckhardt, primero, y, luego, con Wagner. El capítulo 3 de la obra, uno de los más interesantes, describe la relación profunda y profundamente ambivalente que Nietzsche mantuvo con Wagner, desde el primer encuentro en Leipzig, que iniciaría un trato que deparó a Nietzsche y a los Wagner –cómo no referirse a Cósima– momentos muy gratos de amistad y coincidencia, hasta el último en Sorrento, que marcó el principio de un distanciamiento que acabaría en dolorosa ruptura. Nietzsche no se recuperó nunca de la pérdida de esta amistad, pero también la ambivalencia se hizo sentir aquí. Cuando una y otra vez en sus escritos aparezca el nombre y el recuerdo de Wagner, llama poderosamente la atención la alternancia entre el reconocimiento de una afinidad como nunca tuvo con nadie, hasta la crítica más desabrida y cruel en la que acusaba a la música de Wagner de propensión al exceso emocional, y a Wagner mismo de «hombre egoísta y manipulador, que trataba de dominar a su público mediante la hipnosis, la intoxicación y la excitación nerviosa» (pág. 73). Sin embargo, hubo momentos de serenidad y de reconocimiento en los que el resentimiento y el dolor callaban, y entonces Nietzsche fue capaz de componer esa hermosa y espléndida reflexión que bajo el título «Amistad de estrellas» introduce en La gaya ciencia y que Chamberlain recoge para mostrar que, por encima de la diferencia y el distanciamiento, Nietzsche consideraba «sagrada» aquella antigua amistad y tenía todavía, más allá de su «enemistad en la tierra», la esperanza del encuentro.

Pero las dificultades en el trato personal se repitieron con la familia, las mujeres y los amigos. La madre y la hermana fueron en ocasiones objeto de críticas feroces, aunque la primera suscita una profunda simpatía, tras los cuidados dispensados al hijo que, después de la catástrofe, vuelve a ella enfermo y enajenado. Otro es el caso de la hermana, en la que Chamberlain ve la manipuladora de la obra. En cuanto a las mujeres a las que amó hay que destacar a Cósima, la mujer del amigo que le produjo una intensa y duradera impresión y que fue la destinataria de sus últimas cartas de amor escritas ya desde la remota región de la locura. Lou von Salomé fue otra cosa: fue la esperanza frustrada de amor y de vida. Hermosa, joven, inteligente, Lou representaba la posibilidad de cumplir todas sus expectativas amorosas y Nietzsche se entregó sin reservas. Pero el final fue desgraciado y, aunque trató de compensar la pérdida de la mujer amada con una gran fecundidad artística, el fracaso amoroso lo dejó emotivamente exhausto. Es verdad que las amistades femeninas estuvieron siempre presentes en su vida y que Nietzsche cultivó el trato con mujeres distinguidas, cultas, inteligentes (cap. 8). Malwida von Meysenburg, Resa von Schirnhofer, Meta von Salis, Emily Fynn, Helen Zimmern... son algunas de ellas. Todas encontraban su trato exquisito y sentían un verdadero afecto por el hombre amable y distinguido que era Nietzsche. Pero él apenas podía atravesar ciertas barreras. Chamberlain explica esto por una cierta marginalidad que Nietzsche sentía con obstinada intensidad (pág. 166) y se hace eco de las tesis de Lou. Según ella, a Nietzsche «le faltaba talento para el amor. Era demasiado preciso en las palabras y en los sentimientos y no podía tolerar la diferencia que había entre él mismo y los otros» (pág.168). Esta última idea, que se repite a lo largo del capítulo 8, merece cierta atención. Es verdad que sugiere una debilidad de carácter que contrasta con la fuerza de su talento (pág. 171), pero, sobre todo, arroja luz sobre su situación anímica en este último año. Entonces Nietzsche se defendía de su propio aislamiento acusando a los otros. Son conocidos los ataques a Wagner, a Rohde y a Lou, pero también algunos de los incondicionales amigos de esa época –entre ellos hay que contar a G. Brandes, C. Fuchs, P. Deussen... y, sobre todo, a F. Overbeck y H. Köselitz– fueron objeto de sus berrinches y de algunos comentarios malévolos. Este es el aspecto «demasiado humano» que Chamberlain muestra con justicia y que nos muestra a un hombre que, detestando la mezquindad, la vileza, la envidia, el espíritu vengativo y la mediocridad, sucumbió alguna vez ante ellas. Nietzsche estaba solo, pero ciertamente era también un amigo difícil. Como advierte G. Colli en la misma línea que L. Chamberlain, en unas relaciones personales donde predominaban tanto la ingenuidad como una cierta torpeza despótica, siempre se repitió lo mismo: «Primero dirigía toda su vida hacia aquella amistad, se vaciaba a sí mismo frente al otro, sus pensamientos y sus acciones le eran ofrecidas en holocausto. Pero inmediatamente después quería, del otro, todo a cambio. Sobre estas bases es muy difícil que prosperen las relaciones entre los hombres»Después de Nietzsche, trad. C.Artal, Barcelona, Anagrama, 1988, pág. 144..

Sin embargo, Nietzsche compensó estos sentimientos negativos con una voluntad y una fuerza que asombran y que admiran. Ahí radica sin duda el punto fuerte de la defensa que Chamberlain hace de Nietzsche: en mostrar cómo el arte y la filosofía resultaron salidas eficaces en una vida sin apenas compensaciones. Si, como advirtió Lou, la debilidad de Nietzsche estaba en su sensibilidad extrema, en su hipersensibilidad, su fuerza y su grandeza radicaban en una voluntad de superarse que luchó sin tregua contra «el espíritu que siempre niega». La voluntad afirmativa de Nietzsche, aunque al final se quebrara –pero qué vida no acaba con la muerte – llegó muy lejos. Si el dolor fue el punto de partida, el arte y la filosofía le ofrecieron un sentido. Las virtus curativa de la belleza y la filosofía como alquimia y como búsqueda de la salud compitieron con éxito con todo aquello que quiere morir en el que sufre. Y ejercieron su potencia constructiva en la única forma en que Nietzsche entendía la redención: no liberando de la pasión y del dolor, sino ofreciéndoles un cauce expresivo. Eso hace del Zaratustra una especie de sinfonía capaz de transformar en arte y en belleza la experiencia del dolor, la enfermedad y la soledad. Tal es para Nietzsche la función del arte: la transformación, la transfiguración, la recuperación para la vida de todo lo que en nosotros dice «no». Y esa es también la función de la filosofía que, paralelamente al arte, busca la salud. Nietzsche consideraba que la «misión de su vida» tenía que ver con la «noble tarea» del alquimista, con «el hombre que de algo fútil y desdeñable hace algo valioso» (pág. 116). En cuanto filósofo y en cuanto artista Nietzsche trató en ambos casos de honrar la vida, de sostenerla y de sostenerse aun en los momentos de máximo desfallecimiento y de mayor peligro.

III

Pero «la enfermedad fue devastando poco a poco mi ser» (pág. 160). Esas palabras de Nietzsche anuncian el trágico final al que apuntaban los difíciles últimos meses del 88 y que relatan perfectamente los capítulos 9, 10 y 11 de esta obra.

El verano se presentó extremadamente frío y desapacible. Nietzsche abandonó Turín el 5 de junio para ir a Sils Maria y en julio escribía a Overbeck: «No sólo me falta salud, sino también la predisposición para curarme» (pág. 144). Agosto fue mejor, pero en todo ese tiempo y en los meses que inmediatamente sucedieron desarrolló una gran actividad. Crepúsculo de los ídolos, El caso Wagner, El anticristo, Ecce homo, Nietzsche contra Wagner, así como esbozos de obras que se proponía publicar llenaron su tiempo, aunque también le acarrearon el distanciamiento y la ruptura final de relaciones con otras personas: «Poco a poco –escribe a Malwida von Meysenburg– he ido rompiendo con casi todas mis relaciones humanas por temor de que se me tome por alguien diferente de lo que soy. Ahora le toca a usted» (pág. 215).

De todo lo escrito en ese tiempo Ecce Homo es, sin duda, lo que más da que pensar. Concebido como una especie de reflexión biográfica, fruto de este último y febril período creativo, contiene una mezcla de filosofía y psicología y mantiene un equilibrio difícil entre la cordura y la locura, pero muestra también una rudeza que, aunque él valorara positivamente –«las cartas rudas son en mí un signo de serenidad» (pág. 216)–, lo recluía cada vez más en una fortaleza inexpugnable para todos, amigos y familia.

«La trágica catástrofe de mi vida comienza con Ecce» (pág. 250), reconoce Nietzsche, y con ese expresivo título Nietzsche pretende llamar la atención del lector sobre su vida y su obra. No quería ser compadecido, sino comprendido, reconocido: «¿Se me ha entendido?» repite una y otra vez. Pero esto era ya difícil en un hombre acostumbrado a vivir «entre el hielo y las altas montañas», y en un momento en que la aparente remisión de la enfermedad (apenas se quejaba de dolores) era sólo el síntoma encubierto de una pérdida progresiva de sensibilidad. La soledad, la enfermedad ganaban terreno día a día y el campo de batalla, la lucha permanente que era Nietzsche, se resolvió en catástrofe. La voluntad había languidecido y, como advierte Chamberlain, el arte ya no podía sostener la vida.

La imagen de Nietzsche en una calle de Turín abrazado a un caballo, probablemente maltratado por su amo o simplemente una imagen proyectada de su destino trágico, nos muestra el derrumbe final de un hombre cuya enfermedad no pretende en absoluto ocultar L. Chamberlain, en contraste con las versiones dadas por la hermana. La sífilis le ganó la partida. Ahora bien, como K. Jaspers, como C. P. Janz, como G. Colli, este libro no concede a la enfermedad la última palabra, aunque fuese sin duda el último acto del drama de su vida. El libro de Chamberlain es una nueva invitación a examinar apasionadamente una obra como la de Nietzsche, que, aunque finalmente resultara truncada por la enfermedad, constituyó un esfuerzo valiente frente a ella, y fue, como la de Spinoza, una profunda meditación sobre la vida.

Nota sobre la edición castellana:

Aunque hay que felicitar a la editorial Gedisa por la publicación de una obra que resulta de gran interés por las razones expresadas antes, hay también que lamentar la existencia de una serie de errores que de alguna manera la rebajan. Con vistas a posibles futuras ediciones de la obra hay que señalar que en más de veinte páginas hay errores mecanográficos (cfr.págs. 21, 28, 50, 52, 69, 71, 72, 73, 77...). Hay también errores ortográficos (cfr. págs. 48, 120, 148, 186, 189, 227). El derivado «nietzscheano» se escribe otras veces e incomprensiblemente, «nietzschiano» (págs. 128, 130, 227). La expresión «Wille zur Macht» que, normalmente se vierte al castellano como «voluntad de poder», se traduce como «voluntad de poderío» de extrañas resonancias. Pero esto puede ser discutible. Menos discutible y más graves me parecen los errores que tienen que ver con el contenido del pensamiento nietzscheano. Por ejemplo en la página 126, a propósito de un texto de Nietzsche que pertenece a El crepúsculo de los ídolos (se trata del parág. 5 del cap. «La moral como contranaturaleza»), se hace decir a Nietzsche exactamente lo contrario de lo que dice, de lo que escribe. Lo mismo ocurre en la página 184, a propósito de la comparación entre Spinoza y Nietzsche, y refiriéndose al parágrafo 333 de La gaya ciencia. No dispongo de la edición original en inglés de L. Chamberlain, y, por ello, no sé cuál es exactamente la procedencia de tales errores, pero, en todo caso, el original alemán de los dos lugares de la obra de Nietzsche referidos, así como la espléndida traducción de Sánchez Pascual, podrían haber sido útiles en la traducción, suponiendo que los errores procedan del original en inglés.

01/06/1999

 
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