ARTÍCULO

Anunciando las revueltas árabes

 

No suele resultar apropiado, ciertamente, en una reseña incluir referencias concretas a las circunstancias sociales, políticas o incluso personales en que se desarrollaron la lectura del libro y la propia redacción de la crítica. Sin embargo, en este caso, el vínculo entre el libro que se tiene entre las manos, su tema específico, y lo que en paralelo está sucediendo en los países de que se ocupa –y que todos estamos contemplando entre sorprendidos y esperanzados en los medios de comunicación– resulta insoslayable. Porque el libro del destacado periodista Neil MacFarquhar –corresponsal de The New York Times en Oriente Próximo– no es ni un trabajo académico sobre la historia de la región, ni la habitual recopilación de crónicas ya antes publicadas, sino un vivísimo fresco, pleno de información y análisis, de lo que de verdad está viviéndose en el mundo árabe en los últimos años, expresado sobre todo –y aquí reside una de las mayores virtudes de la obra– por sus protagonistas: hombres y mujeres árabes a los que MacFarquhar busca, encuentra y con quienes conversa sin dejarse llevar por prejuicios, animosidades o ingenuidades.
Las entrevistas mantenidas con el presidente sirio, Bashar al-Asad, con el monarca jordano, Abdallah II, con el primo del rey de Marruecos y opositor claro a su política, Muley Hicham, o con Hasan Nasrallah (el líder del Hezbolá libanés, cuyo servicio de prensa nunca olvida felicitar el cumpleaños a todos los que de cerca o de lejos hayan tenido algún tipo de contacto con él: de ahí el título del libro) están comentadas con gran inteligencia y ninguna carece de sus buenas dosis de humor e ironía. Rasgos, por cierto, que tampoco faltan en la caracterización que hace del líder libio ahora en la cuerda floja, Qaddafi (del que dice que, más que ser miembro de aquel –ya algo olvidado– «eje del mal», parece serlo de otro, tal vez más numeroso: el «eje de la chifladura») y de su peculiar régimen, inspirado en las delirantes teorías contenidas en el Libro Verde.
Con todo, lo más relevante de la obra no es el relato de estos contactos con altos mandatarios árabes, sino el panorama que nos dibuja de lo que, de una manera amplia, llamaríamos la sociedad civil árabe, resultado de sus entrevistas con decenas de periodistas, disidentes políticos, activistas pro derechos humanos, feministas, expresos políticos, teorizadores de reformas teológicas dentro del islam o jóvenes blogueros. Todos ellos, identificados con nombres y apellidos, exponen al periodista los deseos de cambio de al menos dos generaciones de hombres y mujeres árabes, cuyo sentido crítico frente a religiones o sistemas políticos y cuyas aspiraciones democráticas los equiparan a tantas personas que en tantas otras zonas del planeta luchan por lo mismo, sin que ni periodista ni entrevistados pierdan un minuto de tiempo en plantearse pseudocuestiones esencialistas del tipo de «¿Es el islam compatible con la democracia?».
Claro es que en el libro tampoco faltan referencias a la pervivencia de un islam retrógrado, preocupado hasta la obsesión por el control moral de su grey y bien protegido por los gobiernos que, en su carencia de credenciales democráticas, recurren a la religión como elemento legitimador y, en su temor a la insurrección, la utilizan como freno a las constantes demandas de libertad y justicia. Un islam, por cierto, igual de tendente al empleo de argumentos culturalistas que el otro discurso situado en sus antípodas.
En este sentido, la descripción que se hace en la obra de Arabia Saudí es terrible: un país en el que la religión impera, con un sistema educativo obsesionado por las glorias de califas medievales o esplendores de épocas antiguas, pero sin ningún contacto con la realidad. Un alejamiento del presente y sus exigencias que, junto al rigor wahabí (la variante doctrinal saudí del islam), es, en la óptica del escritor, causante de conflictos y violencia. Aunque tampoco allí deja MacFarquhar de entrevistarse con escritores, reformistas religiosos o feministas (de aquellas que desafiaron en 1990 al régimen por su prohibición de que las mujeres condujeran coches), que matizan en cierta medida el ensombrecido panorama imperante en el reino saudí.
El mundo árabe al que nos asomamos a través de las páginas de este libro es un universo vivo en el que conviven –en general con poca armonía– Estados policiales y organizaciones de gays; predicadores coránicos convertidos en estrellas de televisión y cocineros libaneses que, gracias a sus célebres programas televisivos, son responsables de haber introducido el pavo en la alimentación árabe; adustos sheijs emitiendo incansablemente fetuas antediluvianas por Internet o vía teléfonos móviles y jóvenes blogueros que han llenado la red de mensajes de cambio, creando a la par un espacio de relación incontrolable, hasta cierto punto, por los gobiernos.
MacFarquhar era, al escribir este libro, plenamente consciente de la fuerza que podía llegar a tener todo este potencial de descontento, aunque manifestaba también sus límites: «Me di cuenta de que existe toda una pléyade de activistas inteligentes y enérgicos entregados a la causa de transformar la región. Puede que no hayan alcanzado una masa crítica, y las dificultades a la hora de enfrentarse a la maquinaria brutal que mantiene en el poder a tantas dictaduras son tremendas, pero están decididos a cambiar las cosas. El apoyo desde el extranjero sin duda sería de gran ayuda, pero tampoco están de brazos cruzados» (p. 361). El aislamiento en el que, a pesar de todo, se veían obligados a trabajar le hacía ser cauto y no llegar a prever un inminente estallido social. Ni él, ni nadie, pudo imaginar que la inmolación de un joven vendedor de verduras tunecino, humillado por el subempleo y la policía, iba a ser la gota que colmara todo este cúmulo de descontento y abriese la espita del cambio democrático que está viviéndose ahora en todo el mundo árabe.

01/09/2011

 
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